René Sánchez García

 

Biblioteca, es tan sólo uno de los nombres que damos al Universo.

Jorge Luis Borges

 Visitar la biblioteca que perteneció en vida a Carlo Antonio Castro (República del Salvador, 1926 – México, 2010), no es precisamente penetrar a una atmósfera de silencio o de recogimiento, es más bien llegar a un mundo lleno de palabras impresas que reposan, esperando que otros cosechen de ella y la sigan cultivando. Este espacio íntimo y de trabajo que construyó por años su propietario, no es la suma de infinidad de libros, revistas y periódicos, colocados ordenadamente en estantes de madera y metal, viendo solamente el correr del tiempo; más bien, aparte de constituir un valiosísimo tesoro documental, es aquí donde descubrimos o entendemos mejor el principio de identidad que existió entre él y sus libros.

Para el maestro Carlo Antonio Castro (Decano de la Facultad de Antropología, Universidad Veracruzana), leer no sólo constituyó una actividad esencial, sino que los libros fueron siempre una extensión de su vida, como él fue una extensión de todos los libros que adquirió y leyó, así como de los que escribió a lo largo de su fructífera vida académica y de investigación. Estoy seguro que su biblioteca fue siempre todo un proyecto de vida personal, deseoso de que al final pudiera convertirse en pública, a fin de que otros la alimentaran y multiplicaran. Extenderla sí, en calidad y cantidad, pero fundamentalmente llenarla de lectores con una mayor pasión desbordante y delirante por los libros y la lectura, tal y como él siempre lo demostró hasta el último minuto de su vida.

Llegar y recorrer dicha biblioteca es como transitar en un laberinto lleno de espejos, donde en ocasiones parece verse la silueta de este humanista que la creó. Incluso, se llegan e escuchar sus pasos y voces. Y es que el poeta, traductor y escritor de intereses refinados en cuanto a los libros y enciclopedias que leía en diversos idiomas (inglés, francés, italiano, alemán, chino, japonés y por supuesto el español), colocó en los estantes no lo fácil, lo breve, lo casual, lo trivial, sino lo inteligente, lo meditado, lo profundo, lo difícil, lo razonado, lo casi eterno, como dijera Alberto Manguel. Cada palabra, oración, párrafo y página de todos y cada uno de sus libros ahí guardados, parecen detonar ideas que se multiplican al infinito.

¿Qué encontré en este espacio maravilloso que sin lugar a dudas constituye la segunda piel del maestro Castro y en donde parece que los libros se acarician, se acompañan revelando sus secretos? La lista es larguísima pero me encontré desde: Enciclopedia Británica, Diccionario Espasa Calpe, Historia Universal de la Literatura, Hand Book of Middle American Indians, Collier’s Encyclopedia, Colección Breviarios del FCE, Colección Planeta, Cuadernos Americanos, Diccionario de Escritores Mexicanos, Viaje a través del Universo, Enciclopedia Filosófica Bruguera, La Palabra y el Hombre, México a través de los siglos, Evolución de la Humanidad, National Geographic, Summa Artis, Historia Universal del Cine, Obras Selectas de Literatura, Historia de México (videos), Atlas Cultural de México, Arte del Siglo XX, Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales, Enciclopedia de México, Colecciones SepSetentas y SepOchentas…, hasta perderse en un mar inacabable de información sobre filosofía, historia, geografía, literatura, psicología, arte, educación, cine, antropología, poesía, sociología, lenguaje, música, religión, teatro, política, muchos de estos temas también en revistas especializadas y periódicos nacionales y locales. No se diga acerca de los principales autores de todos y cada uno de los géneros literarios, donde la lista parece inacabable.

Coincido con Rafael Vargas cuando expresa acerca del origen de las bibliotecas privadas como las de José Luis Martínez, Castro leal, García Terrés, Alí Chumacero y Monsiváis: “El gusto por la lectura los convirtió a todos ellos en escritores, y la escritura los convirtió fatalmente en lectores voraces e insaciables”. Recuerdo a Carlo Antonio (Doctor Honoris Causa por la Universidad Veracruzana, 2004) y su afición por los libros, revistas, periódicos, discos, cintas de audio y video, donde la adquisición de uno lo conducía a otro y a otro más. Sabía perfectamente que cada volumen se asociaba con otro, formando combinaciones que hacían detonar ideas que se multiplicaban de manera infinita. Fue aquí precisamente donde adquirió todo ese potencial intelectual transformador que volcó en las aulas universitarias, en la difusión cultural, la investigación y en su trabajo de campo.

A cinco años de su partida, su valioso acervo documental continúa allí vivo. Ningún libro está aislado, ajeno, aparte. Todos “se acompañan, se acarician, revelan sus secretos, desdoblen sus discursos”. En ese hermoso espacio se esconden, sin lugar a dudas, sucesos, ocurrencias, cavilaciones, manías, detalles, ideas y pensamientos de quien los reunió. De cada libro, enciclopedia, revista, periódico brota un trozo de su alma y de su mente. Todos juntos conforman un volumen inédito que es una mezcla de sueños y lecturas, vida y memoria. En recuerdo a su vida y obra no sólo hay que visitar y utilizar esa biblioteca humanística, es necesario sacarle el máximo provecho. Particularmente a esa sección íntima o privada del maestro Carlo que nadie más ha leído o tocado, me refiero a sus diarios de campo, futura y rica veta para el estudio de la lingüística antropológica veracruzana.

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