Racismo: en el ADN norteamericano
Alfredo Ríos Camarena
El tema de la supremacía racial a lo largo de la historia humana ha formado parte de los orígenes de la guerra y la destrucción; en muchas regiones del mundo los países de mayor desarrollo industrial, comercial, cultural y económico han pretendido y han obtenido la hegemonía sobre otras naciones; basta recordar la larga etapa del colonialismo, donde los países desarrollados controlaron a más de medio planeta —considerado por muchos como inferior— especialmente en Asia, África y América Latina.
Este fanatismo de la superioridad racial tuvo su más horrenda expresión en el nazismo alemán, marcado por el Holocausto: el genocidio más terrible de la historia contra judíos, gitanos y supuestas razas inferiores, hecho que se guió por las poco lucidas y absurdas ideas de Adolfo Hitler quien las escribió en Mi lucha.
La etapa de la historia económica del esclavismo concluyó hace varios siglos, excepto en Estados Unidos de Norteamérica en donde —pese a su constitución democrática liberal— pervivió hasta finales del siglo XIX, cuando triunfó el presidente Abraham Lincoln en la guerra de secesión.
Como bien lo señaló el presidente Barack Obama, el ADN de la discriminación racial permanece en la sociedad norteamericana que no se ha curado del racismo. En la mente de muchos de los WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant —blanco, anglosajón y protestante—) siguen ardiendo las cruces absurdas del Ku Klux Klan.
Lamentablemente es verdad que la sociedad norteamericana no se cura, para muestra no sólo está el brutal asesinato de Charleston, sino también las declaraciones de un individuo soberbio y egocéntrico, como todos los de su clase de multimillonarios del planeta, que piensan que el supremo valor del ser humano es el dinero, naturalmente me refiero a ese empresario ¡idiota! que pretende ser presidente de Estados Unidos, y para lograrlo, ofende a los mexicanos de manera tonta, tan tonta, que afectará su partido, el republicano, restándole muchos votos de los latinos en ese país de discriminadores.
Muchos mexicanos —en su afán de alcanzar el utópico sueño americano— han sido ofendidos, humillados y discriminados, explotándolos aprovechando su pobreza económica; y claro, también existe la permanente brutalidad policiaca, donde miles de mexicanos y hermanos latinos han sido víctimas de ese aparato represor, por el sólo delito del color de su piel. La Border Patrol y la caza de mexicanos en la frontera —como un deporte de cobardes monstruos— es inadmisible, ya que con su sola presencia ofenden a la raza humana.
No cabe duda de que el milagro al que llegó Estados Unidos eligiendo a un presidente afroamericano tiene consecuencias positivas; con sus errores y aciertos, el presidente Barack Obama es un símbolo libertario, y sus valientes declaraciones sobre la patología que padece la sociedad norteamericana no sólo deben ser aplaudidas, sino deben dar pie a un cambio en la mentalidad de un pueblo que se dice adalid de la democracia, pero que practica cotidianamente la discriminación racial.
