Emiliano Mora
Es inevitable volver a Federico García Lorca (1898-1936) pero hoy hay un motivo innecesario: la conmemoración de la primera edición del Poeta en Nueva York (1940), que Lorca escribió durante su estancia en Nueva York (1929) y Cuba (1930). Sin duda alguna, este poemario es íntimo, tal vez el más íntimo de los que el autor escribiera.
Durante la primavera de 1929, el poeta no se hallaba muy bien emocionalmente, decía encontrarse en una penumbra sentimental[1]. Debido a que sufría por su relación con Emilio Aladrén, un joven ocho años menor, que había estudiado escultura en la escuela de Bellas Artes en Madrid. Al parecer se conocieron en 1925, pero entablaron relaciones dos años después. Al respecto, Ian Gibson cuenta: “La pintora Maruja Mallo, alumna de la Escuela de Bellas Artes, fue durante un tiempo novia de Aladrén, a quien recordaría muchos años después como un ‘efebo griego’. A Lorca le sedujeron el físico, encanto personal y aire ‘entre tahitiano y ruso’ de Aladrén y según Mallo, vino el momento en que Federico se lo robó a ella sin más miramientos”[2]. Cayó preso de aquella prisión que todos conocemos, llamada belleza.
Imagino todas las mentiras que Aladrén le dijo al poeta en el oído, todas las dulces tretas que había tras esos rasgos rectos y varoniles, porque tal fue el efecto que hasta los amigos más íntimos de Lorca odiaban al escultor. Veían con muy malos ojos su relación. Bueno, al punto, de que José María García Carrillo, uno de sus más íntimos amigos, estuvo a punto de agarrarse a golpes con Aladrén. Con el objetivo de separarlos, un día García Carrillo le mintió al poeta, confesándole que se había acostado con el escultor. Pero no funcionó y cuando los tres se encontraron Lorca insinuó la mentira, a lo que Aladrén contestó que ni conocía a García Carrillo, que respondió: “¡Claro que no! ¡Me alegro de nunca haber conocido a un hijo de puta tan grande como tú!”[3]. Sólo la intervención pertinente del poeta evitó la pelea. Aquello era una obsesión más que un amor, pues el escultor ni siquiera tenía un talento desmedido, como sí lo tuviera el otro amor de Lorca: Salvador Dalí. Era más bien un artista mediocre, que terminaría haciéndole esculturas a Francisco Franco. Pero éstos son los amores que más pueden afectar a alguien, y más a alguien tan sensible como Lorca, quien a pesar de que se separó del escultor en la primavera de 1928, pues éste se juntó con una inglesa para casarse, el andaluz todavía lo trajo enjaulado en su pecho hasta la primavera de 1929. Momento en que decidió partir para Nueva York, pues el clima amarillo, rojo y blanco de su amada España no era propicio para una sombra tan grande como la suya. El poeta no sólo sufría el abandono. No era nada más la soledad (tan buena compañera de los artistas), sino su sexualidad. Parece que erróneamente Lorca consideraba que su secreta preferencia era la causa de su ánimo turbio, más que la actitud descarada de Aladrén. Y tenía razón, pues en aquel entonces no había marcha por el orgullo gay, no había tolerancia, ni matrimonio homosexual. Nada, nada de eso. No es extraño, entonces que el poeta tuviera conciencia de que sus gustos eran incorrectos, eran pecado. Inteligentemente decidió que la distancia sería el medio correcto para valorar su situación.
A finales de junio del año 1929, en el Olympic, Lorca llegó a Nueva York. Como buen español, dominó el inglés parcialmente, pues por más esfuerzo que hizo, sólo ladraba el idioma. De nada sirvió que su amigo Federico de Onís lo forzara a tomar un curso de inglés en Columbia University, donde además residiría para estar en contacto con la lengua. A Lorca le bastó, entonces, otra cualidad para comunicarse con todas las personas con las que convivió y no hablaban español, la música. Como los pájaros, no necesitó hablar para atraer a su alrededor. No está de más señalar que los poemas que compuso durante esa época tienen un ritmo muy especial: profundo y complejo. Además, el poeta visitó con preferencia salones de jazz y lugares donde bailaran los negros.
Siempre se ha relacionado el Poeta en Nueva York con lo político. Lorca y su preferencia por las minorías. Gitanos, en el caso de su Romancero. Yo no lo niego, pero me gustaría sacarle filo. Dalí en su Diario de un genio dice al respecto: “(…) yo, que fui su mejor amigo, puedo dar fe ante Dios y ante la Historia de que Lorca, poeta cien por ciento puro, era consustancialmente el ser más apolítico que jamás he conocido”.[4] Y me adscribo, pues el mismo Lorca, poco antes de morir dijo: “Yo nunca seré político. Yo soy revolucionario, porque no hay verdadero poeta que no sea revolucionario. ¿No lo crees tú así?… Pero político no lo seré nunca, ¡nunca!”[5] Y con esto hay que entender dos cosas. Una, la postura del poeta, si bien de adjetivación apolítica, no obsta para que se manifieste durante todo 1936 en favor del Frente Popular y la República, como lo hizo en otros momentos de su vida en favor de otras causas políticas. Dos, la postura de Lorca intenta abarcar la vida. Así decir que escribe de los negros o de los gitanos por una cuestión política resulta un tanto menospreciar el gran intento de la pluma del andaluz. El poeta compartió durante sus años en Nueva York y Cuba, el pan, el baile, las preocupaciones, las emociones y las necesidades, no sólo con negros, también con niños, con cubanos, con compatriotas, con banqueros y con maestros, y muchos otros, a través de los cuales expresó su propia preocupación existencial, no más, ni menos importante que la de cualquier otro ser. En ese sentido podemos entender a que se refiere el poeta cuando dice ser revolucionario. Este poemario considero que es el trance en que Lorca encuentra con claridad, como acto poético, su lugar contradictorio en la existencia, más allá del amor, de la tradición, de la religión o de su preferencia sexual:
Así hablaba yo.
Así hablaba yo cuando Saturno detuvo los trenes
y la bruma y el Sueño y la Muerte me estaban buscando.
Me estaban buscando
allí donde mugen las vacas que tienen patitas de paje
allí donde flota mi cuerpo entre los equilibrios contrarios.
[1] José Luis Cano. García Lorca, Barcelona, Salvat, 1984. Pág. 93.
[2] Ian Gibson. Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca. España, De Bolsillo, 2006. pág. 317.
[3] Ibidem. Pág. 318
[4] Salvador Dalí. Diario de un genio. México, Tusquets, 1983. Pág. 108.
[5] José Luis Cano. García Lorca. Barcelona, Salvat, 1984. Pág. 166.
