Gonzalo Valdés Medellín

La biografía de José Luis Ontiveros está marcada por la contracorriente. Nacido en Córdoba, Veracruz, en 1954, ha conservado la hidalguía de sus orígenes si bien sus laureles de pronto los orine él mismo. En España es azteca, hispanista en México. Quizás el más grave error de Ontiveros entre los muchos que acumula con dispendio, es haberse creído alguna vez español, su vida política e intelectual está mucho más relacionada con lo ibérico propiamente que con lo mexicano, en que resulta del todo anómalo, dado su estilo y su propia definición de que es “el único escritor neofascista de valor en México”, así describe el maestro René Avilés Fabila a José Luis Ontiveros, fallecido el pasado 28 de mayo en la Ciudad de México a causa de una trombosis en una pierna, según informó su viuda Julieta Alatorre.

Colaborador de las páginas del suplemento Sábado de unomásuno (que dirigía Huberto Batis) y del mismo diario durante muchos años, Ontiveros perteneció a esa “confraternidad de escritores sabatinos” (reunidos alrededor del ya mitológico suplemento), siendo un radical como ya no hay y que, como bien apunta el poeta José Manuel Recillas “es una hermandad en la que hay que insistir, es importante, porque Batis hizo lo impensable: juntar el agua y el aceite”. En su artículo de El Búho, “Apuntes para la biografía de José Luis Ontiveros”, Avilés afirma: “Ontiveros se ha perfilado más como una contradictoria figura de transterrado español o mexicano en el exilio interior como a veces gusta llamarse. En 1992 recibe el Premio Nacional de Cuento Juan Vicente Melo por su relato inspirado en Céline ‘La maldita obediencia del doctor’ y en 1993, en España, el reconocimiento de la Tertulia La ballena alegre, animada por Carlos Caballero Jurado, el premio Ernesto Giménez Caballero. Estos serán sus únicos galardones, ya que no tendrá becas ni sinecuras ni canonjías como acostumbran los intelectuales prestigiosos y prestigiados a los que suele despreciar, lo que es mutuo”. (Estas últimas palabras de Avilés resultaron proféticas, pues en efecto, fueron los únicos galardones de Ontiveros).

Juan Carlos Vergara y Gonzalo Geraldo Peláez publican el 2 de enero de 2014 una entrevista donde cuestionan a Ontiveros: “—¿Qué nos puedes comentar de la experiencia de la “diáspora” o del “exilio” de los escritores o intelectuales vinculados a un pensamiento disidente, a una tercera vía de pensamiento?”. Y él contestó: “Por principio no utilicemos el término diáspora, que eso es del pueblo judío errante; de lo que sí hablaría es del “exilio interior” y en esa perspectiva creo que sí es muy claro que somos como Robinsones. […] los que somos forajidos de la opinión, disidentes del espíritu, francotiradores, trotabosques, andariegos, vagabundos, transterrados: no tenemos el arraigo a una tierra que nos proteja porque le reprochamos a aquella donde hemos nacido su tendencia a la abyección, a la falta de creatividad, al aletargamiento del ser; somos profundamente antipáticos e incluso abominables, de alguna manera somos espectros de bestias negras, porque de un bestiario se trata… […] Es lo que debemos considerar como la cuota obligada a cumplir, no tendremos reconocimiento nunca: nadie valorará nuestra obra, estamos solos, pero con nosotros está el Espíritu Santo”.

Este autorretrato verbal y autoflagelante, da una imagen absolutamente clara del escritor que fue Ontiveros, a quien José Manuel Recillas, recuerda así: “Conocí a José Luis Ontiveros en mi periodo de corrector en el suplemento Sábado, entre 1994 y 1998. Él me buscó cuando publiqué una traducción del poeta alemán Gottfried Benn, que tuvo cercanía con el régimen nazi en los años treinta del siglo XX. Me ofreció publicar dichas traducciones en una editorial pro-fascista de España, pero afortunadamente nunca se materializó dicho proyecto. Sin embargo, esto me permitió conocerlo más allá de su escritura, siempre polémica pero también erudita y exquisita. Su apariencia era la de un dandy, elegante y pulcra, como su literatura. Podía ser, y llegó a serlo, duro, severo e intransigente, radical. Estaba peleado con muchos colegas, pero conocerlo fue un privilegio. Su personalidad era compleja y severa, rica en matices y en ocasiones contradictoria. Además de sus ensayos literarios, escribía polémicos artículos de análisis político. No llevaba una vida pública muy visible, pero era congruente con su literatura, rigurosa y exigente. Su pérdida significa el fin de una era, de una forma de vivir y encarnar la literatura”.

A su vez, la escritora y poeta Catalina Miranda, directora de Editorial Ariadna, evoca: “Era 1998, siendo secretaria de Redacción del suplemento cultural Sábado de unomásuno, conocí a José Luis Ontiveros. Huberto Batis me lo presentó diciendo que había sido su alumno en la Facultad de Filosofía y Letras, que ya había colaborado en Sábado y en las páginas culturales del diario y que a partir del siguiente número colaboraría con la sección Robinsón Literario. José Luis —recuerda Miranda—, que vestía botas y una gabardina oscura, abotonada desde abajo hasta arriba, me pareció ser no sólo un hombre de letras sino también de acción. Lo cual comprobé al leer Sábado tras Sábado sus textos. Robinsón Literario fue, como el mismo José Luis me dijo en entrevista: “una autobiografía en capítulos, que en la medida de mi existencia, por mi militancia y por ser un hombre de capa y de espada, dado a los extremismos, es mucho más interesante que la existencia opaca de los literatos que se dedican a ganar becas y a no dar golpe en la vida. Yo amo el riesgo y la ventura…” (Protagonistas del suplemento cultural Sábado de unomásuno, número 10 de la Colección Laberinto de Papel, Editorial Ariadna, 568 pp). “Me gusta imaginarme a José Luis, ahora que ya no está físicamente en la Tierra, en una de sus caminatas metafísicas en el Ajusco, acompañado por su amigo ‘el Niño S.S. Rottweillonter Thor’, siempre fiel, inseparable, que es todo un ladrido de lealtad, reencontrando el sentido del misterio divino y de la Naturaleza”, concluye Catalina Miranda.

José Luis Ontiveros era todo lo que aquí se esboza como un modesto homenaje a su memoria. Como dice Recillas, con su fallecimiento concluye “el fin de una era, de una forma de vivir y encarnar la literatura”, la de Céline, la de Jünger (por aquello de “Yo soy la acción”) e incluso la de Marx a quien Ontiveros escribiese aquella Carta del marxista decepcionado (Alebrije Editorial, México, 1992) que yo le reseñé provocando su perturbación pues, me dijo: “Dices cosas ahí en tu reseña tan ciertas que ni yo mismo me atrevía a confesarme, me hiciste palidecer de vergüenza frente a mí mismo”.

Nunca fuimos grandes amigos, pero sí simpatizábamos; y siempre me pareció un hombre valioso, muy cultivado e inteligente, aunque insoportable en algunos aspectos de su pensamiento filosófico y sus tendencias políticas, de pronto deleznables, en lo tocante al nazismo y el militarismo. Pero bueno, nadie somos monedita de oro. José Luis Ontiveros pese a todo era un buen escritor, un sabio, defenestrado y autoexcluido, pero genuino, un hombre fiel a sí mismo. Descanse en paz.