Introducción
El hombre del Renacimiento se concibe como un hombre de intereses diversos que van de la pintura a la escultura, a la arquitectura, la música, la poesía e incluso la ciencia. A pesar de Miguel Ángel que frecuentó todas las artes, ninguno encarna mejor este concepto que Leonardo da Vinci (1452-1519). Por eso es sorprendente que el retrato biográfico de Giorgio Vasari (1511-1574) ya trace, aunque abocetado, el concepto que la actualidad tiene de Leonardo. El Códice del vuelo de los pájaros muestra el lado científico de Leonardo y su estudio del bellísimo ángel Uriel que aparece en La virgen de las Rocas, muestra su arte en todo su esplendor. (Las pinturas de La virgen de las Rocas, tanto la resguardada en la National Gallery de Londres, como la del Louvre, están relacionadas, por desgracia, con el código da Vinci). Dos datos más: en Bellas Artes, además de las obras de Leonardo aquí mencionadas, se deja ver una obra de Vasari. Se dice que este precursor de los historiadores del arte fue el que designó a esa época de cambio con el nombre de Renacimiento. (C.G.)
Leonardo da Vinci
Giorgio Vasari
Grandísimos dones vemos llover de los influjos celestes sobre los cuerpos humanos naturalmente y aun a veces sobrenaturales, y reunidos, con abundancia excesiva en un cuerpo solo, belleza, gracia y talento, de tal manera, que a donde se vuelva aquella persona, toda acción suya es tan divina, que dejando atrás a todos los demás hombres, manifiestamente se da a conocer como cosa otorgada por Dios y no conquistada por arte humano.
Así lo vieron los hombres en Leonardo de Vinci, quien poseía, a más de la belleza del cuerpo, nunca bastante alabada, una gracia más que infinita en cualquiera de sus acciones, y además, tanta y tal inteligencia, que adondequiera que volviese el ánimo, aun en las cosas más difíciles, con facilidad las tornaba fáciles. Su fuerza corporal fue mucha, y unida con la destreza; su ánimo, su valor, siempre regio y magnánimo. Y la fama de su nombre se extendió tanto, que no solo en su tiempo fue tenido en alto precio, sino que su fama después de muerto fue haciéndose cada vez mayor.
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En la erudición y principios de las letras hubiera aprovechado grandemente de no haber sido tan vario e inestable. Porque se puso a aprender muchas cosas, y luego de comenzadas las abandonaba. Así, en la aritmética, en los pocos meses que estudió, hizo tal adelanto, que moviendo de continuo dudas y dificultades al maestro que le enseñaba, muy a menudo lo confundía.
Dedicóse algo a la música, pero pronto quiso aprender a tocar la lira, como quien por naturaleza tenia espíritu elevadísimo; lleno de galanura y acompañándose de ella, improvisó cantos divinamente.
Con todo, aunque se dedicase a cosas tan diversas, no dejó nunca el dibujo ni el relieve, cosas en que tenía más gusto que en otra alguna.
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Además, dibujó en papel con tanta diligencia y tan bien, que en aquellas sutilezas no le ha igualado nunca nadie. Yo tengo hecha por él una cabeza de estilo en claroscuro que es divina. Había en aquel ingenio infuso tanta gracia de Dios y una reflexión tan profunda, donde concordaban inteligencia y memoria, y con el dibujo de sus manos sabía expresar de tal modo su pensamiento, que con sus razonamientos vencía y con sus conceptos confundía a todo gallardo ingenio.
Y cada día hacía modelos y diseños para poder reducir con facilidad montañas y horadarlas para pasar de un llano a otro; y por medio de palancas, cabrias y tornillos, demostraba cómo podían levantarse o ser arrastrados grandes pesos. Y maneras de abrir puertos, y bombas para subir aguas de lugares bajos; en fin, aquel cerebro no cesaba nunca de inventar.
