Lo que se niega esclaviza

 

Raúl Jiménez Vázquez

Se ha dicho, y con razón, que los seres humanos vivimos dentro de la secuencia temporal integrada por el pasado, el presente y el futuro, y que la memoria es lo que nos permite atribuirle significado a esa dinámica existencial. Sin ella se extravían la identidad y el sentido mismo de la vida. Un gran autor, George Steiner, sostiene que la crisis de la cultura occidental es fundamentalmente una crisis de memoria.

El pasado no es una mera acumulación cognoscitiva de datos, sino la huella de una realidad que interpela y llama a la responsabilidad. Revisar críticamente los acontecimientos del pretérito y traducirlos en sabias lecciones de vida es lo que ilumina el presente y posibilita el surgimiento de un futuro mejor. El olvido del pasado es la negación del tiempo y de la vida misma. Lo que se niega esclaviza.

La lucha contra el olvido y en pro de la preservación de la memoria está a flor de piel en muchas latitudes. Una muestra de ello es la reciente conmemoración del centenario del genocidio perpetrado por los jerarcas del imperio turco-otomano en contra del pueblo armenio, en la que los gobernantes de Rusia, Francia, Chipre, Serbia y otras naciones rindieron homenaje a los más de millón y medio de armenios que murieron fusilados o deportados.

Otro ejemplo que refleja con absoluta nitidez cuán terca es la memoria es el proceso vivido por el pueblo español que desembocó en la llamada Ley de la Memoria Histórica, la cual tiene como cometido reivindicar a las víctimas de la dictadura franquista.

México no es ajeno a esa corriente. Mantener viva la memoria de quienes han sido objeto de violaciones graves a los derechos humanos provenientes de abusos de poder o francos descarrilamientos del Estado ha sido el compromiso indeclinable de muchas personas y organizaciones de la sociedad civil. La señora Rosario Ibarra, los líderes históricos del movimiento estudiantil de 1968 y ahora los padres de los normalistas de Ayotzinapa son la más refulgente expresión de esos titánicos esfuerzos.

Por esta razón es merecedora del aplauso la acción llevada a cabo por Félix Hernández Gamundi, Carolina Verduzco y otros integrantes del Comité 68 en el sentido de colocar los nombres de las miles de víctimas de la violencia del Estado en el memorial ubicado en el Campo Marte.

Igualmente loable es la decisión del Instituto Nacional de Transparencia de impulsar la creación del sitio de internet Verdad y Memoria, en el que se difundirá la información relativa a los crímenes internacionales cometidos en México, como el genocidio de Tlatelolco, el halconazo del 10 de junio, la guerra sucia, la masacre de Acteal, la ejecución extrajudicial de Tlatlaya y la barbarie de Iguala.

La memoria es más fuerte que el olvido. Preservarla es un imperativo ético y político, pero también es menester complementarla con la justicia y las reparaciones integrales en favor de los agraviados. Sólo así podremos respirar aires pletóricos de dignidad, verdad y genuina gobernabilidad democrática.