Belisario Domínguez y El Vate

Zoé Robledo

Belisario Domínguez dejó una marca en la historia de México. Más que representante de un estado o de la nación, lo era de la patria. Para muchos, la patria es una abstracción incomprensible. Para él no sólo no era un ente inasible, sino que representaba el fin último de quien se dedica a lo público. Decía Don Belisario: “de la patria hemos de hacer un altar para ofrendar en él nuestras vidas y nunca un pedestal para erigir nuestra ambición sobre ella”.

Su apego con los recónditos pueblos que padecían grandes dificultades y su pasión de ayudar a la gente más necesitada, le generó una gran simpatía entre la población. Empezó como senador suplente, y se posicionó como el legislador más connotado en la historia de Chiapas. Sus convicciones y su sacrificio por el país lo convirtieron en un símbolo de la libertad de expresión, principalmente en el espacio parlamentario. Pero sus aportaciones también se reflejaron en otro ámbito: el periodismo local e independiente.

Don Belisario fue un gran orador. Y es que el gran orador no es el que habla bien, ni el que habla fuerte, ni el que manotea mucho; el gran orador es el que posee la rara virtud de decir lo que piensa y hacer lo que dice. Alguna vez expresó una frase, que, aunque reiterada, conserva su vigencia, pues enfatiza la congruencia entre lo que el chiapaneco dijo e hizo: “Si cada uno de los mexicanos hiciera lo que nos corresponde, la patria estará salvada”.

Don Belisario se valió de la palabra, no sólo en su forma oral, para expresar su vocación humanista. Además sus históricos discursos en el Senado de la República, principalmente en contra del régimen de Victoriano Huerta, don Belisario fundó, en 1903, un periódico local: El Vate. Originalmente se le decía “vate” al poeta del género chico y de desventuras grandes: eran los versadores de los pueblos. Por otro lado, don Belisario relató que una noche tuvo un sueño en el que se le reveló el significado de cada letra de esta palabra: la “v” de virtud, la “a” de alegría, la “t” de trabajo y la “e” de estoicismo.

Años antes de que Tomás Eloy Martínez lo escribiera, don Belisario comprendió el periodismo como un acto de servicio para ponerse en el lugar del otro: comprender lo otro y, a veces, ser el otro. En El Vate, que tuvo únicamente cuatro entregas que fueron repartidas de manera gratuita en Comitán, se denunciaban injusticias, se hacían observaciones llenas de valor e instruía a sus lectores: lo mismo sobre los sueños que sobre distintos asuntos de interés popular. Por eso mismo, El Vate tenía muchos lectores y sus textos eran una lección de moralidad.

La palabra de Belisario Domínguez, en tribuna o en su periódico, se convirtió en un precedente para respetar la voz del pueblo, la pluralidad de ideas y el ejercicio pleno de la libertad de expresión. Confiaba en la prensa y en la comunicación de los pensamientos. Demandó lo indispensable que era la creación de una sociedad que tuviera sus propios medios, aun cuando estos fueran austeros.

La libertad de palabra se convirtió en su bandera, no como un atributo ornamental, sino como un recurso vital de la existencia. Tal vez El Vate era un periódico modesto, pero su esencia, como la de su fundador, trascendió temporalidades, ideologías y regionalismos. A final de cuentas, la patria, y con ella la libertad de expresión, “no puede ser silenciada”.

@zoerobledo

Senador por Chiapas