A 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, se develan las negociaciones que dieron origen a una de las contiendas más devastadoras de la historia.

 

 

 

 

Gerardo Yong

El heroísmo también implica conciencia del peligro. En 1933, un año antes de la Primera Guerra Mundial, Francia promovió entre sus jóvenes la idea del sacrificio a la patria a través de las armas. Autores como Charles Peguy afirmaba que “él marchaba con gusto al frente y a la muerte”. Henri de Montherland, destacaba su “amor a la vida del frente, el baño elemental, el aniquilamiento de la inteligencia y el corazón, mientras Pierre Drieu la Rochelle elogiaba la guerra como “maravillosa sorpresa”. Esto fue antes de 1914. Pocos meses después de iniciada la Gran Guerra, los mismos soldados detestaban a los políticos e intelectuales que habían exhortado la actitud bélica como una forma de valentía que debía anidar en el pecho del orgullo galo. Alemania había resultado ser un enemigo fuerte, indoblegable y combatirlo era un pasaporte a la destrucción.

Sanciones severas

El ingreso de Estados Unidos en la contienda en 1917, fue como un respiro para la parte francesa, la principal que mantenía el frente directo contra las tropas germanas. Al término de la Gran Guerra, la terrible experiencia por la que había atravesado París, le llevó a imponer fuertes daños de guerra a Berlín con la intención de hacerle entender su “culpabilidad en la guerra”. El primer ministro francés Georges Clemenceau evidenció no sólo un gran odio contra sus vecinos, sino un abierto temor que provenía de la derrota infligida por el imperio prusiano en 1871. Esta vez quería que los alemanes sintieran todo el peso de los victoriosos aliados no sólo para reivindicar el honor de Francia, sino para asegurarse de que Alemania pensaría dos veces antes de volver a hacer una guerra, lo cual no sucedió, pues veinte y un años después, el rencor creado por esa actitud de resentimiento francés, ocasionó que el régimen nazi no sólo ocupara la Ciudad Luz, sino que dividiera a la misma Francia en dos regiones de influencia, una libre y otra nazi: la Francia de Vichy.

Previendo el conflicto

Incluso Gran Bretaña, a quien muchos acusan de ser soberbia y hegemónica, sabía que la dureza de las imposiciones a una Alemania derrotada traería serios problemas futuros, lo que en efecto sucedió, al iniciarse la Segunda Guerra Mundial. Tal vez por aquello del dicho griego que señala que “la justicia sólo se trata entre iguales” (Tan imperialista ha sido Inglaterra como Francia y Alemania, que por lo menos deberían tenerse consideración a la hora de las negociaciones). El primer ministro británico Lloyd George siempre buscó atenuar la severidad de las condiciones impuestas a los germanos, mientras que el presidente estadounidense Woodrow Wilson y su antigermanismo caminaba de la mano con la preocupación y angustia histórica de Clemenceau.

El antigermanismo de Wilson

Esta actitud de Wilson fue condenada incluso por intelectuales norteamericanos jóvenes como William Bullit, quien escribió una carta al mandatario expresándole su decepción por la actitud mostrada en la conferencia de paz: “Nuestro gobierno ha de aceptar ahora la entrega de los pueblos maltratados del mundo a nuevas opresiones, a nuevos sometimientos y divisiones, es decir, a un nuevo siglo de guerra”. Walter Lippman también escribía: En mi opinión, el Tratado no sólo es antiliberal y una expresión de mala fe, sino que es imprudente en grado sumo”.

Keynes y la anulación

Incluso un renombrado economista, John Maynard Keynes, era más favorable a la idea de que una paz duradera era mejor que imponer duras sanciones a Alemania. En un memorándum enviado al gobierno británico sugería que Europa necesitaba reactivar la economía para permitir el comercio y la manufactura, así como el empleo, por el recomendaba que el tratado de paz fuera más bien un instrumento dinámico y no una forma de venganza. Decía “Si se quiere ordeñar a Alemania, ante todo es necesario abstenerse de arruinarla”. Lo dijo en un momento en que todas las potencias aliadas estaban enfrascadas en sus deudas de guerra, las cuales esperaban pagar con lo que arrancaran a Alemania. Por ello, recomendó al gobierno británico la anulación de las reparaciones exigidas a Berlín, algo que también la beneficiaría con las deudas contraídas con Estados Unidos para ganar la guerra.

Resuenan los tambores

Tal como se preveía, la misma letanía en favor del orgullo bélico se volvió a pregonar. Esta vez con mayor fuerza en 1933, veinte y un años después de que Francia hiciera lo mismo al increpar a la lucha a su juventud. Ese año, Hitler lograba el poder en una Alemania necesitada de una reivindicación histórica. En su libro “Mein Kampf”, Hitler no dudaba en enaltecer el papel del sacrificio popular por la gloria del gran Reich. Al inicio de su libro, señaló: “El arado es la espada; y las lágrimas de guerra producirán el pan diario de las generaciones por venir”. La gente no sólo lo creyó, sino que lo aprobó, más por las duras imposiciones y la humillación a que había sido condenada por los aliados, principalmente Francia, que por convicción hegemónica; confirmando que toda disputa internacional debe negociarse bajo los términos de una paz futura, que de un rencor pasado.