El pasado 15 de marzo, diarios de todo el mundo difundieron nuevos ataques de yihadistas al patrimonio cultural de Irak. Esta vez se había destruido, con vehículos militares pesados, la zona arqueológica de Nimrud, lugar fundado en el siglo XIII a. de C. Fue la capital asiria, anterior a la propia Nínive, también atacada por el Ejército Islámico con la destrucción de la Puerta Nergil y al menos dos de los famosos toros alados de la cultura asiria. En Nimrud, que se asegura fue totalmente arrasada, estaban, además de los hermosos y característicos toros alados, figuras con cabeza humana, y bajorrelieves que distinguen al arte asirio. Las joyas funerarias ahí descubiertas hace unos años, están en resguardo en el Banco Central de Irak, donde se guardaron para su protección por los despojos ocurridos durante la invasión estadounidense de 2003 que también estuvo acompañada de saqueos arqueológicos.
Los yihadistas ya habían destruido el Museo de Mosul, el 26 de febrero pasado, donde quedaban estatuas de gran tamaño, pues otras piezas habían sido trasladadas al Museo de Bagdad. Algunas esculturas de este museo, la mayoría provenientes de Hatra, databan del siglo VII a. de C. Una pieza de alabastro fue totalmente destruida. El argumento del EI, según difundieron en un video donde se veían las acciones para demoler el museo, ha sido en todo momento su combate a la idolatría.
Organismos internacionales calculan en 112 mil 700 los libros y documentos igualmente destruidos, y que provenían de la Biblioteca Central de Mosul, de su Universidad, la Cristiana Latina, otra de monjes dominicos e incluso de la Biblioteca Sumí.
Dos días después de la destrucción de Nimrud, vecinos del lugar dijeron haber escuchado explosiones en Hatra, ciudad del siglo II a de C. y que fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1985 por la Unesco.
Estas ciudades, situadas junto al Río Tigris, son para decirlo en la forma más simple la cuna de la humanidad.
Quien esto escribe todavía recuerda cuando en la escuela primaria le explicaron que Mesopotamia quería decir entre dos ríos y que esos ríos eran el Tigris y el Eufrates, y escuchó por primera vez los nombres legendarios de Babilonia, Sumeria y Asiria. Ya como maestra universitaria leyó, con emoción, el texto más antiguo de la humanidad: la Epopeya de Gilgamesh y se asombró cuando, como turista, contempló, en el entonces Berlín oriental, las Puertas de Babilonia. Antes, en el Museo Británico y en el Louvre había visto a los asirios, conduciendo sus carruajes, con su peculiar vestimenta, que a mí me daba la impresión que estaba a medio camino entre lo guerrero y lo sacerdotal. Paradójicamente, estos vestigios, producto de otros despojos, es lo que nos queda. (S. R.)
