REPORTAJE

Jornaleros a merced de los patrones

África Barrales

Sobre el ardiente asfalto de la autopista federal Matehuala-San Luis Potosí —a la altura del kilómetro 123— yacen inertes los delgados cuerpos de dos niños de ochos años. Alrededor hay un montón de genta golpeada. Algunos con heridas leves y raspones pero otros también con grandes tajos abiertos y cabezas con mucha sangre.

Es jueves 3 de julio de 2014 y el sol sigue pegando con fuerza a las 5:30 de la tarde. ¿De cuántas maneras se puede vivir un infierno?

Jesús maneja su camioneta Estaquitas, a su lado va Petra, su esposa, y otro joven. Atrás van treinta y seis sardinas humanas: hombres, mujeres y niños. Van parados, sudorosos, apretujados, pegados unos con otros; cansados después de una extenuante jornada en el campo, intentando soportar el viaje del rancho El Ebanito a la comunidad de Norias, donde rentan. Es un viaje relativamente corto, de aproximadamente 40 kilómetros.

El joven chofer transporta a los integrantes de seis familias que, al igual que él y su esposa, tenían pocos días trabajando en el rancho agrícola propiedad del empresario Jesús Zárate Vázquez.

En los campos de siembra a cielo abierto de El Ebanito, cientos de manos morenas cultivan jitomates, chiles y calabazas, según la temporada del año. En esa época comenzaron a trabajar la pizca del chile serrano. Sin guantes, los iban arrancando uno por uno para llenar cubetas de 20 litros y de ahí meterlos a las arpillas. Cada uno de esos costales se paga a 20 pesos.

En un buen día, una familia de ocho puede llenar 19 arpillas; en una jornada provechosa, 40. Pero para lograrlo deben ocupar hasta las manos más pequeñas. En una jornada provechosa, cada miembro de la familia recibiría poco más de cien pesos.

Ni Jesús ni nadie de las familias mixtecas que viajaban ese día habían firmado contrato alguno en El Ebanito, donde les pagaban en efectivo, de forma semanal. De lo que lograsen juntar le restarían 500 pesos de renta, porque en ese rancho agrícola —como en muchos otros— no hay espacios para que los jornaleros descansen y se ven obligados a buscar lugares cercanos para pasar la noche.

En sus cuentas apartarían cien pesos para la luz y otros cien pesos para pagar la pipa de agua. Y habrían de extender su salario también para al menos hacer una comida al día y cooperar para la gasolina de quien tuviera una camioneta para trasladarlos.

quote Y habrían de extender su salario también para al menos hacer una comida al día.

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La música sale del estéreo mientras el aire caliente entra por las ventanas de la cabina de la Estaquitas. De repente, un ruido fuerte —como un balazo— razga la tarde. La camioneta se descontrola, Jesús no puede sostener firme el volante y, en un santiamén, la camioneta sobrecargada sale de la carretera y vuelca.

Cuerpo que no arroja a la distancia la Estaquitas lo aplasta. Una de las llantas traseras reventó a pesar de haberla cambiado recientemente. El caos reina, la mayoría apenas habla dos gotas de español. Son indígenas na savi, mixtecos de los municipios guerrerenses de Cochoapa El Grande y Tlacoachistlahuaca. En la camioneta viajaban 13 adultos y 26 menores de edad, de uno a 15 años.

El dueño de El Ebanito dejó a la deriva a sus trabajadores cuando se accidentaron. Nadie del rancho acompañó las ambulancias. Los jornaleros fueron dados de alta uno o dos días después de haber sido hospitalizados, a excepción de Galindo Mateo Chávez, de 40 años, jefe de familia que no sobrevivió a las heridas; y de Jesús, que debido a la gravedad de sus lesiones quedó bajo custodia policial en terapia intensiva del Hospital Central Dr. Ignacio Morones Prieto, en la capital de San Luis.

Una enfermera de un hospital de Matehuala hizo notar a una visitadora de la Comisión Estatal de Derechos Humanos que las manos de los niños heridos tenían callos y ampollas, las marcas delatoras de una fricción prolongada, de ejercer presión constante y rozar repetidamente la piel con algún objeto.

Pero ni la comisión ni las delegaciones federal y estatal del Trabajo encontraron menores de edad laborando en El Ebanito cuando, después del accidente, realizaron visitas de supervisión ante los señalamientos de explotación y trata que hizo la organización civil local Respuesta Alternativa. Lo que sí hallaron las dependencias fueron condiciones indignas de trabajo.

La Estaquitas de Jesús se convirtió en una trampa mortal, pero era su única opción de transporte. En el altiplano potosino hay distancias somníferas entre una comunidad y otra, separadas por largas rectas en medio de tierra blanca y suelta, salpicada de cerros, matorrales y yucas.

Por esos caminos no pasan combis, microbuses ni camiones de transporte público, y las empresas agrícolas tampoco proporcionan medios para desplazarse. Hay que acomodarse de la mejor manera posible en camionetas como las de Jesús o en otras tipo Van de modelos muy viejos. A veces, las opciones son pedir aventón o caminar.

Respuesta Alternativa atestiguó, acompañó y defendió a los jornaleros en este infierno, al igual que el Centro de Derechos Humanos de la Montaña de Guerrero “Tlachinollan”, que envió a un traductor y un abogado.

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Sin poder trabajar, los jornaleros regresaron a su hogar temporal en la comunidad de Norias del Refugio, en el municipio de Guadalcázar, un pueblo con calles anchas sin pavimentar. Todas las familias rentaban cuartos en ese paraje semidesértico. Las construcciones más sólidas son de tabicón y cemento; pero abundan las que están hechas de adobe y tienen un solo nivel. La mayoría está cercada con matorrales secos, sostenidos con troncos delgados y alambres de púas.

En el centro de Norias hay una solitaria plaza pequeña bañada en polvo blanco. La cruza un estrecho pasillo en diagonal y tiene una decena de bancas de cemento con la leyenda “CORTECIA DE ANTONIO ZARATE VAZQUEZ” [sic], dueño de otros ranchos agrícolas en el estado y hermano del propietario de El Ebanito.

No hay pasto ni árboles para resguardarse del sol del verano seco del altiplano, y difícilmente alguna flor crece en esa área que se supone recreativa. Es un pueblo con mareas de tierra suelta que se azotan furiosas contra las casas. Entre polvaredas, calor seco y malas condiciones higiénicas tenían que convalecer.

Rutilio Chávez Gónzalez, de 11 años, salió del servicio de urgencias del Hospital General de Soledad luego de que le curaran una herida de aproximadamente16 centímetros en el lado derecho de la cabeza: tenía traumatismo craneoencefálico moderado y golpes por todo el cuerpo. Se fue sin expediente médico y sin tratamiento.

El 11 de julio, el niño moreno de cuerpo menudo y delgado —integrante de una familia de nueve— fue llevado a la Unidad de Salud de Cerritos porque se le abrió la herida suturada y los tejidos de la cabeza quedaron expuestos de nuevo. Lo internaron para suministrarle antibióticos y limpiarle la lesión.

Por la gravedad de la herida, los médicos de la unidad de salud lo enviaron al Hospital Central para que fuera valorado en el área de cirugía plástica. Entró el 14 de julio: “…a su ingreso se observa paciente orientado, alerta, cooperador, con poco dominio del idioma español, edad aparente inferior a la cronológica, talla baja, regular estado de hidratación, con herida dehiscente en región parietal derecha de 15×4 cm aprox” [sic], consignó su hoja de registro.

A Rutilio practicamente le reconstruyeron el cráneo. Los cirujanos le estiraron la piel de su pequeña cabeza y además le colocaron un autoinjerto para poder cerrar la herida.

Días después fue dado de alta en “buenas condiciones generales”, junto con su desnutrición moderada —registrada en su expediente— que le provoca esa apariencia de ser aun más pequeño. Él y su familia fueron de los que más perdieron: Jorge, uno de los niños muertos en la carretera, era su hermano.

Diez días después del accidente, los representantes legales de El Ebanito, como “muestra de buena voluntad”, les entregaron apoyos económicos en sobres amarillos. Cada uno venía etiquetado con datos y montos:

AYUDA MEDICA

MENORES

ANTONIO PERFECTO SANCHEZ

$5,000.00

Siempre se negó que en el rancho trabajaran menores de edad; sin embargo, se entregaron indemnizaciones por los niños fallecidos. Lorenzo Perfecto López y su esposa Lucía Sánchez López perdieron a uno de sus seis hijos, y por eso recibieron un poco más de dinero.

INDEMNIZACION JORNALEROS

LUCIA SANCHEZ LOPEZ

$5,740.00

Al entregarles las ayudas médicas les hicieron firmar un documento en español, cuyo contenido no les fue explicado y del que tampoco les dieron copia. Respuesta Alternativa no tuvo acceso a esos papeles, pese a solicitar conocer de qué se trataba para informar a las familias.

Ante los medios de comunicación de San Luis Potosí, el delegado federal de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, José Edgar Durón Puente, dijo que “los 30 trabajadores del Rancho El Ébano recibieron de manos de su propietario, Jesús Zárate Vázquez, apoyo para cubrir en su totalidad los gastos médicos generados por su hospitalización y atención médica, así como una cantidad extra para cubrir las erogaciones que por concepto de medicamentos y materiales de curación se continúen generando hasta en tanto puedan volver a reintegrarse a su actividad laboral”.

Sin embargo, ni Jesús ni los otros mixtecos vieron jamás la cara de Zárate Vázquez en el rancho u otro lugar. Siempre recibieron sus pagos a través de capataces e intermediarios. No hay fotografía públicas del dueño del rancho. No se exhibe en eventos sociales ni políticos. Pertenece a una familia de Guanajuato que emigró hace muchos años al municipio de Ébano, en San Luis Potosí.

Pero aunque pareciera que se habla de un fantasma, Jesús Zárate Vázquez tiene rostro. Es un cincuentón chaparro, moreno y musculoso. Suele recorrer el rancho en pantalón de mezclilla y camisa a cuadros, con una cachucha ocasional para protegerse del sol. La cara lampiña le resta años.

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La insoportable monotonía del campo

Daisy, de 14 años, tiene que estar lista a las siete de la mañana. Se viste con una blusa de manga larga, sudadera con capucha, pantalón de mezclilla, una gorra y tenis: su uniforme de trabajo en el campo. Llena una botella de agua y ayuda a preparar el lonche para la hora de la comida.

Desde que llegó al municipio de Vanegas con su familia, hace cuatro meses, se va a las 7:40 a. m. en la camioneta que maneja su papá. Salen del albergue para jornaleros agrícolas de la Secretaría de Desarrollo Social, que se ubica en la cabecera municipal.

El lugar tiene una cancha de basquetbol en el centro, a un costado hay un edificio de dos pisos con cuartos. Enfrente y al lado hay construcciones de un piso con más cuartos, baños, regaderas y cocina. Ahí se alojan los trabajadores y sus familias que laboran en los ranchos cercanos.

La ventaja es que ahí no dan renta, el único pago son 50 pesos semanales para la limpieza de las instalaciones. Pero esa cuota no es suficiente para tener a raya una plaga de chinches en los colchones. Daisy y sus cuatro hermanas amanecían con ronchas por todo el cuerpo luego del festín que se daban estos insectos con su sangre.

Esas condiciones insalubres fueron reportadas a los responsables del albergue, incluso su abuela y su mamá cazaron a los diminutos bichos y llenaron una bolsa de plástico para demostrar que el lugar estaba infestado. La respuesta fue fumigar pero no sirvió, las chinches —escondidas en la tela de los colchones— continuaban alimentándose de las niñas cada noche.

Se fumigó por segunda vez y el milimetrico ejército no retrocedió. La familia de Daisy optó por sacar los colchones al lugar más alejado de sus cuartos.

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La familia de Daisy proviene del municipio de Doctor Arroyo, del estado vecino de Nuevo León. Aunque su mamá, sus abuelos, sus tíos y su hermana mayor llevan años siendo jornaleros eso no la preparó para el cansancio y el tedio en el campo.

Con las manos pelonas corta tomates y calabazas, planta semillas de cebolla y de chiles, desyerba y carga botes llenos. Pero lo que más trabajo le cuesta es el tomate porque hay que estar agachada para arrancarlo, echarlo a una cubeta o a un huacal de plástico y cargarlo para llevarlo a un punto de entrega. Si trabaja por tarea hay que llenar 30 botes en una jornada. Si no termina, su papá o los otros jornaleros le ayudan.

Para cortar calabaza le dan guantes porque pica. Si lo hace a mano limpia termina con pequeñas cortadas y raspadas. Por eso también hay que ponerse varias sudaderas encima, para protegerse los brazos. En la calabaza la cosecha se trabaja por día.

Cuando se trata de cebolla hay que plantar la semilla y ahí la jornada es por zurco. Al principio le dieron a ella y a su hermana Aline —de 16 años— cuatro zurcos, de cien metros cada uno, pero no los acabaron. Les rebajaron uno, pero tampoco pudieron completarlos. Finalmente les dejaron dos.

Los zurcos para plantar tomate miden 200 metros porque hay que hacer un hilo de ida y otro de regreso. Con una estaca va haciendo los hoyos, mete la semilla y luego la cubre con tierra. Y a pesar de que es laboriosa la siembra, lo que le cansa más es su cosecha. Para sembrar chiles, la jornada puede ser por día o por tarea, si es así les dan tres zurcos.

En su estancia en los campos abiertos ha visto ratas, conejos, víboras grandes, sapos y arañas; animales de los que no se preocupa como lo hace del sol. Como no les dan equipo para protegerse de quemaduras solares, lleva gorras y paliacates para cubrirse la mayor parte de la cara. Eso funciona también para cuando echan fertilizantes y pesticidas.

Cuando termina su jornada y llega al albergue se quita capas de ropa, deja su cabello rojizo al aire y una blusa de manga corta deja ver su piel color durazno.

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Daisy no es la jornalera más pequeña en el rancho conocido como El Zárate, propiedad de la familia Zárate Vázquez. Ahí hay niñas y niños más pequeños trabajando. “Pobrecitos, a mí sí me dan cosa”, dice apenas como un susurro.

Su hermana mayor —de 18 años— cuenta que una niña “toda flaquita”, como de 10, se cayó porque quiso cargar un bote lleno de tomates. “Anda caminando así”, relata al tiempo que se encorva y camina con los brazos sueltos. Son de Guerrero y “hablan español y otro idioma”, es lo que han escuchado porque ahí no se puede platicar. Hay que concentrarse en sacar la tarea para no quedarse hasta el último. Lo que sí hacen es poner música en el celular —a Daisy le gusta escuchar a los reguetoneros de Winsil y Yandel—, pero no le puede estar pique y pique para cambiarle a las canciones.

—¡Órale, muévete! —grita una supervisora si ve que están clavados con el teléfono.

Para hacer del baño hay que irse a un monte solitario porque en el rancho no hay ni letrinas. Y no hay que tardarse mucho porque les cuentan los minutos, no vaya a ser que estén haciendo maña.

—Pero el patrón es buena gente. Nos lleva paletas, mangos… —comenta en descargo de quien a veces tiene un detalle que sobresale en un área de trabajo que carece de un garrafón de agua potable para que se hidraten los trabajadores.

El pago por día o por tarea en El Zárate es de 130 pesos, menos diez que les descuentan para la gasolina de quienes los transportan. Su nombre está en una lista y ése es el único requisito para que le entreguen su dinero. No le piden identificación oficial ni CURP como lo hacen en el rancho Vallarta, que queda por la zona, tampoco hay oficiales de seguridad privada que le impidan el paso por verse tan niña. Al final, la edad no importa, sino lo que sus manos aporten a la producción de un día.

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El 1 de agosto de 2014, a pocos días de cumplirse un mes del accidente en el kilómetro 123, el periódico El Pulso, de San Luis, publicó: “Niños jornaleros narran abusos en ranchos potosinos”. Dos menores indígenas de 16 y 14 años —de Metlatónoc, Guerrero— escaparon de un rancho agrícola ubicado en el municipio de Villa de Arista porque los obligaban a trabajar once horas diarias, sin tiempo de desacanso, sin alimentos y sin paga. Al finalizar dos semanas de pizcar chile en esas condiciones el patrón les dio un único pago de $100.