Introducción

Giorgio Vasari (Arezzo, 1511-Florencia, 1574) fue contemporáneo de Miguel Ángel (1473-1564) a quien conoció tempranamente. Tiene un mérito fuera de serie: ser el primero en registrar las biografías de los artistas en un libro titulado: Vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos, de Cimabue hasta nuestro tiempo que apareció en Florencia en 1550 y se amplió en 1558. Actualmente se conoce con el título de Vidas. Fue el primero en advertir que existe una relación entre el artista y su obra. No es casual tampoco que en el Renacimiento, con el inicio del capitalismo y de la propiedad privada, las obras pertenecieran a una persona, el artista. Como arquitecto, la obra más importante de Vasari es el Palacio de los Uffizi y su obra pictórica puede verse en el Palacio Vecchio. Ambos en Florencia. De su texto sobre Miguel Ángel se reproduce aquí lo que se refiere a la escultura La Piedad que está en el Vaticano y de la cual se exhibe, desde esta semana, una copia del siglo XVIII en el Palacio de Bellas Artes. Está también en México el melancólico David-Apolo, que lleva doble nombre porque no se sabe bien a bien si se trata del dios griego o del personaje bíblico. El Cristo portacroce o Cristo Giustiniani es una obra inacabada de Miguel Ángel terminada por otro artista. (C.G.)

La Piedad

Giorgio Vasari

(Fragmento)

Estas obras[1] despertaron en el cardenal de San Dionisio, llamado el Cardenal Rovano Franzese, deseo de dejar por medio de tan raro artífice alguna memoria de sí, en tan famosa ciudad; y le encargó una Piedad de mármol, toda de bulto, la cual, una vez terminada, fue puesta en San Pedro, en la capilla de la Virgen María de la Fiebre, en el templo de Marte, obra a la cual no piense jamás escultor ni artífice excelente poder añadir nada en dibujo, ni en gracia ni, por mucho que se fatigue, en poder de finura, tersura y cincelado del mármol con tanto arte cuanto puso en aquella obra Miguel Ángel, porque en toda ella se advierte lo que el arte puede lograr en valor y poderío.

Entre las bellezas de aquella escultura, dejando aparte aquellos paños divinos del Cristo muerto, nadie piense ver un desnudo tan bello de miembros y disposición del cuerpo tan escogidamente dotado de músculos, venas y nervios sobre sus huesos, ni siquiera un muerto más semejante a un muerto que aquel. Además, su cabeza tiene un aire dulcísimo y hay tal concordancia en la trabazón y coyunturas de los brazos y en las del cuerpo y de las piernas, las venas y las arterias, que, en verdad, causa pasmo y maravilla que mano de artífice haya podido hacer tan divina y propiamente en poquísimo tiempo, cosa tan admirable; pues ciertamente es un milagro que una piedra, al principio sin forma ninguna, haya podido ser reducida a la misma perfección que la Naturaleza, con harta fatiga, suele formar en la carne.

Tanto pudieron juntos al amor y la fatiga de Miguel Ángel en esta obra, que en ella, cosa que no volvió a hacer en ninguna obra suya, dejó escrito su nombre, de través, en una cinta que ciñe el pecho de Nuestra Señora. Esto vino de que un día entrando Miguel Ángel donde está puesta su estatua, halló gran número de forasteros lombardos que estaban alabándola mucho; y uno de ellos preguntó a otro que quién la había hecho, y este le respondió: “Nuestro Gobbo de Milán.” Miguel Ángel se estuvo quedo y casi le pareció extraño que sus fatigas fuesen atribuidas a otro.

Una noche, pues, se encerró en la iglesia con una luz, llevando consigo los cinceles, y entalló su nombre donde se ha dicho. Y, ciertamente, la obra es tal, que de la verdad y la viveza de su figura dijo un bellísimo espíritu:

Honestidad, belleza,

duelo, piedad y muerte en mármol vivo,

¡ay!, como hacéis ahora,

no os lamentéis tan fuerte,

que vuelva, antes de tiempo, de la muerte.

Con todo, aunque no quiera,

Nuestro Señor es, tuyo,

hijo y esposo y padre,

única suya esposa, hija y madre.

Esta obra le granjeó fama grandísima; y si algunos más groseros que otra cosa, dicen que hizo a Nuestra Señora demasiado joven, es por no darse cuenta y no saber que las personas jóvenes, que no han sido contaminadas, se mantienen y conservan el aire de su rostro mucho tiempo sin alguna injuria, y que a los afligidos, como Cristo lo fue, sucede todo lo contrario.

Por esto aquella obra aumentó mucha más gloria y fama a su talento que todas las que había hecho andes.

[1] Se refiere a un Cupido y un Baco esculpidos para messer Jacobo Galli, gentilhombre romano.