Carmen Galindo

 Entre la obra de Rafael Solana, Oyendo a Verdi, que el autor dedica a su padre, hace pareja con el titulado Leyendo a Loti, que dedicó a su madre. Estos ensayos, junto con “Leyendo a Queiroz”, integraron el libro Musas latinas, editado por el Fondo de Cultura Económica. El que ahora se publica es edición facsimilar de la primera de Oyendo a Verdi que apareció en 1962 y que fue, entre los más de 30 que en esa fecha había publicado Solana, el que juzgó digno de dedicarlo a su padre, porque, mientras su madre lo enseñó a leer con Pierre Loti:

… mi padre me enseñó a oír; en él vi esa afición a la música, y particularmente a la ópera, que a su tiempo también en mí se despertó; él tocaba al piano pasajes, el más ruidoso de los cuales era la marcha triunfal de “Aída”, aunque también el “Cuarteto de Rigoletto”, y “la donna e mobile”.

 

Lo primero que sorprende al lector en Oyendo a Verdi, es que, escrito por supuesto en español, está cuajado de citas en italiano y varias en alemán y una que otra en francés, idiomas que, me consta, dominaba Solana. El autor se propone mostrarnos la estética de Verdi y él mismo revela la dificultad del tema al recordar que Verdi no escribió ningún texto sobre la historia del arte ni dedicado a la estética. Se vale, entonces, Solana de las cartas de Verdi, de los libretistas de sus óperas, de sus amigos e incluso algunas de su segunda esposa. No sólo eso, también nos lee la placa que recuerda algún hecho quizá legendario. Se da cabida, pues, a la leyenda y también a los lugares que vieron nacer, formarse o triunfar a Verdi. Conoce Solana, y precisa, los locales en que se estrenan las óperas y los juicios que merecieron a sus contemporáneos. Como viajó a Europa más de 20 veces, Don Rafael Solana es algo así como un crítico in situ. Así se siente su investigación, curiosa, erudita, pero sobre todo, vital. Refiere, por ejemplo, cuáles óperas de Verdi no ha escuchado, es decir, no es una investigación libresca, por más que consulte biografías y estudios sobre Verdi, sino que proviene más que de oír, disfrutar a Verdi. Entusiasmo que, en esta biografía, contagia al lector.

            Al perseguir su tema de la estética de Verdi, Don Rafael concluye que la obra del italiano pertenece al Romanticismo, y entre otras pruebas de cargo, recuerda su gusto por Víctor Hugo y añade, como característico de este movimiento, la admiración por Shakespeare. Con Hugo se relacionan directamente Hernani y El rey se divierte, (Ernani y Rigoletto, en Verdi) y con Shakespeare Macbeth, Otelo y Falstaff.

            No hay que olvidar que el movimiento Romántico tiene varios aspectos populares. Primero, como asegura el título de Víctor Hugo, que es una divisa, su defensa de Los miserables, pero otra vertiente fundamental del Romanticismo es su investigación de la literatura de las lenguas marginales, (subalternas o sojuzgadas) y en este camino la recuperación de la literatura oral, es decir, popular. De ahí que Solana comience a seguir la pista de Verdi, como autor romántico y, por lo mismo, popular.

            Considera Solana, que mientras otros compositores de ópera, y se mencionan aquí nombres tan ilustres como el de Mozart y aun el de Wagner, dedican sus obras y en consecuencia buscan la protección de un poderoso mecenas, casi siempre un noble, Verdi apuesta por el público, por la taquilla, por el que paga su boleto para escuchar una ópera y esto, considera Solana, es una revolución. (No se puede olvidar aquí que es la misma apuesta que abre camino a las comedias de Solana como dramaturgo).

            Verdi usa muchas astucias para llegar al público y todas son examinadas, o por mejor decir, propuestas, por Don Rafael Solana. Una, entre otras, es el vestuario fastuoso o la deslumbrante puesta en escena, otra, entre las más importantes, es ser breve, evitar los pasajes musicales, no digamos recitativos, largos, que Verdi consideraba eran, según sus cartas, “alemanes”. Otro, que no temía ser vulgar. Las danzas de Aída lo son considera Solana y aquí otra virtud de Oyendo a Verdi, el autor no habla en el aire, cuando dice que una frase de Verdi está imitada de Mozart, dice cuál. Volvemos a lo mismo, no es una construcción mental sobre las óperas de Verdi, sino una experiencia real, vivida. Supone, en este terreno, que el vestuario contemporáneo de La Traviata explica su fracaso en el estreno que, en cambio, el coro de esclavos en Nabucco, el famoso que comienza “Va pensiero…” por aquello de “¡Oh patria mía, tan bella y perdida” se convierte en un canto revolucionario por la unidad de Italia.

            Las que considera Solana como las mejores óperas de Verdi son Otelo y Falstaff y aquí culmina la estética de Verdi. Rossini, para la longeva vida de Verdi, es ya un antiguo y esa es la propuesta final de la estética de Verdi: volvamos a los antiguos. Y creo que Rafael Solana da en el clavo, porque ésta y no otra, añado yo, es la propuesta de los artistas de la vanguardia, de Paul Gauguin a Picasso, el primero, cuando se interna en Tahití en busca del arte primitivo (véase El paraíso en la otra esquina, de Mario Vargas Llosa) y Picasso, el pintor emblemático del siglo XX, considera que lo único que vale la pena de retomar son las máscaras africanas, la Dama de Elche o las pinturas rupestres de la Cueva de Altamira.