Jornaleros del Valle de San Quintín

Miguel Barbosa Huerta

John Steinbeck escribió Las uvas de la ira, una obra magistral que con crudeza describe los obstáculos de una familia en su éxodo de Kansas a California, para buscar nuevas oportunidades. La crisis de los años veinte del siglo pasado, la sequía de esa región del territorio estadounidense, la rapiña de los banqueros y la ineficiencia del gobierno, produjeron la última gran migración masiva interna en Estados Unidos.

Después de padecer hambre, accidentes, traiciones e infamias, pero también de realizar actos de una enorme nobleza, la familia, o mejor dicho, lo que queda de ella, llega a California, la tierra prometida. Una región rica en recursos, pero lo que encuentran les hiela la sangre: millones de acres de productos pudriéndose en sus matas por decisión de los acaparadores que especulan con el precio de los productos. Ahí nace un sentimiento, la ira que es tan fuerte como el amor o el odio.

Décadas después, en los años sesenta, César Chávez inició un boicot de ámbito nacional contra los productores de uva de mesa de California, con el fin de conseguir un convenio más justo para los trabajadores temporales. Chávez consiguió apoyo en toda la región americana y obligó a los productores de uva a negociar con los trabajadores.

Las luchas sindicales continuaron durante toda la década de 1970, consiguiendo el reconocimiento de los derechos laborales de los trabajadores agrícolas emigrantes.

Ahora, a la mitad de la segunda década del siglo XXI, cientos de jornaleros mexicanos, en tierras mexicanas, trabajan y viven en condiciones lamentables. Salarios insuficientes, familias y grupos hacinados en galeras, ingesta de alimentos en situaciones insalubres. Esto implica violación de derechos humanos, laborales y educativos. Estos cientos de compatriotas, en su mayoría indígenas, representan una realidad a la cual no podemos cerrar los ojos. Esa es la realidad del campo mexicano y de la explotación de la cual son objeto los grupos más vulnerables de nuestra sociedad.

El Valle de Guadalupe, en Baja California, produce los mejores vinos del país. Varios de ellos han recibido premios internacionales y este valle se ha convertido en un referente a nivel mundial como una región de buen vino. Ejidatarios, comuneros, agricultores y enólogos de la vieja y de la nueva guardia, han creado productos de clase mundial.

Cerca del Valle de Guadalupe han crecido las uvas de la ira, el movimiento de los jornaleros de San Quintín, sus condiciones de subsistencia y su lucha por lograr mejores condiciones de vida, han colocado en el ojo de la opinión pública su lamentable situación. Esta lucha ha logrado saltar el cerco inicial que pretendía anular o desprestigiar su lucha.

Los jornaleros y sus familias piden lo justo: salario digno y mejores condiciones laborales. El gobierno de Baja California y el gobierno federal tienen la oportunidad de hacer justicia; si por el contrario, permanecen inmóviles y las cosas siguen como hasta ahora o tratan de postergar una solución de fondo, el Estado mexicano habrá fracasado en una de sus funciones sustanciales: hacer justicia a los grupos más vulnerables.

Lamentablemente, lo que ocurre en el Valle de San Quintín es consecuencia de un fenómeno que tiene su origen en varias regiones del país. Los jornaleros de este valle nacieron en otros estados como Guerrero y Oaxaca y se trasladaron ahí por necesidad de trabajo, porque en sus regiones de origen no existe ninguna fuente de trabajo. Un ejemplo de esta realidad se encuentra en la mixteca poblana, en donde el desarrollo del campo es nulo y la titularidad de los derechos resulta precaria y simplemente la agricultura no permite sobrevivir.

De manera silenciosa, existe un desplazamiento de las regiones que se produce a pasar de los múltiples programas de los gobiernos municipales, estatales y federales. Es decir, los esfuerzos de estas instituciones han sido insuficientes para atender el problema del campo. Siempre han existido jornaleros.

En el campo nunca ha existido una realidad en donde pueda afirmarse que todos son agricultores y poseen tierra y agua. Sin embargo, los pagos que recibían estos trabajadores les permitían cumplir con sus necesidades básicas de subsistencia. Esto significa, que como ocurre con otros trabajadores, sus ingresos se han pauperizado. La pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores del campo resulta alarmante.

Lo que existe en el Valle de San Quintín y en otras regiones del país revela un problema estructural. El campo se encuentra devastado, no únicamente por falta de apoyos, sino porque se ha expulsado a los campesinos. Los ha expulsado la falta de apoyo y la violencia. El campo se vende, se abandona o los campesinos son despojados de sus tierras por el hambre.

La situación de los jornaleros del Valle de San Quintín debe resolverse con hechos y no con buenas intenciones. A nivel general debemos volver los ojos al campo, la situación que viven miles de familias, representan un caso grave que puede derivar en una emergencia humanitaria y un riesgo a la seguridad nacional en el sentido de que la soberanía alimentaria se encuentra en entredicho.

Presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República

@MBarbosaMX