Hombre de su tiempo
Teodoro Barajas Rodríguez
Nuestro país está lleno de historias e historietas, en muchos casos se trata de apologías o desmesuras porque el maniqueísmo se inoculó desde la primera edad del México independiente. Cada quien acude a la historia que le parece mejor de acuerdo con su talante ideológico, la cuestión radica en calificar a buenos y malos, héroes y villanos. Blancos o negros, no hay espacio para los grises.
El tratamiento maniqueo se ocupa actualmente de una figura polémica en nuestra historia: Porfirio Díaz Mori, el héroe de la guerra que terminó como dictador en el que caben sendos contrastes porque los claroscuros afloran. Las opiniones se dividen, muchos exigen la repatriación de sus restos a nuestro país, otros lo llenan de vituperios. Vaivén típico en nuestro país.
Desde que se forjó el México independiente, la polarización se hizo presente, aun antes de la conformación de los partidos políticos, el embrión de éstos fueron las logias masónicas, como lo postula don Jesús Reyes Heroles, liberales contra conservadores, una lucha interminable.
Díaz fue un liberal que combatió en la Guerra de Reforma al lado de Benito Juárez, fue héroe en la lucha contra los franceses y definitivo para derrotar a Maximiliano, fue un animal político en el sentido aristotélico, un hombre del poder.
Hace unos días, el 2 de julio se cumplió el centenario del fallecimiento de quien gobernara durante tres décadas México, moriría en París, es decir lejos de Oaxaca, probablemente entre la nostalgia de las celebraciones de 1910, seguramente enterado de las revueltas sociales que continuaron tras su partida.
La ceremonia del Grito de Independencia se realizaba el día 15 de septiembre porque además se festejaba su cumpleaños y no renunció a la megalomanía. El personaje es controvertido, hay quienes le endilgan los peores males al pensarlo dictador, antidemócrata, exterminador y muchos calificativos.
En contraparte, otros afirman que fue un estadista que le brindó a México la estabilidad antes perdida, tipo de cambio favorable y con los trazos coherentes de una política industrial hasta antes desconocida.
Muchos se quedan con la imagen de un anciano dictador obsesionado por el poder, cobijado por los “científicos” en un país en que la desigualdad abría heridas para acumular resentimientos.
Probablemente si Díaz hubiese muerto en 1900 habría pasado a la historia desde otra óptica. Cualquier mandato prolongado en el poder exhibe su desgaste, Díaz arengó la bandera de la no reelección y al final repudió esa antigua aspiración.
En 1911, Díaz renunció a la Presidencia para evitar un baño de sangre, posteriormente Francisco I. Madero resulta ser el primer presidente de la Revolución, el nuevo jefe del Ejecutivo exhibió su novatez, olvidó acuerdos asumidos e intentó sobornar a Emiliano Zapata.
Díaz fue un hombre de su tiempo, animal político de innumerables claroscuros.
