CHARLAS DE CAFÉ
Charla con Jorge F. Hernández/Autor de Solsticio de infarto
Eve Gil
Jorge F. Hernández (la F es de Fabricio) es un ser amable en el único sentido en que un escritor de su nivel se atrevería a emplear: alguien digno de ser querido, procurado, abrazado. Y en gran medida esta característica, que por sí misma lo pinta de cuerpo entero, se refleja en la colección de artículos, originalmente publicados en su columna del diario Milenio, compilada en el volumen Solsticio de infarto (Almadía, México, 2015).
En palabras del propio Hernández, citadas por Juan Villoro, “hay una suerte de magia en la capacidad y propensión de admirar al prójimo y a sus obras”.
Una de las ventajas de ser escritor, y uno tan hábil con el lenguaje como Hernández, es que al sobrevivir al infarto al que hace alusión el título, sus lectores tenemos oportunidad de conocer, de primera mano, la inimaginable sensación de estar tan próximo a la muerte. Se lee en la página 146: “Al principio fue un mareo (…) pero el mareo de pronto se convirtió en un puño cerrado, inmenso, intenso que me golpeó el esternón con ganas de aplastar el corazón…”
¿Modificó esta experiencia su forma de percibir el mundo, más aún, de percibir la literatura, el ejercicio literario?
Te vas… te puedes ir
“Sí, creo que a partir del primer infarto y más del segundo, no dejo nada para mañana. Estoy mucho más consciente de que en el momento menos esperado, te vas… te puedes ir. Hace quince años tuve cáncer y he tenido distintas cornadas. Por eso titulé “Solsticio del infarto” a mi columna en cuanto salí de terapia intensiva, porque el solsticio dura un segundo, se mide sobre la faz de la tierra, en el instante en que pasa el sol, pero apenas pronuncias la palabra, ya el sol ha pasado. Y sí, amentó la adrenalina con la que escribo”.
Jorge F. Hernández, nacido en la ciudad de México en 1962, tuvo, además, la oportunidad de saber qué pensaban sobre él grandes amigos que creían que estar escribiendo su obituario, caso de Villoro, texto originalmente publicado en Reforma el 17 de junio de 2011, y que el autor eligió como prólogo al libro que nos ocupa:
“Me acordé de una película que se llama Qué bello es vivir, donde Jimmy Stewart tiene oportunidad de ver el mundo si se hubiera muerto. También soy muy devoto de Canción de Navidad, de Dickens, donde se plantea la misma situación. En círculos concéntricos lo que escribió Juan se multiplicó hacia mis hijos, mis amigos, de repente me di cuenta de que había mucha gente deseosa de decirme cosas hermosas. Desde entonces trato de estar a la altura de ese afecto”.
Una de las virtudes que más pondera Villoro en Jorge F. Hernández es su sano ejercicio de una crítica constructiva, pero también admirativa, algo que no precisamente abunda en el medio literario mexicano.
Escribir es torear
“Cuando me invitó a colaborar en la revista Vuelta —recuerdo el autor—, Octavio Paz fue de los primeros que me dijo que tenía una propensión a hilar gratitudes, a diferencia de quienes solamente escriben para manifestar denostaciones, y sí, conforme he envejecido se me ha acentuado. Prefiero hacer evidente que me gusta algo, y tengo problemas cuando tengo que manifestar que no me gusta algo”.
“Hay mucho «cantamañanas» que se guía por cortar orejas en plazas de tercera o de primera, se les nota que en realidad no se están jugando la vida —continúa el también ingenioso cuentista—. Escribir es torear: si estás muy pegado a las tablas de las enciclopedias, las citas de los demás, lo que dice tu agente literario, ¡peor!… si escribes plagiando lo de otros, luego, luego se nota el amarillo sudor de la hipocresía y el negro engaño de la mentira. La mentira no tiene que ser negra: si la haces policromada, se vuelve verdad. Esa es la literatura”.
En los artículos de Jorge F. Hernández, uno puede encontrar prácticamente cualquier cosa: desde reseñas que hacen desear correr a comprar los libros comentados, hasta la boda real de William y Kate, pasando por “los libros vivientes” de bibliotecas europeas o una ingeniosa crítica a los festejos del Bicentenario; literalmente, cualquier cosa. Esto nos convence de que estamos ante un profesional carente de prejuicios, para quien todo es importante, en la medida que afecte a la sociedad.
“La columna —dice— sirve para soltar la pluma, y no siempre voy a hablar de un libro, sino de la realidad circundante asociada a un libro, porque me la paso leyendo, sobre todo a muertos, a fantasmas. Las columnas te exigen tamaño, número de caracteres y día de entrega, y para el oficio de escritor es uno de los mejores laboratorios, aunque actualmente, de momento, sólo conservo mi columna en El País”.
Proyectos literarios
Incontables son los autores que transcurren por los párrafos de Jorge F. Hernández, quien no discrimina nacionalidad, raza, sexo o género literario. Pero los gustos literarios tienden a mutar, especialmente en los escritores, dependiendo las necesidades de lo que escribe en determinado momento. ¿Quiénes son los autores que actualmente lo mantienen en vilo?
“Estoy reenamorándome de Marcel Proust. Mi hijo Santiago me emproustó. Eric Larson, periodista norteamericano que escribe novelas verídicas, a quien a leo por puro fan y porque intento escribir una novela verídica. Pero un autor que es constante desde mi adolescencia y todas las noches platico con Jorge Ibargüengoitia. Mi padre y él fueron amigos y cada martes visito a Joy Laville” (la viuda del escritor).
Actualmente, Jorge F. Hernández tiene varios libros cocinando:
“Como descansé de la columna de Milenio y sólo tengo la de El País que se titula «Cartas de Cuévano», tengo más sosiego para terminar un volumen de cuentos, que me gusta mucho el género, concluir por fin una novela que vengo arrastrando desde hace varios años, y casi en paralelo un libro de ensayos que me tiene muy ilusionado sobre los desaparecidos, los tíos que dicen «voy por tabaco» y nunca vuelven, güeyes que voluntariamente agarran un avión e inician una nueva vida en Tailandia sin decirle nada a nadie…”
