Carmen Galindo

 Nos habían invitado a mi hermana Magdalena y a mí a que diéramos una conferencia sobre un libro que íbamos a escribir y que (en ese momento no lo sabíamos) nunca terminaríamos. Tal vez era la segunda o tercera conferencia de nuestra vida. Fue en la Casa del Lago, convocaba la editorial de Don Joaquín Díez-Canedo. Aunque la habíamos preparado con mucho interés, terminamos con todo lo que teníamos que decir en unos treinta o treinta cinco minutos. Se invitó al público a participar y una señora de las últimas filas levantó la mano y con toda cortesía empezó cada punto y aparte con “lo que a las compañeras se les olvidó mencionar es…” y “lo que también se les olvidó, y es importante, es…” y así siguió, y no exagero, una hora y media. Al terminar, “nuestra conferencia” pregunté quién era la señora y de inmediato nos informaron. Era Raquel Tibol.

            Pasan algunos años. Acompañamos a Carlos Monsiváis a una mesa redonda en la que participarían, si no recuerdo mal, Mathías Goeritz, José Luis Cuevas, creo que José de la Colina y, entre otros, por supuesto, Carlos Monsiváis. En el auditorio de la Facultad de Arquitectura había jóvenes hasta en los pasillos y algunos se treparon en una pared de madera en el extremo contrario del escenario. Ellos hablaron largo y tendido y al terminar comenzó el turno de los escuchas. Una mujer fue rebatiendo las opiniones de cada uno. Los muchachos comenzaron a aplaudir sus intervenciones hasta que unos fans más aguerridos tomaron una silla y Raquel Tibol, porque era Raquel, acabó formando parte de los de la mesa redonda sobre el escenario. Qué sería, calculo que 1961.

            Alguien podría suponer que quien esto escribe está acusando a Raquel de protagonismo. De ningún modo, considero, y eso es lo interesante, que Raquel intervenía, siempre, por enmendar el error, por rebatir un punto de vista que no compartía, por avanzar en la comprensión de lo que se estaba discutiendo. Esa es la Raquel que yo conocí.

No que no le gustara el pleito, le encantaba la polémica. Cuando le hicimos un homenaje en la Sala Ponce de Bellas Artes cuando cumplió 70 años. Dije algo así como que ella era como el que tiene fama de ser el mejor pistolero del Oeste, todo mundo quería probar sus armas para ver si la derrotaba.

Más imágenes de Raquel

Tengo muy presentes dos detalles de su oficio de crítica e historiadora del arte. Uno que la pinta de cuerpo entero. Estaba muy de moda la crítica de arte, también argentina, que se llamaba (ya murió) Marta Traba. A la Traba se le ocurrió criticar un cuadro de Diego Rivera con el argumento de que el artista, al pegar un boleto del Metro en el cuadro, practicaba algo ya pasado de moda en el momento de su factura: el collage (pegado). Raquel le contestó que cuando escribiera sobre arte se tomara la molestia de observar las obras de manera directa, porque de haberlo hecho sabría que el boleto no estaba pegado, sino que fue pintado por el artista.

            Todos sabemos que Diego fue el intermediario para que el gobierno de Lázaro Cárdenas le diera asilo a Trotski. Nadie ignora, espero, que Siqueiros falló cuando atentó contra la vida de Trotsky. Pues bien, Raquel publicó en las páginas de la revista Proceso, donde colaboró durante años con regularidad, que el atentado fue en una camioneta que era propiedad de Rivera. Cuando lo leí pensé que era una noticia que iba a dar la vuelta al mundo. Las nuevas generaciones que lo leyeron no dijeron, al menos que yo sepa, nada. Pero las pesquisas de Raquel aclararon un detalle importante para el retrato de Diego Rivera y los seguidores de Trotski. Siempre investigaba hasta sus últimas consecuencias. Y si alguien no me cree que lea Frida Kahlo: una vida abierta, uno de los 40 libros que integran su bibliografía, según dijeron los diarios con motivo de su muerte. Ahí, en este libro sobre Frida, (tiene otros) se dedica a indagar las dolencias de la artista, con los partes médicos a la mano. Es un libro cruel, pero impresionante, y ha servido de base a los libros de la llamada fridomanía. Escuché en la radio a la más famosa de estas estudiosas diciendo que Raquel, con sus orientaciones, había sido su guía.

 Imagen de Raquel investigadora

De sus libros de investigación sólo me referiré a dos. En Arte e ideología, Raquel rastreó y reunió creo que todo lo que Diego Rivera escribió en su vida. Ahí se puede seguir, paso a paso, las denuncias de Diego por la persecución que sufren los militantes del Partido Comunista y también, claro está, sus conceptos del arte. Este libro, por cierto, lo presentó mi hermana que hasta la fecha ha escrito algunos textos sobre Rivera con conocimiento de causa. El otro libro es la recopilación de los textos que Julio Antonio Mella publicó en El machete, el órgano del Partido Comunista Mexicano. (Sí, Mella el de Tinísima). Esos dos libros sustentarían, (por la importancia histórica de sus autores y de los textos) la fama de un investigador, sin embargo, ni siquiera aparecen en las bibliografías en línea de Raquel. La recuerdo, al aire libre, en el Bosque de Chapultepec, presentando un libro, recopilado por ella, con cartas de Frida Kahlo que revelan sus amores en Estados Unidos.

Raquel en dos congresos

Una vez estamos en una exposición en el Museo Carrillo Gil, es en honor de los sandinistas triunfantes y el mismo Daniel Ortega está con nosotros. Raquel y Vlady comienzan a recorrer la exposición con mi hermana y conmigo, y van criticando, sobre todo, el guion museográfico de Armando Torres-Michúa a quien Raquel me consta quiere bien. No por defenderme, sino por ahorrarles una pena, les digo que nosotras organizamos la exposición con Armando y para mi sorpresa, la beligerante Raquel cesa sus críticas y Vlady sigue su ejemplo. Terminamos de recorrer la exposición en santa paz.

            El día que Monsiváis recibió el Premio Príncipe Claus, del gobierno de Holanda, fuimos sus “íntimos” y para mi sorpresa ahí estaba Raquel plática y plática con los holandeses. Cuando nos quedamos a solas le dije: “No sabía que hablaba holandés”. “Les estoy hablando en yiddish -me contestó- y nos entendemos muy bien, es como cuando uno habla en español y platica con italianos o personas de lengua portuguesa”. Ahí estaba Boris Rosen, su marido, quien me contó un sucedido de lo más significativo, tanto así que al día siguiente escribí, lo que nunca he hecho antes o después, un relato. Como era un pasaje de la vida de Boris llamé a Raquel para pedirle autorización de publicarlo y me dijo que no, sin mayores aclaraciones. Sin querer me había enterado de algo muy privado. Sobra decir que nunca lo publiqué y a estas alturas ya no recuerdo el tema.

Otra vez nos encontramos en el Instituto Jorge L. Tamayo con motivo de que Marta Tamayo invitó a mi hermana a escribir el prólogo de una de las sorprendentes (por totalizadoras) recopilaciones de Boris, la dedicada a Francisco Zarco. Ahí estábamos, cuando a Raquel se le ocurre preguntarnos cuánto nos pagaban por nuestras notas en El Día. Y que nos dice que ella por menos de tanto más cuanto la cuartilla no escribía. Todo esto delante de la Sra. Tamayo, de Boris y otras personas. Hay que aclarar que Raquel estaba peleando con los directores de El Día, como ya había muerto Don Enrique, era contra Socorro Díaz. Nosotras le contestamos evasivamente que nos pagaban bien como funcionarias del periódico y que las notas eran lo de menos. A la insistencia de Raquel tuvimos que decir cuánto. La querida Sra. Tamayo tomó a Raquel del brazo y se la llevó, porque era menos que lo que le habían pagado proporcionalmente a mi hermana por el prólogo. La taquiza, por rica, que sirvieron todavía la recuerdo y mi hermana se siente orgullosísima por haber sido invitada a colaborar en ese volumen de Boris.

Instantáneas de Raquel

Una famosa escritora comenta en voz alta que conoció a su hasta ahora marido en un congreso y cuenta cómo se conquistaron uno al otro en un dos por tres. Raquel me murmura de modo cómplice: “Y pensar que yo creía que los congresos eran para presentar ponencias”.

            Cuando Roberto Escudero y Daniel Molina fueron a mi seminario a hablar de Política, la legendaria revista de Manuel Marcué Padiñas, además de contarnos que le hicieron una huelga a Marcué, nos aseguraron que quien les tronaba el látigo era Raquel que era la Secretaria de Redacción.

            En su sexenio, el Presidente Adolfo López Mateos fue a una gira a Centroamérica, y Siqueiros se fue precediéndolo en cada país y hablando en su contra. A su regreso, el pintor fue encarcelado acusado de disolución social. (Por cierto, en una entrevista para TV Siempre, Giuliana Zolla de Marín, la guapa e inteligente nieta de López Mateos, me muestra una foto a cámara que prueba la reconciliación, posterior a la cárcel, de Siqueiros y López Mateos). Estuvo el pintor unos cuatro años en Lecumberri, y como Raquel tenía entonces un programa en Radio Universidad, cada semana, al terminar, le enviaba un saludo, en solidaridad, a Siqueiros. Un día que me entrevistaron en Radio Universidad pregunté, por lo que acabo de contar, por los programas de Raquel y me contestaron que en esa época las cintas se regrababan, por lo cual lo más probable es que no existan. Quizás de la desafiante actitud de Raquel sólo queden los testimonios, de los que como yo, la escuchamos entonces.