Ricardo Muñoz Munguía

La labor del poeta es la revolución de la memoria, es encontrar más de una forma a un objeto, más de un rostro a un rostro. De esa razón se aprehende la mirada, o la múltiple mirada, que nutre las páginas de un volumen que constantemente abre caminos nuevos: “La seducción se acompaña con la memoria/ entre arrabales de fuego/ entre huellas de cenizas.// Tejas en desvelo sueñan sobre la cama de la seducida,/ ríen entre las heridas del que recuerda”.

Un libro de vuelos dispersos, de varios temas, de distintos tiempos es Fuego más lento (Nueve ojos, Puebla, México, 2014), el que nos invita a un enorme mosaico de imágenes pero que en su gran mayoría los poemas encumbran el tema que se aborde. Con todo ello, el poemario de Arturo Ramírez, Fuego más lento, se vuelve una flama intermitente que guía la mirada al fondo de lo que atiende, como el caso expuesto en los primeros versos de “Canción de Alejandra”: “Su partida es una fiera que me seduce/ noche para seis que en mí se atrapan/ cantan sobre los pasos de Alejandra, alejada/ mudanza en las cortinas de niebla”. La memoria, pues, se vuelve varias escenas y esencia para que continuemos por los versos que son significado expuesto a fuego lento, y más lento.

El quehacer creativo de Arturo Ramírez (Puebla, 1967) delinea panoramas completos, es decir, encuadra con sus versos la raíz del tema que le ha tomado la atención hasta completar el cuerpo entero de los mismos. Esta postura y lo que él llama “respeto” por su quehacer —pues se ha decidido a publicar hasta cerca de sus cincuenta años—, le deja un trabajo “concluido” pero ¿se puede dejar por terminado completamente un poema? No lo creo.

Fuego más lento es un viaje o, más bien, un ajuste de cuentas con lo ido y, a la vez, la fe por lo que viene.