Carmen Galindo
Murió el escritor Günter Grass, tal vez el más conocido de los novelistas alemanes, si quitamos a Hans Magnus Enzensberger. Aunque Grass lo superaba en prestigio. Grass nació en Danzig, hoy Gdansk, Polonia, en 1927 y murió en Lübeck el 13 de abril de 2015. Su padre era alemán y su madre, polaca. Su poesía, su narrativa y su teatro están escritos en alemán. El reconocimiento le sobrevino muy pronto por su novela El tambor de hojalata, escrita en 1959. Don Joaquín Diez-Canedo, el legendario editor de Joaquín Mortiz, publicó este libro en 1963, que se convirtió en la primera traducción en el mundo de esta obra que se considera clave de la literatura universal de la segunda mitad del siglo XX y que habría de aparecer después en todos los idiomas. El traductor fue Carlos Gerhard.
Quien esto escribe recuerda que Don Joaquín sabía que tenía una obra maestra entre las manos. Como conocía la extensión de la obra, unas 800 páginas, me la envió sin empastar ni pegar (y así la conservo en mi biblioteca) para que preparara mi reseña en mi columna del diario Novedades. Los lectores de entonces y de después compartimos idénticas reacciones. La mayoría la juzgamos demasiado larga, todos, creo que sin excepción, desconcertante. El protagonista y narrador es Óscar Matzerath. Unos pensaron que era una especie de Peter Pan, el niño que se niega voluntariamente a crecer, pero que desde su gestación es un adulto completo. Otros pensamos que, como está recluido en un sanatorio psiquiátrico, es un enano que justifica su estatura como un acto de voluntad. Tiene otros poderes; además de su tambor de hojalata que toca como en son de protesta, está su voz que pude cortar el cristal. Agnes es la madre de Óscar y Alfred, su padre, pero el primo de Agnes, Jan, es amante de ella. Óscar participa en robos, en espectáculos, en un circo. En su cama de hospital platica con Bruno, su enfermero. La historia de Alemania aparece de modo intermitente, simbólico a veces, fragmentario siempre. El lector no sabe a qué carta quedarse, pero le atrae, creo, el tono delirante, el sentido del humor, la extravagancia y en la otra esquina, el desamparo, lo erótico. Lo grotesco en su apogeo.
Grass sorprendió al mundo cuando, en su autobiografía titulada Pelando la cebolla, confesó que en su juventud, a los 17 años, había pertenecido a las fuerzas de Waffen SS de Himmler y su biógrafo ha escrito que su obra debe leerse como una expiación de esa culpa. Sus enemigos políticos lo han aprovechado para descalificar su carácter de conciencia de Alemania. Criticó a Israel, la invasión de Bush a Irak y juzgó apresurada y avasallante para Alemania Oriental la unificación de las dos Alemanias.
Varios Premios Nobel lo han admirado. José Saramago y Heinrich Böll dijeron que Grass y no ellos eran merecedores del reconocimiento y Elfriede Jelinek, confesó que “al leer las primera páginas de El tambor de hojalata tuve la sensación de que alguna vez sería escritora”. Günter Grass obtuvo el Nobel en 1999.
