Juan Antonio Rosado
Así como la pintura es la organización de trazos y colores para representar algo (un concepto, una idea, una emoción…), así como la literatura organiza frases y palabras para narrar, describir o argumentar, y la danza organiza movimientos corporales, y la gastronomía, los sabores, así el oído es bombardeado por los sonidos organizados que implica la música. Sin embargo, puede o no hacerse arte con estas combinaciones. El problema radica en el cómo: “El arte está en la técnica”, afirmó con toda razón Alfonso Reyes. Entonces, el trabajo artístico —sea de continuidad o de ruptura— implica el dominio de una o diversas técnicas, pero cuando se trata de ruptura, de innovación, puede integrarlas, parodiarlas, invertirlas, modificarlas, a fin de reinventarlas y producir una nueva propuesta.
Edgard Varèse es, junto con Debussy, Schoenberg, Stravinsky, Bartók y Messiaen, uno de los revolucionarios más auténticos de la música occidental del siglo XX: un autor de ruptura que influyó en gran cantidad de creadores posteriores (Penderecki, por ejemplo). Como hijo de músicos (mi padre fue un compositor de origen puertorriqueño), desde la primera infancia mi hermano y yo escuchamos a Bach, Beethoven, Chopin y Mozart, lo mismo que a Stravinsky, Bartók, Debussy, Varèse, Penderecki, Orff, Crumb, el jazz o la salsa de Eddie Palmieri y la Orquesta Harlow. Se dice que la sensibilidad se educa y que el oído, lo mismo que el gusto o la vista, pueden cerrarse o abrirse a lo novedoso; anquilosarse y petrificarse con esquemas repetitivos o flexibilizarse hasta hallar la comprensión de lo que en apariencia resultaba hermético. Menciono lo anterior porque las primeras audiciones de las obras de Varèse en los años veinte del siglo pasado suscitaron fuertes protestas. Este francés radicado en Estados Unidos desde 1915 o 1916 empezó a incorporar sirenas y ruidos en sus obras; sus acordes disonantes en masa y la compleja polifonía sin orden tradicional se contraponían a lo considerado “canónico”. Se trataba de un inaudito mundo sonoro, casi totalmente novedoso. La gente acostumbrada a las armonías barrocas, clásicas, románticas o impresionistas no pudo soportar la nueva organización de sonidos propuesta por Varèse, quien fue mucho más allá del dodecafonismo y fundó la International Composers’ Guild con el lema “Los compositores de hoy rehúsan morir”. Unos diez o doce años después de conocer y oír a Varèse, escuché por vez primera al compositor Frank Zappa, quien en sus discos llegó a citar esa frase, que sin duda podemos aplicar a todo arte auténtico, aunque también habla mucho del carácter de aquel creador. El artista se rehúsa a morir, y para ello no le basta repetir. Hay un dato interesante: Varèse le sirvió a Romain Rolland para estructurar en parte a su personaje Jean-Christophe.
Siempre proclive al arte nuevo, Varèse tuvo cercanía con poetas como José Juan Tablada y Vicente Huidobro. El primero consigna en su diario, con fecha del 22 de octubre de 1921, que ha recibido una carta de Varèse en que lo felicita por el poema que le ha enviado. Con seguridad, se trata del texto que el compositor musicalizará, junto con otro de Huidobro, para su obra Offrandes. Se trata de una excelente obra, pero en lo personal (y esto ya es cuestión de gustos) prefiero creaciones como Ionización, Ecuatorial, Amériques, Désert, Nocturnal, Octandre y, por supuesto, el Poema electrónico. Pero su obra completa seguirá nutriendo a las nuevas generaciones de músicos.
