Balún-Canán es, en primer lugar, una novela autobiográfica; ahí su autora, Rosario Castellanos, narra la historia de una niña, hija de un hacendado. El momento central y trágico de la historia ocurre cuando le vaticinan a la madre que uno de sus hijos va a morir. Este anuncio hunde a la madre en llanto y exclama: “que no sea el varón”. La niña escucha esta prueba de desamor y en algún momento, ya no sé si en la vida real o en la novela, la niña se recuesta inmóvil en su cama, como en un ataúd; se finge o se considera muerta: se juzga prescindible. En otro momento, el niño, Mario, muere de apendicitis y como los niños han estado conjurando la muerte por medio de rituales, la niña de la novela se siente culpable de la muerte de su hermano, considera que de modo egoísta, ha intercambiado la vida de ella por la muerte de su hermano. Al rechazo de la madre se une, la inunda, la culpabilidad.

Si la anterior es una lectura de Balún-Canán, la otra es una interpretación social. La madre reitera el esquema social de preferir al varón y colocar en un segundo plano a la mujer. No sólo eso, la discriminación racial, omnipresente en todo Chiapas y de manera especial en Comitán, donde habitan los ladinos, muestra paso a paso la discriminación que sufren los indios y en particular la nana de la niña, que, ocupa, además, en el corazón de la niña el lugar de la madre. La marginación de la mujer aparece en otros personajes femeninos; una tiene relaciones incestuosas y aborta, una más es una “solterona”; otra, en fin, es una mujer dominante. Baste decir que ni la narradora-niña ni la nana indígena, tienen nombre.

El padre, César Argüello, trata de burlar las disposiciones de Lázaro Cárdenas, sin embargo, en la novela se observa de manera positiva al cardenismo; de hecho, en la vida real, la familia de Rosario pierde sus tierras y por eso viene a la ciudad de México. Este personaje comparte el nombre con el padre real de la autora.

Es curioso que la propia Rosario Castellanos no aceptara la clasificación habitual de “novela indigenista” para Balún Canán. En mi opinión, aparte de que en 1957, fecha de publicación de la novela, ya se combatía el nacionalismo, una de cuyas vertientes es el indigenismo, la escritora advertía en su obra, lo que sólo contados críticos han destacado, el hecho innegable, y para mí evidente, de que se trata de una obra que está a medio camino entre dos géneros literarios: la poesía y la novela. Este aspecto aparece más de bulto en el relato de la visión indígena, en la que muchos han descubierto ecos del Popul-Vuh. Sin embargo, todo el texto tiene un tono poético que confiere a su prosa un carácter excepcional. La novela, narrada en la parte inicial y final por la niña y la intermedia por un narrador omnisciente, ha ocasionado en cambio que se considere a Balún–Canán, por “moderna”, como no indigenista, tipo de relato que se considera más tradicional. Sin embargo, basta leer la poesía de Rubén Bonifaz Nuño, para encontrar de nuevo la amalgama de indigenismo y modernidad. Y me refiero, por ejemplo, al poemario Fuego de pobres y no a su magnífico estudio sobre Tláloc, es decir, a su obra creativa o no ensayística.

Tanto ella como Bonifaz comparten otra característica, su gusto por las letras clásicas. Él es traductor de la Eneida y ella, autora de esa obra maestra que se titula: “Lamentación de Dido” en que funde de nueva cuenta la experiencia autobiográfica con el relato mítico, en esta ocasión, no indígena, sino clásico. En Oficio de tinieblas, que relata un hecho real, social de Chiapas, vuelve a unir, creo que esta vez de modo más evidente, lo indígena, lo clásico y lo social. (Carmen Galindo).