CHARLAS DE CAFÉ

 

 

Charla con María Elena Sarmiento/Autora de La más amada

 

Eve Gil

La más amada (Suma de letras, México, 2014), segunda novela de María Elena Sarmiento, cuya primera protagonista fue la esposa de Sócrates (Jantipa, ¿el verdadero amor de Sócrates?), se lanza de lleno a analizar la vida y obra de una de las mujeres más fascinantes de todos los tiempos: la rusa Lou Andreas Salomé, cuya faceta creadora ha sido opacada por la de musa, igualmente prolífica: las mejores obras de Nietzsche, Ree, Rilke y Freud fueron inspiradas por Lou, cuya hermosura era equiparable a su inteligencia.

“Descubrí a Lou Andreas Salomé en una clase de filosofía —explica la autora— cuando supe que Nietzsche estuvo enamorado de ella, y entonces me obsesioné tratando de averiguar qué habría de extraordinario en esa mujer para haber sido la única que alguien tan misógino como Nietzsche había amado. Pronto descubrí que no fue el único: prácticamente todos los que la conocieron se enamoraron de ella. Pero lo más extraño era que muy poca gente había escuchado hablar de ella, así que me di a la tarea de recuperarla”.

Cúmulo de cartas

María Elena reconoce, con modestia, que mucho del pensamiento de su protagonista continúa siendo insondable para ella, aunque lo bueno de esto es que no se nota.

“Escribe en términos muy intelectuales —dice— y fuera de su alcance. Me aboqué a retratar su vida, sus acciones, que esas sí se pueden conocer a través de sus cartas. En lo personal considero que su vida misma, más que su pensamiento, es lo que representa un gran ejemplo para las mujeres actuales. Lo que más admiro de Lou es su congruencia, pues vivía de acuerdo a lo que creía. Cada una de sus acciones era congruente con sus pensamientos”.

Para diseñar a su personaje, María Elena revisó el cúmulo de cartas escritas por ella o aquellas en las que otros la aluden. Freud, muy en particular, no tiene empacho en hacer patente su respeto y admiración por ella, como escritora pero, sobre todo, como psicoanalista.

“Hablando con muchos psicoanalistas —dice María Elena— me di cuenta que se sabe muy poco del amor y la dedicación que Freud tenía por ella, así como del pensamiento psicoanalítico de Lou, que fue su método para ayudar más profundamente a algunas personas que sufrieron los estragos de la guerra. Al final, su mayor interés se centraba en ayudar a los demás, y de hecho, entre los personajes célebres que se pusieron en sus manos, destaca la mismísima hija de Freud, la también psicoanalista Anna Freud”.

Virgen a perpetuidad… pero llegó un hombre

Lou Andreas Salome —“Andreas” por su matrimonio con Carl Friedrich Andreas, quien acató su condición de conformar un matrimonio intelectual, es decir, no consumado sexualmente— se impuso mantenerse virgen a perpetuidad por cuestiones ajenas a la moralidad o a la religión. Consideraba que entregar su cuerpo a un hombre implicaba entregarle su bien más preciado: su libertad. Pero hubo un hombre que destruyó esas barreras autoimpuestas siendo ella una mujer de 35 años.

“Rainer María Rilke —dice María Elena— era un hombre muy talentoso, un gran poeta. Cuando Lou lo conoció todavía le faltaba para ser el gran poeta que llegaría a ser. De alguna forma, él se dejó «educar» por Lou. Creo que ella cedió al deseo porque consideró que a su edad ya no se dejaría manipular por sus emociones. Ya había tomado la decisión de tener relaciones sexuales, solo esperaba al hombre indicado, y le pareció que Rilke lo era. Era una cuestionadora, y creo que de eso se enamoraban los hombres: cuestionaba las ideas y los orillaba a repensar sus ideas. Ella se cuestiona mucho a sí misma y por eso decide experimentar con el sexo. Rilke es joven, talentoso y guapísimo… ¡no poca cosa!”.

Además, como nos lo hace ver María Elena en La más amada, Rilke tenía esa virtud que pocos hombres de su tiempo se atrevían a ostentar: un lado femenino muy desarrollado.

“La mamá —dice María Elena lo vistió de niño durante la infancia porque soñaba tener una hija, y él admiraba tanto a Lou que estaba enamorado de sus ideas y el enamoramiento fue mutuo; amaba su seguridad en sí misma”.

El cerebro, el mayor órgano sexual

Pregunto a María Elena si como mujer, más que como novelista, experimenta empatía con su protagonista respecto a lo que podríamos llamar “enamoramientos intelectuales” (y en ese sentido. Nietzsche fue, sin duda, su gran amor).

“¡Totalmente! —responde—. De hecho el mayor órgano sexual es el cerebro, y no es retórica. La imaginación puede brindar placeres que difícilmente se obtienen a nivel físico. Los logros intelectuales traen placeres inigualables y esos hallazgos eran de los que Lou estaba enamorada. Considero que Lou amó muchísimo a Nietzsche, y al amar su pensamiento, necesariamente amaba a la persona. Nietzsche en efecto la amó porque era una mujer maravillosa, pero también porque se proyectaba en ella. Logró verse a través de los ojos de ella y vio sus ideas fortalecidas por los replanteamientos de Lou”.

“La historia —reitera María Elena (que ya trabaja en otra novela sobre otra extraordinaria mujer, una dramaturga inglesa del siglo XVI) la han escrito los varones, entonces nos llega su horror ante esas mujeres que vivieron libremente su sexualidad. Estos escándalos opacan los logros de mujeres como la propia Lou Andreas Salome; su afán de conocimiento, su necesidad de ayudar, y lo que nos llega es su «sexualidad alborotada» que no era tal”.