Generando riqueza a partir de las ciencias de la vida
Dr. Gerardo Jiménez Sánchez
Cuando la OCDE anunciaba el arribo de la bioeconomía en 2009 no bromeaba. De pronto algunos países comenzaron a orientar sus esfuerzos para generar nuevas ideas, soluciones más inteligentes para los problemas y retos globales. A esto abonó el anuncio que hicieran los Estados Unidos en torno al trillón de dólares que la investigación sobre el genoma humano le ha generado a su economía. Más de 300 mil nuevos empleos y una importante cantidad de productos y servicios.
De acuerdo con la OCDE la economía basada en los sistemas biológicos generará cuando menos el 2.7% del producto interno bruto de sus países miembros, sin contar lo que contribuyan los biocombustibles que comienza a ser mayúsculo. El pronóstico es aún mejor para los países no miembros de la OCDE que han comenzado a despegar económicamente. Ese es el caso del sureste asiático, compuesto por 11 países cuya integración económica es cada día mayor, su producción científica creciente y el número de patentes internacionales procedentes de esta región del mundo se encuentra en vertiginoso ascenso desde 2005.
La agenda en bioeconomía de Malasia, por ejemplo, es una de las más ambiciosas. Con objetivos, participantes y presupuestos claramente definidos con resultados que ya comienzan a observarse. Su primer ministro la llama: “Poniendo la ciencia en acción”.
El sureste asiático ha decidido invertir en innovación científica y tecnológica en torno a las ciencias de la vida. Los proyectos sobre el genoma de la palma de aceite, el plátano, el arroz y el camarón encuentran aplicaciones asombrosas en los mercados globales posicionando al sureste asiático como el líder silencioso que llega para quedarse.
Hace unos meses concluyó el proyecto para la lectura completa del genoma de la palma del aceite. Los países del sureste asiático invirtieron recursos humanos y financieros, y establecieron sinergias científicas con pares Europa y Norteamérica para lograr este objetivo. La meta trazada es utilizar el conocimiento del ADN para fortalecer su liderazgo en el mercado internacional de este aceite que comienza utilizado en la alimentación y como fuente de energía para el mundo. Es decir, utilizan las ciencias genómicas para revolucionar oportunidades que les ofrece su propia historia y geografía.
El aceite de palma es un cultivo muy productivo pues da lugar al 33% de aceite vegetal y al 45% del aceite comestible en todo el mundo. Además, su fruto es una importante fuente de biomasa para la generación de biocombustibles. Es decir, combustibles que contribuyen a mitigar el calentamiento global al reciclar el carbono que se encuentra en la atmósfera. La palma de aceite es un reservorio de carbono y una de las plantas más efectivas en el secuestro de carbono de la atmósfera. Por ello, su aceite puede jugar un papel muy significativo en remover el dióxido de carbono que se libera como parte de los gases invernadero generados al utilizar combustibles fósiles.
La secuenciación del genoma de la palma de aceite permitió identificar un gene conocido como shell que regula la forma de la fruta de esta planta, de donde se obtiene el aceite. Además, se descubrieron un par de mutaciones que en la naturaleza ocurren en ese gen y que modifican por completo la proporción entre la pulpa y el mesocarpo que la rodea. De tal forma que cuando la palma tiene un gen normal y el otro mutado, la forma del fruto es tal que incrementa el 30% la cantidad de aceite que genera. Es decir, que además de incrementar la producción, permite reducir la presión que existe sobre la conversión de bosques en plantaciones de palmeras, lo que afecta directamente al medio ambiente. Más aún, el análisis de ADN a partir de un pequeño trozo de hoja de la planta permite identificar, desde etapas muy tempranas, al tipo de fruto que generará antes de sacarla del invernadero y plantarla en forma permanente. Esto reduce cerca de seis años el tiempo para que el productor logre conocer el tipo de planta en que invertirá.
Los países del sureste asiático han tomado en serio la oportunidad de generar riqueza y bienestar a partir de las ciencias de la vida. Su integración en redes de conocimiento comienza a posicionarlos como serios competidores en la bioeconomía global. Al continuar expandiendo sus capacidades en ciencia, tecnología e innovación ascienden en la cadena de valor, diferencian su economía y contribuyen a mitigar retos globales como la suficiencia alimentaria y energética.
México requiere elaborar su estrategia en bioeconomía, como las que han puesto en marcha Estados Unidos, Europa, Sudáfrica, Corea, Finlandia, Suecia y Malasia, entre varios más.
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gerardo.jimenez@gbcbiotech.com
Director del Programa de Medicina Genómica y Bioeconomía de la
Escuela de Salud Pública de Harvard.
Presidente Ejecutivo, Global Biotech Consulting Group.
Presidente de Genómica y Bioeconomía A.C.
