Juan Antonio Rosado
Es cada vez más común en el mundo de los adultos (y no ya sólo en el infantil) escuchar el concepto de “competencia”, que encierra la idea: “El pez grande se come al chico”, y la maquiavélica fórmula: “El fin justifica los medios” (o como diría Karlheinz Deschner al referirse a la Iglesia Católica: “El fin santifica los medios”). El concepto de competencia está en el aire y ya funciona en todos los ámbitos. Ha descendido del alto mundo empresarial y corporativo al individuo de carne y hueso, creando un cada vez más siniestro individualismo que tal vez nunca antes se haya visto. Las nociones colectivistas de las sociedades tradicionales (incluidas las indígenas) van sepultándose sin misericordia. En el futuro lejano acaso sea posible aquella vieja idea (muy estadounidense) del tipo loco que aprieta un botón para bolar en pedazos el mundo. De hecho, lo acabamos de vivir al enterarnos del copiloto frustrado y deprimido (en suma, “perdedor”) que chocó un avión y consigo se llevó a todos los pasajeros.
Pero el “exitoso” no actúa de forma distinta: para incrementar su poder económico le basta llevarse entre los pies a muchas personas, explotarlas, extraer la plusvalía a base de sobretrabajo y bajos sueldos, como lo hacen muchas trasnacionales y grandes empresas: una nueva forma de esclavismo que sólo produce “éxito” en el explotador, quien anula a los empleados para convertirlos en tornillos sustituibles, en inconscientes números y cosas. Sin estos empleados, el engranaje no funcionaría, pero ellos son sustituibles como lo es cualquier tornillo, y cuando son sustituidos, se les arroja al limbo, se les “ningunea”, como decimos en México, sin importar que tengan familia (hijos incluidos). Muchos altos funcionarios y políticos piensan en engrosar sus bolsillos de una forma muy similar: el dinero del erario público “no es de nadie”, “es de los impuestos”, “si tomo un poco no pasa nada”. Y así se empobrece la sociedad. Por ello el “éxito” a menudo consiste en salir a empujones y patadas, pisoteando y anulando a los demás, produciendo “perdedores” y “daños colaterales”. Y así la pobreza se expande. Como ya no hay socialismo, el equilibrio mundial se perdió y el antiguo “estado de bienestar” de los países capitalistas se ha sustituido por el “ráscate con tus propias uñas, y si no tienes uñas, púdrete”. La única solución es que los gobiernos ganen menos y realmente utilicen gran parte del dinero en programas sociales: no sólo en educación y salud de calidad (y gratuitos), así como en seguridad, sino también en aumentar las cantidades de pensiones y seguros de desempleo. Sólo así, en un futuro, tal vez veamos menos subempleados en las calles y menos delincuencia y neurosis colectiva. Los empresarios no son magos y es imposible que ellos solos resuelvan la pobreza.
