Juan Antonio Rosado

Se ha considerado poco el sentido del humor de autores como Kafka o Borges. El caso del segundo, quien consideraba la metafísica como extensión de la literatura fantástica, es más interesante, pues carece del profundo sustrato judaico del primero. Basta recordar, por ejemplo, el relato aquel en que unos geógrafos hacen un mapa lo más exacto posible, o aquel otro de Pierre Menard y el Quijote, para darnos cuenta no sólo del escepticismo de Borges, sino sobre todo de su fino y muy intelectual humorismo. Él no introduce filosofía en sus textos, sino que la literaturiza y de paso de burla de ella. Aquí presentaré sólo un caso: el cuento “El Aleph”, uno de sus más leídos (y tomados en serio), publicado en la revista Sur en 1945.

En hebreo la consonante álef representa el movimiento inicial de la laringe, como el espíritu (o aspiración) suave del griego. Sin embargo, más allá de este dato, Gershom Scholem, autor de La Cábala y su simbolismo (que Borges conoció bien), afirma que “los cabalistas han considerado siempre la consonante álef como la raíz espiritual de todas las demás letras, que contiene en esencia todo el alfabeto y con ello todos los elementos del habla humana”. Borges deja de lado el aspecto lingüístico. En su cuento, el Aleph es un punto del espacio que contiene todos los puntos, un lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares, vistos desde todos los ángulos. Este cuento siempre me recuerda un pasaje del Bhagavad-Gita hindú: cuando Arjuna contempla la visión divina en su cochero, Krishna, en quien observa todo el cosmos (lugares y fenómenos). Se trata de algo inexplicable. En “El Aleph”, el narrador duda: se rehúsa a creer hasta que se enfrenta con la evidencia. En la contemplación un espacio contiene todos los espacios, pero en la realidad sólo los percibimos de modo sucesivo. En el Bhagavad-Gita y en “El Aleph”, se ve todo de modo simultáneo, y en ambos casos se trata de percepciones físicas.

Aparentemente, el cuento de Borges relata algo maravilloso, pero al final el prodigio resulta asombroso y después de haberlo vivido, al narrador no le es posible asegurar si existió o no. La interrogación final hace que la duda opere como un elemento de la literatura fantástica. “¿Existe el Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto (…) y lo he olvidado?”. El objeto es metáfora de lo Absoluto, con sus contradicciones (la unión de los contrarios). Borges dice que cree notar en este cuento (y en “El Zahir”), un influjo de “The crystal Egg”, de H. G. Wells, pero basta comparar ambos textos para que la superficialidad del relato de Wells se haga evidente.

“El Aleph” se inicia con dos epígrafes. Del de Hamlet, el autor sólo cita: “Podría estar confinado en una cáscara de nuez y considerarme Rey del espacio infinito”, pero elimina lo esencial: “si no fuera por los malos sueños que tengo”. El segundo epígrafe es del capítulo “De las tinieblas, de la vana filosofía y de las tradiciones fabulosas”, del Leviatán, de Hobbes, quien critica a Aristóteles y a los escolásticos. Para ellos, la eternidad no debe ser una sucesión infinita de tiempo, pues en ese caso no podrían justificar cómo la voluntad de Dios y el pre-ordenamiento de lo que ocurrirá puede no ser anterior (como la causa, anterior al efecto). Tampoco podrían justificar muchas otras cosas. Entonces Hobbes dice lo que cita Borges: “ellos nos enseñarán, sin embargo, que la eternidad es la paralización del tiempo, el nunc stans de las Escuelas, cosa que ni ellos ni nadie comprenden, como tampoco el hic stans, esto es, la infinita magnitud de lugar”. El aquí y el ahora son finalmente dos categorías. ¿Cuál es el ahora de la eternidad? Después de los epígrafes, nos ubicamos en un tiempo preciso: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió…” Esta muerte hace reflexionar al narrador porque Beatriz se convirtió en nada: el universo se apartó de ella. El narrador hace un recuento de la vida de la mujer a través de sus retratos. El nombre Beatriz no es casual. Beatriz Elena: dos prestigiados (y “eternos”) personajes literarios, cada uno el centro de gravedad de su mundo: el de la Commedia y el de la Iliada (la Helena griega es evocación irremediable). Borges también aparece en el cuento, como Unamuno en Niebla o Valmiki en El Ramayana. Pero a él no le interesa la verdad: era un gran escéptico y juega con la filosofía, duda, se ríe. En el fondo, su gran tema es la literatura misma: nos lleva siempre a los libros y a la escritura, donde todo es posible.