Sólo un centenar de ejemplares

 

 

Zoé Robledo

Cada año, desde 1978, se imparten las Conferencias Tanner sobre Valores Humanos. Se trata de ponencias dadas por distinguidos académicos en diferentes universidades del mundo. En 1997, en la Universidad de Princeton, J. M. Coetzee, profesor y escritor sudafricano, quien en 2003 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, impartió una de estas pláticas, se tituló Las vidas de los animales.

Coetzee sorprendió. Compartió una novela, no un ensayo. Inventó a un personaje ficticio con el objetivo de exhibir la crueldad humana frente a los animales. En la parte central de su relato, menciona a Ted Hughes, reconocido escritor británico, y su poema “El jaguar” (El halcón en la lluvia, 1957), que termina así:

No hay jaula que pueda con él.

No hay celda que aprese al visionario:

Su zancada es el páramo de la libertad:

El mundo gira bajo el largo impulso de su talón.

Bajo el suelo de su jaula llega el horizonte.

 

Hughes habla de un jaguar, que aunque en cautiverio, nunca deja de ser libre. Para Coetzee, el valor de este poema es que da corporeidad al felino. Cuando lo leemos podemos ser, por un rato, el jaguar mismo. Por ello, dice Coetzee, “es una poesía que no trata de hallar una idea en el animal, que no trata sobre el animal mismo, sino que es el testimonio de un compromiso con el animal”.

La relación entre la literatura y el jaguar es amplia. En “La escritura de Dios” (El aleph, 1949), Jorge Luis Borges plantea una historia en la que la piel de un jaguar es el documento en el que la divinidad escribió sus designios. El exegeta de Borges es un sacerdote relacionado con el Popol Vuh.

En el libro sagrado quiché, el primer hombre en ser creado a partir del maíz es Balam Quitzé, que se puede traducir como “el jaguar que ríe”. Y es que en la cultura maya, “balam” significa jaguar. De ahí que el Chilam Balam, ese conjunto de textos proféticos escritos por los sacerdotes mayas, se pueda traducir como “Sacerdote Jaguar”.

Para los mayas el simbolismo del jaguar es complejo. Se podía ubicar en el plano mundano y en el sector obscuro del universo. Era una bestia portentosa: astuta, fuerte y sabia; pero de difíciles condescendencias con los hombres. En la actualidad esta otrora deidad corre un riesgo mayor a no ser venerado: desaparecer. Y es que en México, desde 2002, está en peligro de extinción.

El jaguar, el felino más grande del continente, ha comenzado a extinguirse. En 2006 se calculó que en el país quedaban entre 100 y 150 ejemplares. Hace unas semanas, Alan Rabinowitz, autor del libro Una bestia indómita. La increíble travesía del jaguar (2014), estuvo en el Senado de la República para hablar del tema. El presidente de la fundación Panthera habló de la necesidad de contar con una legislación más amplia para la protección del jaguar.

La destrucción del hábitat y la caza furtiva son la mayor amenaza para su conservación. Si se sigue con la destrucción de su medio ambiente, las futuras generaciones sólo lo conocerán por novelas o poemas, que, por bellos que puedan ser, no son suficientes.

En México, el jaguar es un símbolo que debe perdurar. Es patrimonio natural y cultural. Por acción u omisión, hemos sido partícipes de su gradual desaparición. Todos los mexicanos somos responsables de preservarlo. En Las vidas de los animales, Coetzee plantea una pregunta: “¿no espera usted demasiado de la humanidad cuando nos pide que vivamos sin explotar a ninguna especie?” La respuesta debe ser contundente: ¡no!

@zoerobledo

Senador por Chiapas.