Miguel Veyrat
Son luces esas voces. Nada falta en ellas. Ni las sombras…
Antonio Porchia
De parte a parte del Universo consciente del hombre, el habla cruza por valles y abismos de civilizaciones desde aquel momento primigenio en que un sonido gutural lanzado hacia otro se convirtió en palabra —y un nuevo momento de pasión lo moduló en canto. Así Víctor Toledo, quien desde Mesoamérica a los Urales transita con su palabra poética convirtiendo aquellos polvos de sentido ya escritos en las arcillas de Uruk, en lodos que caen desde sus amadas nubes y escriben de nuevo nuestra historia emocional.
Con ello hará bueno, como cada poeta que nace, el criterio de Filón de Alejandría, aquel filósofo judío que incorporó en el S. I el Logos al pensamiento bíblico dando lugar al consecuente cristianismo, cuando soñó que la palabra uniría los dos bordes de un abismo infranqueable pues aquel desastre de Babel se convirtió en lluvia de estrellas formada por voces de poetas, como comenta Steiner, una bendición que impulsó a viajar a la palabra a través de lenguas y civilizaciones, en un nuevo lenguaje que unifica todas las lenguas en su ritmo, sin precisar siquiera de traductores.
De tal modo pues, el poeta mexicano Víctor Toledo parte en vuelo hacia lo universal y nos conduce desde el Alba hasta el ablA y viceversa, al unir en exquisito palíndromo el amanecer de la comunicación entre humanos con la función que lo hace posible, reflejada desde unos a otros en los espejos de cada civilización y lengua que ha configurado el ámbito desde los limos originarios zapotecas (ese “aztequismo” según el doctor Toledo) hasta el ámbito ariojudeocristiano en que convivimos sus lectores.
Luces esteladas en las que —como recordaba Antonio Porchia, otro gran viajero euroamericano de los cielos— “nada falta en ellas, incluidas las sombras”. Esta aventura creativa en la vida de un poeta, a lo largo de su recorrido prometeico y sin aliento, nos lleva a siete libros publicados entre 1985 hasta 2013 y que constan en la presente Antología personal: Poemas de la palabra nube, La zorra azul, Retrato de familia con algunas hojas, Del mínimo infinito, Oro en canto son oro. Sor tija de hadas, Ver de mar de ver y Rosagramas de Manuel Contreras, firmados los dos últimos por el heterónimo compuesto con los dos segundos nombres del autor, quien resucitará hoy el género del caligrama en homenaje a Apollinaire y el mundo no extinto de las vanguardias.
Los veintiocho años de vida poética que rompen las costuras de este libro, abundan en poemas que asimismo irrumpen hasta las entrañas del poeta y sus distintos caminos y lectores, siempre entre sueño y realidad, destacando a mi juicio los dedicados a sus padres como el escalofriante “Retrato de mi padre en medio de la zafra”, o los posteriores escritos en contemplación de la “zorra azul” de las nieves entre paisajes de abedules, fruto de los intensos años vividos en la Rusia durante su doctorado en lenguas eslavas amén del amor por aquella cultura donde reina el Bóreas cerca de Proserpina, y que surge y se consuma en su esposa Nadia Borislova, una espléndida y sorprendente —por el instrumento escogido— concertista de guitarra clásica.
Resultaría lógicamente imposible puntear siquiera la variedad de estilos, formas y cadencias que conmueven estas páginas impresas. Y aún con mi pecho de poeta latiendo tras la lectura de “La continuación del sueño de John Donne”, explícito homenaje al gran poeta Josef Brodsky, destaco el fragmento de un poema que pertenece a otro de los libros de Víctor Manuel Contreras Toledo, Del mínimo infinito, en egoísta elección por ser el que atañe acaso más directamente a mi propia poética, adscrita a una indagación acerca del Conocimiento práctica habitual asimismo en nuestro poeta: “Así que el tiempo no existe/ Lo real es más que la racionalidad/ Y más rico que la irracionalidad./ Dentro de cada cosa hay un reloj de arena/ (Y en cada grano de oro seco un mar de brillos)/ En ruinas que son runas de la luna/ En el polvo paloma de ala rota acurrucado de la noche/ En el río que corre hacia los astros tropezando con las piedras/ En el metal de agua que cincela los ojos marmóreos del pez/ El pico ansioso del ave y el óxido violento de la luz/ En el brillo esmerilado de tus ojos/ Que no creen lo que miran que ven lo que no saben/ En mis manos que al recorrer tu cuerpo se construyen para siempre/ Y se destrozan/ En la noche de esta cansada eternidad”.
Se comprenderá ahora tras escuchar el modo como metafísica y música se unen en la poesía, que no quiera terminar esta forzosamente breve reseña de una obra tan rica en su diversidad, sin citar las palabras de María Isabel Saavedra, compañera poeta y profesora de la Universidad Nacional de Tucumán, quien presentó este mismo libro no hace mucho junto al poeta Miguel Grinberg en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires —de inevitables aromas borgianos—, con su texto “Nupcias del cielo y la tierra” y que hago mío para afirmar con ella que en la escritura de Ver de mar de ver (2013), Manuel Contreras examina poéticamente otro de los grandes misterios antropológicos que son materia usual en su poesía: el ritmo: “Lo piensa, dice la pensadora argentina, como un continente de lo móvil, de la libertad. Y es la naturaleza quien se brinda en indicios, en la búsqueda tal vez de aquella ‘razón recta’ que anima al deseo poético cuando el Verbo Iniciador se manifiesta en signaturas tan sutiles como la vibración de las alas del colibrí. Escuchemos, a modo de ejemplo, un fragmento de este sublime poema titulado ‘Tú sostienes colibrí’: ‘Tú sostienes colibrí/ en tus alas todo el mar./ Con tu métrica incesante/ despliegas el movimiento/ del color y las esencias/ del jardín’”.
Concluiríamos que Víctor Toledo “movió el meteorito de la palabra para asomarnos a contemplar extasiados un sembrado de rosagramas púrpuras, donde un enjambre de hadas y ondinas transparentes sigue el rastro borrado de la terrible bruja Baga Yaga”, mito eslavo con el que Víctor Toledo trae a nuestras mentes el eco hermético de las más antiguas tradiciones nórdicas, entre las que vuela y penetra como torbellino pensante, para franquear “el abismo infranqueable” como tratara de hacer veintiún siglos atrás aquel sabio fundador de un nuevo modo de pensar a los dioses, llamado Filón de Alejandría; tal que “Un pájaro extranjero vendrá a cantar/ en el claro del bosque nuestra canción olvidada”. En estos dos luminosos versos de nuestro poeta.
