Hijo de un organista y propietario de una tienda de música, Edward Elgar fue un músico autodidacto que no recibió ninguna formación académica formal, lo que no deja de sorprender aún en nuestras tiempos, fue esa habilidad y su impecable dominio técnico que demuestran sus composiciones y la complejidad de las mismas. De su padre recibió las primeras y prácticamente únicas lecciones de música.
A partir de ahí, el trabajo cotidiano sobre el violín y el órgano, junto a la lectura de partituras, fueron configurando una personalidad y un estilo musical propios, al margen de las grandes corrientes importantes en el Reino Unido de la época.
De acuerdo con el portal Biografías y Vidas , su música más característica de Edward Elgar, reflejan una clara influencia del sinfonismo germánico, de Wagner y Brahms, inscribiéndose de lleno en el posromanticismo vigente en la Europa continental de finales del siglo XIX y principios del XX. Es el caso de sus dos extensas sinfonías (1908 y 1911), sus dos conciertos -para violín (1910) y para violoncelo (1919)-, el Cuarteto de cuerda Op. 83 (1918) y el Quinteto con piano (1919).
Otro rasgo de la personalidad de Elgar fue que ejerció una notable influencia en el carácter de su estilo fue su profunda fe católica, perceptible en partituras como El sueño de Geronctio (1900) y, sobre todo, Los apóstoles (1903). En ellas, sus convicciones religiosas se conjugan con un género tan arraigado en la tradición musical británica como el oratorio.
Elgar pasó los últimos años de su vida en una especie de retiro artístico, aislado por propia voluntad del nuevo rumbo que estaba tomando la música y casi abandonada la composición.

