Únicamente contestaré esta pregunta. No creo que se pueda establecer ninguna relación directa, y mucho menos causal, entre desarrollo -entiendo que económico- y democratización. El desarrollo de las fuerzas productivas no determina automáticamente un cambio en las superestructuras políticas. El cambio se hace inevitable sólo cuando el desarrollo de las fuerzas productivas ya no puede proseguir sino a condición de romper con el tipo de relaciones de producción que lo detienen. El letal estancamiento en que las relaciones feudales de producción mantenían en México al desarrollo de las fuerzas productivas determinó, en última instancia, la Revolución de 1910. Pero aquí hay que advertir algo importante: la transformación política, la democratización que representa la Carta Constitucional de 1917, se realiza antes —considerablemente– de que sea puesto en marcha el proceso de desarrollo de las fuerzas productivas, lo que no sobreviene de un modo firme y en realidad prometedor sino a partir de la expropiación petrolera en 1938. Es decir, no fue el desarrollo económico lo que condonó la aparición de cierta especie bastante particular de democracia en México, sino que esa misma estructura política nueva, representada por la Constitución de 1917 y por la pequeña burguesía en el poder, fue la que ulteriormente hizo posible el desarrollo de las fuerzas productivas dentro del marco de las relaciones capitalistas de producción cada vez más acusadas y propias.
En México actual existe una correspondencia armónica entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción capitalistas, o sea, no sólo no se reduce aún ningún antagonismo entre el primero y las segundas,.–sino que el desarrollo de las fuerzas productivas constituye la base más firme de afianzamiento de las relaciones capitalistas. Por eso no puede hablarse de un nexo entre el desarrollo económico y democratización, y menos como si se pretendiera decir que a mayor grado de desarrollo económico del país mayor grado de democracia.
Precisamente ocurre todo lo contrario. La correspondencia armónica —y la conservación de tal estatus, sagrado para la burguesía nacional— entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones capitalistas de producción, necesita y necesitará cada vez menos de la democracia, en la misma medida en que necesita y necesitará cada vez más del centralismo político. Este centralismo político está dirigido, ante todo, contra la clase obrera con tal clase -contra y su expresión política independiente, liberada de las mediatizaciones de toda índole a que está sometida en el presente—, aunque no se dirija contra los obreros tomados en su condición de simples vendedores de su fuerza de trabajo y aún hasta proteja sus intereses inmediatos o con el ánimo paternal -incluso por los regaños- que le ha sido característico.
El desarrollo capitalista de México, es decir, la burguesía detentadora de tal desarrollo, tratará siempre de impedir que en el país se produzca una situación de libre concurrencia política donde los obreros pudiesen aparecer y competir como una clase independiente y con sus propios fines, en contra de sus adversarios naturales: la propia burguesía nacional y el imperialismo. En esta libre concurrencia, sin embargo, radicaría la verdadera democracia. Ahora bien, si en la actualidad el desarrollo económico de México es independiente del desarrollo democrático, nadie podrá decir que en lo futuro esta situación permanezca inalterable. Una democracia coherente con el desarrollo económico sería posible sí la clase obrera se constituyese en un factor político de tal desarrollo, y bien influyendo sobre el poder, o desde el poder mismo, pudiera acelerar el proceso dentro de las relaciones capitalistas de producción, hasta e! momento en que el inevitable choque entre las fuerzas productivas y aquellas relaciones planteara como tarea histórica inmediata la transformación de éstas en relaciones socialistas.
La fatalidad de un acrecentamiento del centralismo político -que puede ir desde la dictadura benévola, y más o menos tolerante, hasta una brutal derogación de todas las libertades-sólo podrá conjurarse mediante el acceso de la clase obrera a una libre concurrencia democrática, acceso que no le será dado de manera espontánea por el desarrollo económico en sí, sino por su propia acción como clase independiente. La clase obrera -menos ninguna otra clase- no puede colocarse nunca en oposición al desarrollo económico. El desarrollo de las fuerzas productivas, dentro del marco de las relaciones capitalistas de producción, es perfectamente compatible con una democracia donde, sin excluir a la burguesía, la clase obrera llegue a ocupar, más tarde o más temprano, el puesto dirigente que le corresponde históricamente.
Esta respuesta forma parte del libro Protagonistas de su tiempo. Antología periodística 1963 a 2010. Tomo I. México, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2010. Pág. 654. (Se publicó originalmente en La cultura en México, suplemento de la revista Siempre).
[1] Esta respuesta forma parte del libro Protagonistas de su tiempo. Antología periodística 1963 a 2010. Tomo I. México, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2010. Pág. 654. (Se publicó originalmente en La cultura en México, suplemento de la revista Siempre).
