Impunidad
Teodoro Barajas Rodríguez
De nuevo la escalada de violencia, hace mucho es una inquilina incómoda en todo el país, Jalisco fue el blanco de los coletazos del narco, ese poder fáctico que ceba su afán en cualquier cosa mientras el gobierno lo confronta sin los resultados esperados.
El pasado 1 de mayo fue un viernes negro en la tierra tapatía, decenas de vehículos fueron incinerados, 36 bloqueos, un helicóptero atacado, el caos en Guadalajara, un hotel convertido en escombro, muertos, heridos. Inusitada reacción. El arsenal de males se extendió a Colima y Michoacán. No es la primera historia de terror en los últimos años en la que se involucra a la delincuencia organizada.
La inseguridad se mantiene como un pendiente de vastas proporciones, consecuentemente la violencia es un elemento de la vida cotidiana en amplias franjas de México, todo ello sucede en momentos en que la clase política se enfoca en las próximas elecciones, en las campañas de contraste junto a su insoportable levedad.
Sorprende que muchos candidatos en la plenitud de la euforia dicen que de llegar al poder vendrá la paz, la certidumbre y el desarrollo económico como si se tratase de patentar una varita mágica para pronunciar un conjuro e inventar otra realidad, por supuesto que se trata de la más absoluta demagogia, jamás dicen cómo harán, el guión reiterado, lo que cambia, a veces, es el reparto de la obra.
Hace ya muchos años las instituciones fueron melladas por el crimen organizado, para que ello surtiera efectos se contó con la complicidad de diferentes niveles de gobierno, no es posible de otra manera. Hemos vivido el auge de la impunidad con todas sus consecuencias.
La numeralia en torno a hechos delictivos en diversas regiones del país ya es incontable: Michoacán ha vivido episodios trágicos, nunca se ha hecho lo suficiente para evitarlo, Tamaulipas ha vivido días de plomo, ahora Jalisco.
La inseguridad es la asignatura no abordada plenamente por los diferentes niveles de gobierno, existe un contrato social incumplido, todo ello es lo que invoca las sombras propias de lo que algunos denominan estado fallido. En el sexenio que encabezó Felipe Calderón Hinojosa se declaró la guerra contra el narco, comenzó en su entidad natal, Michoacán, ignoramos donde concluyó. Lo cierto es que fue una buena intención aunque no exenta de inocencia porque los resultados no fueron óptimos, no se rescató el país de los padecimientos derivados de una mafia empoderada.
Los desafíos que plantea la inseguridad son evidentes, la impresión que genera el gobierno es que actúa de manera reactiva, las políticas públicas delineadas para combatir la violencia nomás no revelan resultados, a cada momento se reactivan los embates del crimen que incrementan los llamados daños colaterales. Entre el ruido que generan las campañas, las turbulencias económicas y el desdén a la cultura, la inseguridad genera más estragos, la cuenta resulta espeluznante.
Como lo cantara Cat Stevens: es urgente que retorne el tren de la paz por las vías de nuestro país.
