Miguel Ángel Muñoz

México se dispone a celebrar la obra del fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson (Chanteloup, 1908-Montjustin, 2004, Francia), con una exposición retrospectiva títulada Henri Cartier-Bresson: La mirada del siglo XX en el Museo del Palacio de Bellas Artes, con el objetivo de ofrecer una visión crítica y en reconsiderar nuevas interpretaciones de su creatividad. El proyecto expositivo, comisariado por Clément Chéroux, proviene del Centre Pompidou de París, La Fundación Mafre de Madrid, en colaboración con la Fundación Cartier-Bresson. La muestra estructura un recorrido exhaustivo que combina la cronología, los viajes y la vida del autor con otras obsesiones temáticas transversales, ofreciendo también aspectos menos conocidos, como sus pinturas juveniles, collages y primeras fotografías, o los dibujos a lápiz realizados en sus últimos años de su vida, cuando prácticamente ha dejado de fotografiar.

La muestra retrospectiva está organizada cronológicamente, y divide su obra en tres secciones. La primera, que abarca de 1926 a 1935, gira en torno al contacto de Bresson con los surrealistas, los primeros pasos en la fotografía y los viajes a través de Europa, México y Estados Unidos. El segundo conjunto, arranca en 1936, su regreso de Estados Unidos, y se extiende hasta 1946, con una nueva partida hacia Nueva York, es el compromiso político, el del trabajo para la prensa comunista, el del cine y la guerra. El tercero, se centra en la creación de la agencia Magnum y concluye a principios de los años setenta, momento en que el fotógrafo interrumpe su actividad de reportero. Trabajó durante cuatro décadas como fotoreportero, siguiendo su lema “ver es un todo”, para narrar como nadie, en blanco y negro nítido de grises y sombras, los dramas y las ilusiones perdidas del siglo XX.

Cartier Bresson lo ha sido todo en el mundo de la fotografía. De joven, quiso ser artista plástico, en los años veinte se inscribió en una academia de pintura, aprendió geometría y composición, experimentó con cera y lápices antes de comprarse su primera Laica. Era la del momento de la Nueva Visión, escuela fotográfica heredera del constructivismo ruso. En 1926 se hace de André Breton y los surrealistas, sin ser parte del grupo. Desde 1929 su cámara Leica ha recompuesto una Europa con luces y sombras, un Oriente en efervescencia, un México atrasado y mísero, pero también inédito, el Madrid de puño alto y el sueño de la II República: niños en una barriada en Sevilla, el barrio chino de Barcelona, un primer plano del portero de toriles de Valencia, desolados paisajes mediterráneos. Captó la imagen de Leonor Fini desnuda en un río, al poeta Charles Henri Ford subiéndose la bragueta en un urinario público de París, a los gitanos durmiendo en la calle, la coronación de Jorge VI, en la Inglaterra de 1937. Sin olvidar, su magistral registro histórico de las multitudes en los funerales de Gandhi, la fiebre del oro en Shanghai, la muerte de Stalin, la Cuba que despide al gran Benny Moré en 1963, Mayo el 68 en París… Hoy gracias a Bresson la fotografía es arte. Bresson detuvo el tiempo, lo aprisionó y lo puso en movimiento constante ante nuestra mirada. El instante provoca el disparo. Instante de revelación. Revelaciones poéticas… Y eso buscará Cartier-Bresson en la segunda parte de su obra: un momento espacial, compositivo, en el que cada elemento de la imagen ocupe su posición correcta en relación a los márgenes de aquella. El discurso “literario”, si es que lo hay, o narrativo de las imágenes, deja, de este modo, paso a la belleza, a la poesía visual simplemente.

China, Cuba, Costa de Márfil, Indonesia, el paisaje se vuelve clamor, destello. No dice, dibuja signos, espacios, simetrías, geometrías… Cazador en África, cofundador de la legendaria agencia Magnum en 1947 —junto con Robert Capa, David Seymour, George Rodger y William Vandivert—, ayudante del cineasta francés Jean Renoir en los años treinta del siglo XX —con quien colaboró de 1935 a 1945 y realizo tres películas: La vida es nuestra, 1936; Una partida de campo, 1936; La regla del juego, 1939; sin olvidar su documental propagandístico sobre la guerra civil titulado La victoria de la vida, donde registra varios hospitales del bando republicano, el trabajo de los médicos y enfermeras, el trasiego de camillas y heridos, el dolor, el miedo y la esperanza de los soldados españoles y extranjeros. Al final de la cinta una voz en off pide: “Escuchen las llamadas que vienen de la España martirizada”; miembro activo de la Resistencia francesa, deportado por el nazismo, ex prisionero de guerra… Y sus retratos intencionales, en los que el objetivo parece que se detiene en detalles que descubren de modo único a sus personajes: Sartre sobre el Sena, Balthus domesticado, Simone de Beauvoir sonriente, Ezra Pound con mirada perdida, Giacometti entre esculturas, Matisse en su caso de Vence, Francia… “Para mí, hacer un retrato es lo más difícil —explica Bresson—. Es como poner un signo de interrogación sobre alguien”. Un universo interminable de creatividad y poesía. Los paisajes son siempre evocativos, las ciudades lejanas, los personajes enteros. Un lenguaje visual con cargada fuerza didáctica y decidida voluntad histórica. “La fotografía es para mí —ha escrito Bresson— un impulso espontáneo que llega de un ojo siempre atento para capturar el momento preciso y su eternidad”. Su cámara fue su ojo, su disparo su registro, su memoria que reconstruyó su tiempo. Bien dice Octavio Paz: “La fotografía es un arte poético porque, al mostrarnos esto, alude o presenta a aquello. Comunicación continua entre lo explícito y lo implícito, lo ya visto y lo no visto”.

La obra de Cartier-Bresson recorre el siglo XX y determina una forma de mirar y de entender el hecho fotográfico. Su fotografía ha sido renovadora y poderosamente influyente en las generaciones de fotógrafos que le han sucedido. Sus dibujos, tienen el mismo instante de la mirada, pero siempre controlada, cercana a la estética de Giacometti. Al igual, sus pinturas, que parecen construidas por una sensibilidad educada en el expresionismo cromático fauve, pero sin embargo muestran la inmovilidad sin tiempo cercana a Eduard Munch. Fotografía y pintura son facetas que resultan inseparables, se explican y se enriquecen mutuamente. Bresson alcanzó su propio código en el que el protagonismo corresponde a la pintura. Sus cuadros y dibujos, en particular de la década de los veinte, son ejercicios de composición, de equilibrio cromático y de construcción de un mundo de figuras y composiciones propias en las que descansa su fuerza expresiva. Taller de André Lhote, 1927; Algunas pistas, 1928; Por el amor y contra el trabajo industrial, 1931, son para nuestro artista sencillos soportes de figuraciones que ambicionan la complicidad del espectador. Las escenas creadas acaban por integrarse en el espacio real, una consecuencia lógica de la búsqueda de un espacio abierto para la actividad imaginativa, y cuya culminación, son sus dibujos de escenas de la vida cotidiana: El tren, 1974, o, Las viejas de Goya, 1995; o su serie de autorretratos, que se hizo a lo largo de más de dos décadas: Autorretrato, 1987; Autorretrato, 1987; Autorretrato, 1999.

Baudelaire escribió que fotografía debe ser la servidora de las artes y las ciencias. Cartier Bresson sitúa la foto en el arte de gran arte: construye, personaliza, activa a través de la lente, que nunca es neutra. Un oficio sin pretensiones; pero sí, con una capacidad sin límites. Las imágenes de Henri Cartier-Bresson ponen de relieve los esfuerzos de una paciencia artesanal tentada por el universo surreal, que polariza siempre en los contrastes, atemorizado ante la capacidad subversiva e incómoda de lo inesperado, en rostros o espacios, de efecto determinante en las vanguardias de su época. Es cierto que nuestro tiempo visual es más pesimista y cínico que el suyo, pero eso no quita la belleza de sus imágenes, que nos descubren mundos inexistes, recuperados como simulacros estéticos, donde sólo cabe el desafío de las formas. Que sus retratos se impongan con la renovada energía del mito. Si se puede definir la obra de Bresson en una imagen, yo diría sin dudarlo: mirada. Está en todas su fotos invisible y visible. Mirada y registro inédito y total del siglo XX.

 miguelamunozpalos@prodigy.net.mx