Ricardo Muñoz Munguía

El árbol, gigante de muchos ojos/hojas, es seducción y presencia para el que lo enfrenta. Así, el escritor terminar por ser atrapado por ese ser que habita entre la libertad de la nube o que se atraganta con la figura del firmamento o que desde su sitio cobra la razón de su presencia es gracias a su propia naturaleza, pero esa presencia se delinea con una nueva mirada gracias al quehacer poético que se utiliza en este caso para que la vida del árbol sea vista como el ser que habita, que nos habita. “A semejanza de tu libertad se puebla el cielo./ Son golondrinas./ Les podemos hablar con nuestros ojos./ Cuando eran humanas buscaron amapolas/ revolviéndose en la hiedra./ Pero ni un pétalo encontraron,/ ni una señal de sueño púrpura”.

Profesora y periodista, Alma Karla Sandoval (Zacatepec, Morelos, 1975) es egresada de la escuela de Periodismo Carlos Septién García, de la Escuela de Escritores de la Sogem y especialista en Enseñanza del Español como Lengua Extranjera por la Universidad Complutense de Madrid. De los libros de su autoría se cuentan Corredor de las antorchas, 2000; Todo es edad, 2003 y Estacionamiento de avestruces, 2006.

En meses pasados un árbol, al traspantarlo, fui testigo de que se marchitara paulatinamente, a la vez que me encontré con unos apuntes que había hecho para el poemario Para un árbol amarillo (Eternos malabares), del que señalé que es un volumen con edad, tiempo vertido en las ramas aferradas al ser. Son noches y días, “es la simiente del recuerdo,/ es el futuro que te doy”. En efecto, compruebo con ello el valor de su presencia. Y, al regresar a la autora, recorre con sus versos los diversos tipos que el árbol guarda. Les abre la razón de su existencia a través de las huellas de la lluvia o de la música del viento o del rumbo que alcanzan las flores que circundan las hojas.

El árbol al que acude Sandoval, además de todo cuanto pueda sentenciar la imaginación, es una infinita cadena de imágenes que entre sí guardan cierta relación con el ser espiritual. Por otro lado, Alma Karla expone su relación con la literatura de Roberto Bolaño, en especial con su libro Los detectives salvajes; es el punto de partida del libro y lo que podría ser un poema de largo aliento. “Eras, sin saberlo,/ un detective romántico muy solo”. Sin embargo, en mi caso, me quedo mejor con los alcances de las ramas, de la mirada vuelta hojas.