Ricardo Muñoz Munguía

Georges Bataille escribió hace ochenta años un libro que expone lo sórdido que puede estar en la condición humana. La novela El azul del cielo, su autor finalmente decidió ponerla en manos del público hasta 1957. El motivo mayor por el que Bataille no quería publicarla apunta a la guerra de España, la que padeció, y la que paradójicamente poco se aborda en esta novela. El escritor francés tenía claro que tales páginas mostraban perturbaciones funcionales, más que condiciones de posibilidad. También es claro que a lo largo del libro el narrador padecía angustia, un cúmulo de significaciones patológicas, a lo que se le añade una infancia abierta al asombro de la llaga.

Dirty, personaje de El azul del cielo, es la mujer de constantes borracheras, asidua a orgías, la que deja verse bellísima pero lesionando su estética con lo que arrastra por vida. El perfil que le imprime Bataille a su personaje, sobre todo al final de El azul del cielo, es para realzarla de otros personajes (Xénie, Michel, Lazare y al mismo Troppmann); sin embargo, lo único que quedaba de ella y su pareja era un desencanto hostil, no importando lo mejor del sexo encima de una tumba.

Un aspecto que no podemos dejar pasar son las preocupaciones hipocondríacas del individuo sumergido en un universo morboso, se trata, pues, de una realidad que sólo se advierte deslavada y metamorfoseada en cada uno de los capítulos de El azul del cielo: rarezas, suma de ideas, de tiempo entrecortado por la inmanencia de lo súbito y de lo aterrador, en donde el enfermo escapa gracias al mito de una eternidad vacía.

Por último, enfocándonos en el título de esta novela de Bataille, que también es parte de la trama, se entrelaza con las diversas atmósferas de perdición, se asoma un cielo luminoso, que es una forma de entrar en un tipo de pureza, en el azul del cielo.