A 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial

China, en la mente de Roosevelt

El comunismo chino fue considerado como una mejor opción a los planes de Estados Unidos, que las del propio nacionalista Chiang Kai Shek, más afín a los postulados liberales.

Gerardo Yong

China ha sido una gran civilización en la historia de la humanidad. Desde sus inicios fue una cultura que iluminó a gran parte de Asia, tuvo gran una fase feudo-señorial que llegó a dominar a la mayoría de las civilizaciones como Corea, Mongolia, la región sureste del Pacífico, así como parte de Asia central. Se dice que Japón es uno de los pueblos surgidos a partir de las expansiones militares y oleadas migratorias chinas. Una serie de dinastías se alternaron en diferentes periodos históricos para gobernar esta vasta extensión territorial, entre estas, la Zhou, caracterizada por el talento de intelectuales como Confucio y las del periodo imperial conocidas como Qin, con un gran esplendor político y cultural que dejaron como herencia entre otras cosas, a los famosos Guerreros de Terracota; la dinastía Han, que propició la prosperidad comercial,  y la Yuan, que en realidad fue instaurada por los mongoles, cuyo principal exponente fue Genghis Khan, cuyas campañas militares llegaron a extenderse hasta Europa oriental y Persia.  Durante el siglo XIX, China fue una joya muy preciada para las potencias europeas, las cuales codiciaban sus productos. Se dice que en el siglo XVIII, China ya tenía un PIB superior a la balanza comercial que sostenía con la entonces Europa imperial. Países como Inglaterra llegaron a imponer tratados a los gobernantes chinos para obligarlos a comprar productos europeos que Asia no necesitaba, como el opio, la cual estaba prohibida por Pekín. Inglaterra impuso un mercado de esta droga en China que a la larga le resultó ser un gran negocio por la enorme cantidad de adictos chinos que surgieron. Francia, Alemania, Rusia, Estados Unidos y Japón, también impusieron los llamados Tratados desiguales  cuya finalidad era limitar lo más posible la bonanza china en favor de los intereses de las potencias colonialistas.

La invasión nipona

China fue invadida por el ejército imperial japonés en  1937, que ocasionó una masacre en la ciudad de Nanking, donde se especula que murieron  cientos de miles de chinos a manos de los abusos cometidos por militares nipones, que buscaban imponer una político de terror militar en todas las zonas ocupadas por sus tropas. El expansionismo japonés previo a la Segunda Guerra Mundial, dejó en consecuencia millones de muertos bajo el autoritarismo militar, crímenes de guerra que aún hoy se le sigue imputando a Tokio, y que también es conocido como el “genocidio asiático”. La derrota de Japón en agosto de 1945, permitió a China volver a edificarse como una de las naciones más prometedoras.

La visión de Roosevelt

6Por curioso que parezca, esta visión no provino de ningún dirigente chino, sino de un presidente estadounidense, Theodor Roosevelt. Fue a partir de la victoria aliada que este mandatario norteamericano, comenzó a difundir la visión de una China poderosa. Fue tal su convicción que la llegó a incluir dentro de las “cuatro grandes potencias del mundo”, algo que le valió críticas por parte de Churchill y Stalin. Pese a la importancia que concedía a China como la principal fuerza estabilizadora en Asia, Roosevelt  excluyó a Pekín de las negociaciones de Yalta, donde se acordó que los rusos ocuparan Manchuria, en lugar de devolverla a los chinos. Según el escritor y periodista británico Paul Johnson, el presidente estadounidense quiso congraciar a China, que en ese entonces era gobernada por Chiang  Kai-Shek, ofreciéndole en compensación quedarse con  Indochina, a lo que el general oriental respondió: “De nada nos sirve. No la queremos. Ellos no son chinos”. Esta respuesta convenció al político estadounidense de que Chiang Kai-Shek carecía de potencial político y confirmó las versiones que lo presentaban como un militar mediocre, que desconocía la realidad china, caracterizada por un enorme campesinado, el cual debía ser dirigido hacia un solo objetivo: la creación de una China nueva, capaz de garantizar la estabilidad en Asia. Fue así como, Roosevelt enfocó entonces su mirada en Mao Tse-Tung. Mao llevó a cabo una serie de depuraciones ideológicas que buscaban separarse de lo que denominaba como marxismo abstracto de los rusos, lo cual fue muy bien visto por Washington. En su libro titulado Tiempos modernos, Johnson afirma que en 1944, Mao no dudó en elogiar la democracia estadounidense e incluso llegó a comparar sus estrategias políticas al decir que “la tarea que los comunistas estamos ejecutando hoy era esencialmente la misma realizada por Washington, Jefferson y Lincoln”.

Durante la década de los setentas, el secretario de Estado, Henry Kissinger, quien fue el encargado de preparar la reunión entre Richard Nixon y Mao Tse Tung, reconoció en su libro titulado “China”, publicado en 2011, que no siempre se puede estar de acuerdo con la política china, pero reconoció que el gigante asiático está llamado a cumplir una función muy importante durante el siglo XXI.