Ricardo Muñoz Munguía
(Segunda y última parte)

El libro de Bárbara Jacobs, La dueña del Hotel Poe, cierto es que no se deja ver como una novela convencional, porque en el recorrido de varias páginas se puede llegar a sentir que hemos avanzado tanto sobre lo que tenemos en las manos, que es “La dueña del Hotel Poe” pero, conforme continuamos, las luces metaliterarias que mencionamos al inicio se alejan y, así, las personalidades se funden en personajes, la no ficción se combina con la ficción y ambas líneas paralelas corren en zigzag para completar una novela que, si bien se aleja del convencionalismo, termina por ser un amplio panorama literario que, se menciona en la cuarta de forros del volumen: “como en una espiral sin fin, comenzamos con una novela breve dentro de la novela; a continuación, diversos textos ensayísticos y fragmentos de un diario personal permiten adivinar la personalidad de su autora, la dueña del Hotel Poe”.

La dueña del Hotel Poe nace por la historia que representaba para Jacobs y su familia este hotel, también para su sobrina Alegra (aunque esta última no había nacido cuando el papá de Bárbara Jacobs era el propietario del hotel en los años cincuenta, ni cuando se vendió). En Las hojas muertas, Jacobs, por vez primera, menciona el hotel, que “tiene que ver con la vida de mi papá”, dice la escritora, aunque en una entrevista la narradora afirma que “El hotel no existe, y todas las personas que estaban invitadas no llegaron, pero ahí están y son reales y están satisfaciendo una necesidad real pero de una forma imaginaria y por escrito”.

Bárbara Jacobs entrega una novela sumamente íntima, en la que experimenta a su libre antojo, donde acudió a su total libertad para, así, exponer las páginas del desafío, que es la desnudez en su narración, que es la mujer, la protagonista, la escritora…