El cuentista

LA CULTURA HOY, MAÑANA Y SIEMPRE QUINTO AÑO. NÚMERO 117

 

Todo mundo lo reconoce como el creador de una obra maestra: “La muerte tiene permiso”. Para sorpresa de su autor, el cuento se ha convertido en obra de teatro, en guion radiofónico y ha terminado por correr, máximo homenaje popular, como relato anónimo. Su trama y sobre todo su final sorpresivo, se ha llegado a considerar como una cala profunda en el ser del mexicano. Hay en el relato, dos mundos, el de los ingenieros y el de los campesinos, y el lector, identificado sin saberlo con el punto de vista de los ingenieros, se asombra, junto con ellos, con lo sucedido. Se trata, sin duda, de una denuncia social, pero dicha con dignidad, sin estridencias. La justicia popular es aplicada de modo violento e inapelable. De algún modo ese juicio que ha convertido el relato en un clásico, ha ocasionado un resultado poco favorable para su autor, porque esa fama ha terminado por dejar en la sombra el resto de sus cuentos, todos excelentes.

Me referiré a unos cuantos. En “Rock”, un monólogo interior, se pasa de una entrega amorosa llena de ternura, de un ensalzamiento del goce sexual, a la violación por un grupo de pandilleros. Un relato estremecedor, de horror, de impotencia y rabia para el amante. Otro, “La grosería” narra el despertar a la sexualidad, muy diferente, para un muchacho y una jovencita. En “El compa”, dos amigos llegan al crimen de una mujer que engaña. Este cuento tiene su origen en una frase oída en la calle casualmente por Valadés y que simplemente le fascinó: “Le había arriado duro a la patada y al descontrol”. Todos los cuentos aquí mencionados, tratan de recuperar el habla de todos los días. En “La grosería”, que forma parte del libro La muerte tiene permiso, se escucha la voz de personajes que viven en una vecindad; en “Rock”, la de un hombre dolido, un lenguaje de rencor que se lanza como reclamo al mundo, como si la violencia del mismo lenguaje fuera la forma de que la violencia alcance a sus agresores. En “El compa”, que pertenece como el anterior, al volumen Las dualidades funestas, se escucha el habla de unos albañiles, con todo el regodeo y agresividad sexual para la Bicha, y ese juego peculiar del machismo de amor al amigo, al compa. En “Asunto de dedos” se introduce un personaje reciente en la vida nacional, el empleado bancario, y este texto forma parte de una etapa de nuestra literatura en que los escritores intentan explorar a los seres anónimos de las ciudades. En fin, la mayoría de los lectores consideramos a “Las raíces irritadas” una recreación del lenguaje del campo y un cuento tan clásico como “La muerte pide permiso”.

De su último libro, Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita, que no tengo a mano, reproduzco este breve relato, que igualmente ha quedado grabado en la memoria de los lectores. Se titula “La incrédula”:

Sin mi mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.

-Lo sé –respondió-, pero quiero estar cierta.

Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizás ya innecesaria.

 

         En todos los relatos de Valadés existe una exploración en el lenguaje hablado y en los temas, en el erotismo. En algunos de ellos, una aprobación de la justicia por propia mano. Vistos en conjunto, todos son atrevidos, transgresores en el orden de lo sexual, del habla, de las normas sociales. (Carmen Galindo).