Juan Antonio Rosado

Acaba de aparecer en España (en la UNED) mi edición crítica y anotada de Clemencia y El Zarco, dos obras magistrales de Ignacio Manuel Altamirano. Aquí me centraré en el pasaje que pone en marcha la narración de la primera obra, a fin de develar un detalle que hasta hoy ha permanecido casi desapercibido. No es el único detalle, como se verá en la edición (y en su extenso estudio introductorio), pero sí uno de los más significativos. Clemencia (1869) se inicia con un narrador en primera persona (uno de los invitados a la velada del doctor L., quien sirvió en el Cuerpo Médico Militar y fue testigo de muchos episodios de la guerra contra los franceses). Es diciembre y el anfitrión les pide a sus invitados que permanezcan. Todos consienten y siguen al médico a su gabinete. Entre los grabados de las paredes, descubren un cuadro con dos citas de E. T. A. Hoffmann (1776-1822). Sin embargo, Altamirano leyó los cuentos de este autor alemán en una pésima traducción al francés de Pierre Christian: Contes fantastiques de Hoffmann, traduction nouvelle précédés de souvenirs intimes sur la vie de l’auteur par P. Christian, illustrés par Gavarni, Paris, Lavigne, Libraire-Éditeur, tal vez en la edición de 1843.

Luzelena Gutiérrez de Velasco, en “El proyecto novelístico de I. M. Altamirano”, duda si el tixtleco leyó estos cuentos en alemán o en la traducción de Christian publicada por Morizot (1861). En ambas ediciones (1843 y 1861), el traductor es Pierre Christian, quien realizó una versión muy libre e inexacta. Es curioso y contradictorio que Altamirano haya leído (y citado) la traducción francesa, pues tiempo atrás había declarado su desconfianza en las traducciones francesas: “La poesía y literatura alemanas son hoy nuestro sueño (…) Por nuestra parte, y deseando contribuir con nuestro humilde esfuerzo (a difundirlas), y desconfiando de las traducciones francesas que, como se sabe, no brillan por su exactitud, no podemos hacer por hoy otra cosa que consagrarnos con tenacidad y con empeño al estudio del idioma alemán”.

Probaré que Altamirano, en el caso de Clemencia, no llevó a cabo lo que deseó. Cito los textos de Hoffmann tal como los puso en esa novela. El primero dice: “Ningún ser puede amarme, porque nada hay en mí de simpático ni de dulce” (de “El corazón de Ágata”). En la traducción de P. Christian: “Nul être ne peut m’aimer, car il n’y a plus rien en moi de sympatique et de doux”. Son las palabras de Max a Julie. En el cuento original, se lee: “kein menschliches Herz darf sich mir anschmiegen alles was Freundschaft, was Liebe vermag, Prallt wirkunglos ab von diesem steinernen Herzen” (“tengo que permanecer solo; ningún corazón humano puede acercarse a mí; todo lo que la amistad y el amor pueden choca contra este corazón de piedra”). Esta cita alude al personaje Fernando Valle desde un punto de vista físico. Una de las tesis de Altamirano es que la belleza no radica en la apariencia física, sino en el interior. El título original en alemán de este cuento es “Das Steinerne Herz” (“El corazón de piedra”). Christian lo traduce como “Le coeur d’agate”, es decir, “El corazón de ágata” (y así lo pone Altamirano).

El segundo texto se lee así en Clemencia: “Ahora que es ya muy tarde para volver al pasado, pidamos a Dios para nosotros la paciencia y el reposo…” (de “La cadena de los destinados”). En el cuento original, Viktorine le dice a Euchar: “Frieden und Ruhe über uns, Euchar” (“Paz y reposo sobre nosotros, Euchar”). En su citada traducción, Christian agrega: “Maintenant qu’il est trop tard pour revenir vers le passé, demandons a Dieu, pour nous, le patience et le repos!” La traducción de Altamirano se corresponde con la de Christian y alude al personaje Clemencia, aunque Valle la pronuncie cuando le confiesa su vida al Dr. L. en el capítulo “La fatalidad”. El título original del cuento de Hoffmann es “Der Zusammenhang der Dinge” (“El encadenamiento de las cosas”). Christian lo traduce como “La chaine des destinées” (“La cadena de los destinados”).

Es patente la afición del tlixteco por Hoffmann. Otros ejemplos de lo anterior: en Atenea, el narrador se obsesiona por una imagen femenina y dice: “Diríase que tenía yo la visión fija en los ojos, como en los lentes del pobre enamorado de Hoffmann”, y sobre los cuentos de este autor, escribió: “nosotros no lo admiramos tanto por su originalidad, como por su exquisito sentimiento”. En la próxima edición de Clemencia y El Zarco ahondo en estas y otras cuestiones. Sólo me resta agradecer a Filiberto García Solís por haberme conseguido la traducción francesa de Christian, y a Tonatiuh Ibarra por sus orientaciones en la traducción del alemán al español.