Eve Gil

Un comentario del diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, señala respecto a Hombres sin mujeres, el más reciente libro de Haruki Murakami: “Que a nadie le queda duda: la fantasía desbordante de Murakami todavía dispone de suficiente material para sorprender a sus lectores con piezas breves”.

Reemplazaría el término “fantasía” por “imaginación”. Y no me cansaré de insistir en que los occidentales —y no sólo los críticos mexicanos— leen muy mal a Murakami, en primera instancia porque no hay nada desbordante en él. Algunas de sus inmensas virtudes —lo único que reboza: cualidades narrativas— es la contención, la sutileza, la luminosa capacidad de escribir historias alternas entre líneas. Hombres sin mujeres, que no es un título en lo absoluto casual… incluso llega a ser terriblemente literal en algunos casos, reúne siete excelsos relatos que, formal y estructuralmente hablando, se aproximan más a la nouvelle que al cuento, y no por la extensión —otro mito que hay que abolir: que la extensión define al género— y podría deberse a la popularidad de la que aún goza en Japón el “monogatari” moderno (y cuyo significado el español es sencillamente “historia”), que de los géneros literarios occidentales, al que más se acerca es a la antes citada novela corta. En cada uno de los siete relatos que conforman esta nueva joya murakamiana —excepto en “Samsa enamorado”, una encantadora versión inversa de La metamorfosis, de Kafka— no aparecen sólo uno o dos personajes. En ciertos casos no es un solo hombre sin mujer, sino varios, y también aparecen personajes incidentales que, no por eso, dejan de ser entrañables.

El relato que abre el volumen, Drive my car, remite a Kawabata, en cuanto al temperamento de los personajes. El protagonista, Kafuku, es un actor maduro, recientemente viudo, que trabaja en una adaptación japonesa de la obra de Chejov, El tío Vania. Decaídos su ánimo y su salud, habiéndosele revocado su licencia de conductor debido a un incipiente glaucoma, se ve forzado a tomar un chofer de planta. A su llamado acude una joven de nombre Misaki, que cuenta veinticuatro años… exactamente la edad que tendría la hija de Kafuku y su esposa fallecida si no hubiera muerto al nacer. Lo que algunos denominan “fantasía”, es la habilidad de Murakami para crear tensión a partir de detalles como este, aunque finalmente la historia va mucho más allá de su peculiar relación con Misaki. Sale a relucir una infidelidad de la esposa de Kafuku, también actriz, y muy solicitada por su espectacular belleza. Al parecer no sólo lo engañó con uno, sino con varios, aunque Kafuku sólo guarda dulcísimos recuerdos de ella. De esto nos enteramos a través de la primera charla de corazón abierto que mantiene con su callada conductora (Misaki), que también terminará por abrirle su corazón. Lo más inquietante en la historia de Kafuku, es la relación amistosa que llega a mantener con el último amante de su mujer, Takatsuki, tan afectado, tan “viudo” como el propio Kafuku, y quien ingenuamente cree que éste desconoce por completo su relación con la actriz.

Yesterday, es, por supuesto, una alusión al tema de los Beatles —cada obra del melómano Murakami, tiene su soundtrack— y en este caso, el título viene a cuento por un joven admirador del cuarteto de Liverpool que ha adaptado —que no traducido— la letra original al dialecto Kansai. Este joven, de nombre Kitaru, se caracteriza por su carácter extravagante y su tendencia a la volatilidad. Con todo y eso inicia una entrañable amistad con el narrador del relato, a quien le hace una petición casi inmoral: que le haga el amor —en todo el rigor del término— a su novia, Erika. El joven no consigue entenderlo: si lo que quiere Kitaru es terminar su relación con Erika, ¿por qué no lo hace, y ya? La situación es mil veces más compleja de lo que supone al principio. Kitaru no es homosexual. Tampoco está con Erika por compasión —de hecho resulta ser una belleza espectacular— y sinceramente la ama, pero lo que no puede, al parecer, es quedarse con ella. El amigo de Kitaru sale con Erika y descubre que ella no está dispuesta a tener relación alguna con ningún hombre que no sea Kitaru. El misterio va en crescendo, y amenaza estallar como bomba cuando Kitaru desaparece misteriosamente.

En Un órgano independiente, Murakami empieza por narrarnos la historia de un cirujano plástico bon vivant que siempre le ha rehuido al matrimonio y se caracteriza por cortejar mujeres fáciles de dejar (casi siempre casadas) tras vivir grandes encuentros carnales con ellas… aunque a la larga confunda sus nombres. “Existe una clase de personas —se lee en la página 97— que, debido a una excesiva despreocupación, a sus pocos desvelos, se ven obligados a llevar una vida sorprendentemente artificiosa”. En algún momento, un escritor, alter ego del propio Murakami, se convierte en interlocutor del cirujano que, tras una fructífera trayectoria como mujeriego, alcahueteado por un prudente secretario gay, empieza a obsesionarse con una de sus aventuras. Una mujer que nada tiene de especial, no en relación con las demás. Pero el amor es un gran misterio, y el escritor, transformado en el confidente del médico que prácticamente enferma de amor como progresa un cáncer, de a poco, nos lleva hasta el culmen del inesperado desenlace.

La Scherezade del quinto relato no es una hermosa y joven princesa cuya vida depende de que tan entretenido logre mantener al sanguinario sultán con sus historias. En este caso, más bien, es el joven y pusilánime Habara quien no puede vivir sin las historias de esta peculiar Scherezade, enfermera, ama de casa, treinta y cinco años, regordeta y con un inagotable talento para inventar historias… o, ¿por qué no?, un pasado, vidas anteriores, incluso, pletóricas en vivencias dignas de contarse. Una de esas historias la perfila como una colegiala de calcetas, platónicamente enamorada del muchacho más guapo de su clase, que va alimentando una obsesión tal que termina invadiendo la casa solitaria del joven —que vive sólo con su madre— y apropiándose de pequeñas pertenencias. El juego se va tornando peligroso, pues el riesgo de ser emboscada en pleno ritual, es latente.

Kino es, para algunos, el más hermoso y enigmático de estos relatos. El protagonista, que responde al nombre del título, es el prototipo del buen hombre. Ha sido engañado por su esposa con un colega de trabajo, pero en su corazón no anida la más leve antipatía para ninguno de los dos. Con ayuda de una tía, Kino intenta rehacer su vida montando un acogedor barecito en una callecita poco transitada de Tokio, como si no quisiera llamar demasiado la atención. Con todo, empieza a hacerse de clientes asiduos, entre los que destaca el enigmático Kamita, un hampón de lo más discreto que sólo acude a leer y a tomar un par de copas, y la novia de un mafioso, al parecer de la Yakuza, que termina seduciendo al pacífico Kino, quien, sin habérselo buscado, termina convirtiéndose en fugitivo de algo que ni él mismo conoce.

Hombres sin mujeres, del que toma su título el libro, es un relato de poderosa y conmovedora hermosura. Un padre de familia recibe una llamada por la madrugada en la que un hombre ronco de tanto llorar, le comunica la muerte de su esposa, que a su vez fue el amor secreto del protagonista en la secundaria. El recuerdo más lindo que tiene de ella, es el momento en que partió en dos su goma de borrar para compartirla con él. ¿Cómo es que tantos años después, ella deja instrucciones a su esposo de comunicarle su muerte al noviecito de infancia?: “Convertirte en un hombre sin mujer es muy sencillo: basta con amar locamente a una mujer y que luego ella se marche a alguna parte (…) Aunque más tarde conozcas a otra mujer, y por muy estupenda que ésta sea (de hecho, cuanto más estupenda, peor), empiezas a pensar que la perderás desde el mismo instante en que la conoces” (pp. 262 y 263).

Haruki Murakami, Hombres sin mujeres. Tusquets Editores, México, 2015; 267 pp.