Juan Antonio Rosado
El sujeto es imprescindible: sin él, no podría haber objeto. Lo imposible es el sujeto absoluto, el solipsismo, como también el objeto absoluto. A ningún narcisista le molesta ser enaltecido por su “genio” o su “originalidad”. El narciso no recuerda que en el fondo no es sino un ser colectivo, para evocar a Goethe, quien se interroga y responde: “¿Qué podemos llamar nuestro si no es la energía, la fuerza, la voluntad? Si yo me pusiera a enumerar todo lo que debo a mis grandes precursores y contemporáneos, poco me quedaría en propiedad”. También sostiene que, en el fondo, somos seres colectivos, y que ni el genio más poderoso iría muy lejos si todo lo sacara de sí mismo. Esquilo, Sófocles, Eurípides, Kalidasa, Bhavabhuti, Shakespeare, Kipling y miles de artistas han tomado sus temas e incluso sus tramas de mitos, religiones o historia. Para Sabato, “nada viene de la nada”; García Ponce llegó a afirmar que él es “pura influencia”. ¿Dónde radica entonces la originalidad? Bien lo decía Alfonso Reyes: “El arte reside en el tratamiento, en la forma”.
A pesar de lo anterior, hay quienes persiguen sueños de originalidad. Se trata de una actitud adolescente, ingenua, de quien no termina por madurar un proyecto artístico, un ideal de vida o un enfoque o perspectiva del mundo, aun cuando lo anterior pueda modificarse gracias, por un lado, al propio sujeto y sus experiencias, y por otro, a lo que nos nutre desde el exterior. Para Goethe, el verdadero poeta es quien “ha sabido adueñarse del mundo y expresarlo. Entonces será también inagotable y podrá renovarse incesantemente”. En efecto, ¿qué ocurre con una naturaleza sólo subjetiva? Pronto agota su siempre limitada vida interior, y entonces “su producción degenera en amaneramiento”. Uno de los defectos de muchos poetas jóvenes radica, dice Goethe, en que su personalidad subjetiva no posee suficiente riqueza. Estos poetas “no saben hallar asuntos en lo objetivo, o a lo sumo, dan con asuntos demasiado parecidos a ellos y que responden a su propia subjetividad; pero no escogen el asunto por sí mismo, por su propio valor poético”. Ahora bien, al contrario, ¿qué ocurre con una naturaleza sólo objetiva? Si es periodista o historiador, hace bien, pero si pretende hacer arte, puede caer en lo esquemático. Un ejemplo: exagerar el subjetivismo del movimiento romántico abarata la obra o produce bodrios inverosímiles como los que mucha gente escucha en las letras de las canciones industriales o en las tramas y personajes de telenovelas. Aquí ya nos encontramos con artesanía o industria, no con arte, pues en esos casos se trata de un subjetivismo postizo, que revela esquemas probados. En gran medida, lo que llamo “literatura enlatada”, regida por la mercadotecnia y la publicidad, no es sino la superflua reproducción de esquemas desde subjetividades pobres e incapaces de aprehender y poetizar el mundo, y así venden sus productos con sello de “originalidad” (falsa originalidad, pues finalmente la forma, el tratamiento del tema no responde a un prurito artístico, sino de ventas: “a continuar la saga se ha dicho”). En general, al público (atento a los medios masivos como la TV) no le interesa la auténtica originalidad, sino la repetición objetiva de esquemas, a menudo impregnados por una subjetividad impostada y vendida con sello de originalidad.
