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Tuxkahá

Cuauhtémoc

De la rama de una antigua ceiba se balancea, colgado de los tobillos, el cuerpo del último rey de los aztecas. Cortés le ha cortado la cabeza. Había llegado al mundo en cuna rodeada de escudos y dardos, y estos fueron los primeros ruidos que oyó: —Tu propia tierra es otra. A otra tierra estás prometido. Tu verdadero lugar es el campo de batalla. Tu oficio es dar de beber al sol con la sangre de tu enemigo y dar de comer a la tierra con el cuerpo de tu enemigo. Hace veintinueve años, los magos derramaron agua sobre su cabeza y pronunciaron las palabras rituales: —¿En qué lugar te escondes, desgracia? ¿En qué miembro te ocultas? ¡Apártate de este niño! Lo llamaron Cuauhtémoc, águila que cae. Su padre había extendido el imperio de mar a mar. Cuando el príncipe llegó al trono, ya los invasores habían venido y vencido. Cuauhtémoc se alzó y resistió. Fue el jefe de los bravos. Cuatro años después de la derrota de Tenochtitlán, todavía resuenan, desde el fondo de la selva, los cantares que claman por la vuelta del guerrero. ¿Quién hamaca, ahora, su cuerpo mutilado? ¿El viento o la ceiba? ¿No es la ceiba quien lo mece, desde su vasta copa? ¿No acepta la ceiba esta rama rota, como un brazo más de los mil que nacen de su tronco majestuoso? ¿Le brotarán flores rojas? La vida sigue. La vida y la muerte siguen.

(Tomado de Memoria del fuego: I. Los nacimientos. México, Siglo XXI Editores.2014. P. 93)

El arcoiris

Los enanos de la selva habían sorprendido a Yobuënahuaboshka en una emboscada y le habían cortado la cabeza. A los tumbos, la cabeza regresó a la región de los cashinahua. Aunque había aprendido a brincar y balancearse con gracia, nadie quería una cabeza sin cuerpo. —Madre, hermanos míos, paisanos —se lamentaba—. ¿Por qué me rechazan? ¿Por qué se avergüenzan de mí? Para acabar con aquella letanía y sacarse la cabeza de encima, la madre le propuso que se transformara en algo, pero la cabeza se negaba a convertirse en lo que ya existía. La cabeza pensó, soñó, inventó. La luna no existía. El arcoiris no existía. Pidió siete ovillos de hilo, de todos los colores. Tomó puntería y lanzó los ovillos al cielo, uno tras otro. Los ovillos quedaron enganchados más allá de las nubes; se desenrollaron los hilos, suavemente, hacia la tierra. Antes de subir, la cabeza advirtió: —Quien no me reconozca, será castigado. Cuando me vean allá arriba, digan: «¡Allá está el alto y hermoso Yobuënahuaboshka!» Entonces trenzó los siete hilos que colgaban y trepó por la cuerda hacia el cielo. Esa noche, un blanco tajo apareció por primera vez entre las estrellas. Una muchacha alzó los ojos y preguntó, maravillada: «¿Qué es eso?» De inmediato un guacamayo rojo se abalanzó sobre ella, dio una súbita vuelta y la picó entre las piernas con su cola puntiaguda. La muchacha sangró. Desde ese momento, las mujeres sangran cuando la luna quiere. A la mañana siguiente, resplandeció en el cielo la cuerda de los siete colores. Un hombre la señaló con el dedo: —¡Miren, miren! ¡Qué raro! Dijo eso y cayó. Y esa fue la primera vez que murió alguien.

(Ibídem, pág. 7)