Sería inadmisible una nueva impunidad

 

 

Raúl Jiménez Vázquez

En la entrega anterior hicimos notar que el informe emitido hace unos días por el Comité de los Derechos del Niño tiene una gran relevancia porque, entre otros aspectos fundamentales, ahí se estableció que en nuestro país cientos de niños han sido abusados por clérigos que a su vez han sido protegidos con el manto de la impunidad. Por ello se dispuso que las autoridades deben investigar, perseguir y castigar estas abominables conductas.

Dada la extrema gravedad de la problemática, el informe en cuestión es un parteaguas ético, jurídico y sociológico en el que se condensa el imperio de la verdad y la justicia sobre la simulación, los encubrimientos institucionales, la frialdad, la insensibilidad patológica, el total menosprecio a los agraviados y al núcleo irreductible de la dignidad humana.

La voluntad de no saber, que emanó desde las altas esferas del Vaticano, ha sido rota en mil pedazos. Ello fue posible gracias a la entereza de las víctimas, quienes impidieron que el silencio cómplice se convirtiera en un trágico olvido. José Barba, Joaquín Aguilar, Jesús Romero y muchos más, al igual que los activistas Alberto Athié y Fernando González, son la prueba viviente de que el ahimsa, la filosofía de la certeza absoluta de la fuerza de la verdad postulada por Mahatma Gandhi, es una poderosa herramienta de lucha ciudadana.

Emulando las muy conocidas palabras del otrora presidente checoeslovaco Vaclac Havel, cabría decir que el poder de la mentira y la podredumbre moral ha sido vencido por el poder de la ética, la congruencia, la tenacidad y la valentía. Por encima de la cerrazón, la intolerancia y el engaño prevalecieron las tres diosas griegas: la diosa de la razón, la diosa de la verdad y la diosa de la justicia.

Así pues, el informe que nos ocupa puso sobre la mesa las condiciones objetivas que se requieren a fin de fracturar los anillos de impunidad que han impedido enjuiciar a los pederastas y a quienes les brindaron protección institucional, transfiriéndolos a otras sedes eclesiásticas, ocultándolos en supuestos centros de atención psicológica y criminalizando a las víctimas.

Nada de lo anterior puede ser puesto en entredicho con la reciente creación de un tribunal vaticano que procesará a los jerarcas que encubrieron a los pederastas debido a que: I) no puede ser retroactivo y por tanto carecerá de atribuciones para enfrentar la masa crítica de esta aberrante patología, II) dependerá absolutamente del Sumo Pontífice y por ende no será autónomo ni imparcial, III) está marcado por el signo de la contradicción inmanente en virtud de que los enjuiciables alegarán que protegieron a sus subalternos porque así les fue ordenado desde la sede misma del Estado pontificio, IV) en su seno las víctimas no podrán hacer valer sus legítimos derechos.

El titular de la CNDH expresó públicamente que hará todo lo que sea necesario para que las observaciones del Comité sean atendidas. Los ciudadanos esperamos que así sea. Un nuevo anillo de impunidad sería a todas luces inadmisible.