Juan Antonio Rosado
La violencia siempre ha estado ligada a la victoria y al poder. Hannah Arendt afirma, en un ensayo titulado Sobre la violencia, que ésta se distingue del poder o de la fuerza en que requiere implementos. La famosa fórmula de Clausewitz: “la guerra es la continuación de la política por otros medios” denota de igual forma el estrecho vínculo entre esa forma de violencia llamada guerra (y que siempre busca la victoria) y el poder político. Ahora bien, así como hay distintos tipos de violencia (física, sicológica, política, verbal, económica e incluso cultural), también hallamos distintas clases de poder: el económico, basado en la posesión de riqueza; el ideológico, en el control de los métodos de persuasión, y el político, fundamentado en los medios de coacción. Los tres tipos están hermanados y cada uno lleva su dosis de violencia. Un ejemplo es el gran empresario (poder económico) que apoya al sistema (poder político), que a su vez es apoyado por todo un aparato ideológico en que la propaganda se une a veces a cierto tipo de violencia.
En la novela Week-End en Guatemala (1956), Miguel Ángel Asturias describe la propaganda mundial de desprestigio al gobierno anterior (el de Jacobo Arbenz, derrocado por los intereses oligárquicos en 1954), propaganda llevada a cabo por los reaccionarios. En el capítulo VI, “¡Cadáveres para la publicidad!”, se retratan cientos de asesinados por la dictadura y el aparato ideológico informa que fueron sus enemigos, los comunistas, quienes realizaron las ejecuciones. En la sempiterna lucha por el poder siempre ha estado la violencia, y la victoria hace su aparición al final. Pero el poder no puede justificarse sólo con violencia, no es reductible sólo a ella: de ser así no sería poder. Debe justificarse con la Ley. Max Weber distingue entre poder tradicional, cuya legitimidad se reduce a la duración del dominio; el poder carismático, en el que se obedece a la persona del jefe, y el poder legal, cuando el ciudadano, afirma Norberto Bobbio en Fundamentos del poder político, “obedece al ordenamiento impersonal establecido legalmente y a los individuos propuestos por él en virtud de la legalidad formal de las prescripciones y en el ámbito de éstas”. Sin embargo, lo que suele hacer un presidente al apropiarse del poder ilegalmente es dar una imagen, una apariencia de legalidad. En el caso de los golpes de Estado, las justificaciones nunca faltan. Afirma Michel Foucault, jugando con la expresión de Clausewitz que “la política es la continuación de la guerra por otros medios”, a pesar de que el origen mismo de la palabra política implica organización social.
Rousseau, en El contrato social, estableció que el más fuerte debe convertir su fuerza en derecho y la obediencia en deber. Maquiavelo divorció la moral de la política, con lo que “el fin justifica los medios”, precepto seguido por tiranos desde la antigüedad (ya antes de Maquiavelo y muy anterior a nuestra era, existía en India el Artha Sastra, tratado de política de tipo maquiavélico). El Estado siempre ha monopolizado la fuerza y se ha valido de violencia para protegerse. Weber señala como atributos del monopolio del poder político no sólo la coacción, sino también la legitimidad. Por ello Hobbes, que considera la lucha como factor esencial en la naturaleza humana (cuya rapacidad es nata) distingue el Estado Natural (hecho de miedo y lucha) del Estado creado por el hombre con esperanzas y tendiente a la paz. Sin tratar de practicar las ideas de Hobbes, es imperante que en el Estado la legalidad se case con la legitimidad y elimine así la violencia.
