Eve Gil

 

Los alimentos eran saludables, bajos en sales y en grasa, variados y hermosamente presentados. La escena era la misma repetida: un retrato perfecto de la infelicidad.

Liliana V. Blum

 

Según la mitología griega, Pandora fue la primera mujer, creada por Zeus, con la muy específica finalidad de introducir desgracias en la vida de los hombres. Es un personaje fuertemente emparentado con la Eva de las Sagradas Escrituras, cuya imprudencia trastoca el rumbo de la humanidad.

La Pandora (Tusquets, México, 2015) de Liliana Verónica Blum, tiene en común con aquélla ser víctima de las circunstancias; estar pagando una culpa para la que parece haber sido creada, pero es, asimismo, la antítesis de la creatura de Zeus: los males del mundo contemporáneo parecen enseñarse con ella. Blum se arriesga con una protagonista que parecía condenada a oscilar entre la caricatura y el patetismo, y en cambio nos entrega a alguien profundamente humano, por quien es fácil experimentar afecto, conmiseración, pero, también, desprecio debido a su pasividad.

Pandora es la antítesis de “la gordita simpática”, de hecho, salta a la vista que la autora no se permite una mínima licencia para hacerla menos desgraciada. Incluso, al perfilarse lo que parecería el inicio de un cuento de hadas, no es sino el principio de todos los males que arrasan con su mundo y otros que giran a su alrededor. Pandora es una auténtica perdedora por todos los flancos, pero no es su culpa: ¿qué podía esperarse de una niña criada por una madre frívola en extremo, que en vez de contribuir a revertir su prematuro proceso de obesidad, no hace sino compararla con su hermana, una odiosa niña tan flaca como su madre? A los treinta y tres años, Pandora trabaja como recepcionista en un hospital, y continúa compartiendo el techo con una madre aún delgada y atractiva, que le prepara desayunos “bajos en calorías” con una intención más encaminada a humillarla que a ayudarla de verdad.

Alterna a la narración en primera persona de Pandora, se expone la —que todos creen— “idílica” vida familiar del joven y apuesto ginecólogo Gerardo, casado con Abril, la esposa perfecta para él, aunque ella vive torturada por la idea de que no es lo suficientemente bella ni atractiva para garantizar la fidelidad de un hombre tan deseado. Sus temores no parecen infundados, pues aunque padre y esposo ejemplar, en la intimidad Gerardo no consigue excitarse con su mujer… no por lo que ella supondría, sino justo lo contrario: en su afán por alcanzar la perfección, Abril ha dejado de ser la mujer curvilínea de la que se enamoró, e inicia su ingreso a la pesadilla de la anorexia. Por alguna razón no aclarada… o porque el propio Gerardo no logra conectar consigo mismo, o no quiere hacer sentir a su mujer que sus esfuerzos por convertirse en el prototipo impuesto por la televisión, nunca se sincera con Abril respecto a lo mucho que le desagrada sentir el filo de sus huesos.

Al mismo tiempo que Abril alimenta la paranoia respecto a una imaginaria amante de su esposo, sin duda más delgada y joven que ella, se efectúa una celebración en el hospital donde Gerardo tiene su primer encuentro con Pandora. Tal es el impacto que le produce aquella joven obesa devorando bocadillos, que incluso olvida la presencia de su mujer para contemplar con franco embeleso —que pasa desapercibido para la propia Pandora— al peculiar personaje inmerso en ingerir lo que encuentra a su paso.

Gerardo se obsesiona con la obesa recepcionista y empieza a cortejarla disimulándolo apenas, aunque a Pandora no le pasa por la mente que las constantes invitaciones a comer y a charlar, tengan que ver con un interés romántico… aunque tampoco consigue explicarse qué interés podría tener el atractivo médico en ella. De alguna manera, la joven que ha renunciado a la posibilidad de la pasión romántica, cede a los requerimientos de Gerardo que, por un lado parece sinceramente enamorado de ella, pero, por otro… lejos de hablar de matrimonio, de la simple posibilidad de dejar a su actual esposa, propone a Pandora dedicarse exclusivamente a continuar engordando para él. Lo que pareciera —o no tanto— una prototípica historia de un enamoramiento entre opuestos, empieza a seguir la senda de una perversión amorosa que anula la dignidad de los implicados —particularmente la de Pandora— y podría culminar de manera espantosa.

Pandora es una novela perversa que se va desplegando como tal de manera muy paulatina, a través de una crítica casi sanguinaria de una sociedad enferma, acaso más que los amantes protagonistas de la historia, que tiende a segregar a quienes no acatan sus normas sin sentido y engendra monstruos —que no son precisamente Gerardo y Pandora— cuyos pensamientos y actos son producto del automatismo, del “deber ser”, de satisfacer las apariencias, y no de la verdadera voluntad. En ese sentido, Abril también es un personaje impecablemente construido, que se revela para sus adentros en lo que, bien podría interpretarse, como accesos de cordura: “(…) La maternidad no es como la de los anuncios de leche o pañales. Era repetitiva, cansada, sin fin, como hacer huecos en la arena sólo para que el mar se trague el esfuerzo al siguiente minuto” (p. 125).