Les falta una organización compleja… y dinero

 René Avilés Fabila

Entre las polémicas mayores según los analistas de los resultados del pasado proceso electoral, están el crecimiento de Morena y el triunfo de Jaime Rodríguez, el Bronco, en Nuevo León. Ambos hechos ya son parte de la mitología que en México hacemos para explicarnos obviedades que parecen desconcertantes. El primero tiene una explicación sencilla: Andrés Manuel López Obrador lleva años y años intentando ser presidente del país y porque no ha estado lejos del triunfo, lo conocen, no votan por un desconocido, sino por alguien afamado por su agresividad y audacia. Su capital político está en el DF, donde no pudo triunfar en delegaciones que fueron suyas como Iztapalapa, importante por populosa.

Pero la emoción sobre periodistas sin tema o de ciudadanos que efectivamente detestan los partidos políticos radica en el Bronco. Sin apoyo de la partidocracia, a pesar de ella, ganó Nuevo León. Don Jaime Rodríguez no es propiamente un ciudadano común, tuvo una larga militancia en el PRI y ocupó diversos cargos como priista. Al no encontrar apoyo de partidos, optó por lanzar su candidatura “ciudadana” y ganó sin duda alguna con apoyo de empresarios y el voto de quienes ya no toleran las pillerías de los partidos. Tal éxito, añaden los expertos, estimulará a varios ciudadanos a ingresar en la política. Cabe añadir que el Bronco no es, pues, un simple ciudadano, es un profesional de la política que se lanzó sin apoyo de partidos. Algo semejante hizo Miguel Ángel Mancera, pero con el apoyo poderoso del PRD, antes de que AMLO decidiera formar su propio organismo. También el capitalino vive de la política, no es un aspirante emanado de la ciudadanía. En su caso, si aspira a ser candidato presidencial, que puede serlo, requiere de un aparato fuerte y para ello necesitará afiliarse al PRD y darle mayor credibilidad y también algunas dosis de ideología y honestidad. Asimismo, podría Mancera convertirse en el salvador del PRD, refundarlo bajo otros principios e ideología de izquierda.

Para competir en los procesos electorales de mucha envergadura, como la lucha presidencial, se necesita algo más que calles capitalinas abarrotadas de pobres o de zonas desérticas o poblados poco poblados. La batalla por conquistar la presidencia necesita una organización compleja y mucho dinero. Apoyo de instituciones y formas para aparecer en los medios de comunicación. No es fácil imaginarla con personas que carecen de todo este aparato y los recursos suficientes para que el candidato vaya de un lugar a otro.

La partidocracia, a su vez, requiere de candidatos frescos, de ideas y valores que normalmente no tiene. Morena será una novedad electoral, pero sus dirigentes tienen un intenso fogueo en la política y poseen además un arsenal de mañas de todos calibres. Son expertos en trampas. El verdadero ciudadano, el que ha visto al país sumirse cada vez más, carece de experiencia, no controla bases ni tiene un equipo capaz de introducirse en sindicatos, organizaciones, poblados, zonas desamparadas o marginales y hasta en áreas privilegiadas.

México no está diseñado políticamente para que los ciudadanos se adueñen de las luchas por el poder. Por ahora, pese a dos o tres casos, muy discutibles, sin duda, la lucha la darán los poco creíbles partidos políticos.

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