Miguel Ángel Muñoz
La dinámica galopante de los aniversarios nos brinda muchas sorpresas: los 100 años de Octavio Paz, los 110 del gran pintor Esteban Vicente… El 2014 se celebró en República Dominica los 90 años de Ramón Oviedo, que como a todos los grandes artistas, a Oviedo (Barahona, República Dominicana, 1924- Santo Domingo, 2015), no parece desanimarle ni deprimirle alcanzar esa edad, a sus 90 años, no sólo seguía activo, sino dotado de una fuerza creadora, y una libertad de darse por completo a la pintura, con la sabiduría acumulada por décadas de ejercicio, cuyo denuedo no es sino fruto de un amor apasionado por el arte. Búsqueda, vitalidad y alimento creativo. Un caso excepcional y figura de culto en el arte contemporáneo del Caribe. El mayor Oviedo, en obras recientes. A mi juicio, su aparición en la escena plástica señala un cambio decisivo en la historia del arte de su país.
Dotado de una sensibilidad poética, que se alumbra en la contemplación de una abstracción luminosa, cada pequeña sensación de Oviedo, ya sea transformada en pintura o en poema, ha abierto un surco de luz donde resplandecen las vibraciones cromáticas más sutiles diluyéndose en atmósferas, que filtran el fugaz brillo hiriente hasta amasar su sustancia, hasta darle cuerpo como claridad coagulada, impregnante, muy sensual. Un eslabón seguro, además, para entender en su justa medida lo que fue y es el arte caribeño y de parte de América Latina del siglo XX. Artista como Guillermo Trujillo en Panamá; Armando Morales en Nicaragua; Fernando de Szyszlo en Perú, Oswaldo Guayasamín en Ecuador, que le han dado voz a su país, y desde luego, en Ramón Oviedo, Federico Izquierdo, Darío Suro, Marianela Jiménez, Paul Guidicelli, y Guillo Pérez, han luchado por darle no sólo una identidad al arte dominicano, sino también, un discurso estético coherente. La presencia de Oviedo quedaba garantizada en la escena artística del continente.
Pero creo, que el arte de Ramón Oviedo es punto y aparte. Su pasión constante por renovar su poética es, sin embargo, muy antigua. Lo es desde el punto de vista de su propia trayectoria, que comienza hace medio siglo, pero también desde el punto de vista del universo formal que explora, que se hunde en la noche del espacio y del tiempo. Siempre reacio al surrealismo y la pintura literaria, Oviedo admiró –—aunque tarde— el dinamismo de Picasso —que deja una fuerte influencia en su obra, no sólo de caballete, sino también sus murales—, y agradeció su estimulante acogida. En años posteriores 70 y 80, conservará todavía el recuerdo de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, María Izquierdo, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Ricardo Martínez y José Luis Cuevas como concentrados “testigos silenciosos”, que marcan su obra. Definir a Oviedo como un artista normativo, figurativo o abstracto ha sido, ya desde hace mucho, una simplificación, pero hacerlo, a la vista de lo que viene haciendo durante los últimos veinte años, es sencillamente inútil, porque su obra se ha decantado de raíz y resplandece en su arrogante singularidad.
De la misma manera que el poeta cambia el lugar común, Oviedo transforma su pintura en un espacio-tiempo-imagen. En cierta manera, la obra última que va de 1994 a 2014, y los dibujos y óleos recientes, que he descubierto en su estudio de Santo Domingo, reiteran sus motivos, el encuadre compositivo y el grafismo con que Oviedo, apunta, de forma sucinta, las ligeras insinuaciones figurativas que arman el conjunto de su campo visual. Sin embargo, la fuerte personalidad del artista y sus consistentes afinidades con la tradición cromática de la pintura europea —sin olvidar sus raíces— pronto le distanciaron del dogmatismo un punto forzado del expresionismo abstracto y le obligaron a definir con sus propios medios las aceptaciones de una pintura de acción, mejor ajustada a sus opiniones pictóricas. La gestualidad teatral de la pintura abstracta siempre le desagradó y paulatinamente fue inclinándose hacia la abstracción cromática de Newman y Rothko, y en particular la acción teórica de Hofman, formando también en el arte de los museos, los viajes, la lectura y disciplinado matizador de la tradición figurativa europea. Oviedo fue siempre reacio a cualquier exceso teórico y reticente a la verbalización estética. No es casual, que viera en la experimentación cromática de Hofman un estímulo para la reflexión sobre el espacio y las funciones de la luz y el color como formas protagonistas de una nueva notación poética de su obra.
Ya desde los años setenta, Oviedo comienza a dar luces de un manejo del color, que ya afínales de los noventa y hasta el día de hoy, lo han convertido en un soberbio colorista, aunque reafirmando su progresivo atrevimiento, que, desde hace algunos años, le ha hecho ampliar su gama caribeña de sienas, verdes, negros a tonalidades insólitas, de verdes, naranjas, amarillos, cuya acidez no ha trabajado, sin embargo, ese toque de cálida sensualidad visual y poética que siempre transmite su pintura. Luz y aire. Espacio y tiempo. Estas cualidades son parte fundamentales de su arte.
Como, contra lo que se suele decir al respecto, la obra última es la que mejor explica la primera, la actual de Oviedo nos adentra en el misterio por él siempre buscado: el de emplazarse en el centro formador de la forma, el de la energía y su vasta sedimentación espacial. Oviedo no dibuja o representa la trama ordenada de la realidad, cual si fuera efectivamente un abstracto idealista, sino que ausculta el proceso de la materialización de la energía y nos revela su musicalidad. Una musicalidad, por cierto, que no es necesariamente armónica y afirmativa, sino también deconstructora y anonadante. De hecho, en la obra de los años 2010 al 2014, Oviedo se nos ha demostrado inquietante y en perpetúo crecimiento. Fantasía visual que recrea el acento propio del artista. Una pintura de volúmenes tal vez, aligerada por la luz que concentra la mirada del espectador. Juan Gris, por el contrario, elimina el volumen y atenúa el iluminismo táctil para convertir el espacio en un plano sobre el que ordenar la composición.
De esta manera, en una primera visión de conjunto, uno cree encontrarse ante un paisaje familiar, lleno de memoria, que se ensancha sin producir sobresaltos; pero, paulatinamente, se avistan las sutiles costuras con que Oviedo teje lo que ha mirado con mayor hondura, porque ya no se conforma con captar la atmósfera. Ver y escuchar su pintura, después de un tiempo, es comprobar la capacidad de persistencia de un creador, el don que tienen los mejores artistas para captar toda la atención y contención creadora. En definitiva, el arte de Oviedo se debate una vez más, y la situación se repite una y otra vez, en diversos periodos conflictivos de su evolución, entre composición estricta de las formas y el dinamismo de la materia-color, particularmente logrado mediante la introducción de nuevos materiales plásticos.
Es de esta manera cuando se me ocurrió que algunos de sus cuadros tienen algo del Roberto Matta más poético, del Rufino Tamayo más colorista, del Wilfredo Lam más mágico, del Antoni Tàpies, Manolo Millares, Alberto Burri, Rafael Canogar, Afro, Josep Guinovart y Ràfols-Casamada, más matérico, del Esteban Vicente y Philip Guston más abstracto. Creo que, en ellos Oviedo ha encontrado mucha luz y mucha poesía para esclarecer su espacio pictórico.
En realidad, toda la obra de Oviedo gira sobre el cosmos, lo cósmico. El rito y mito. Vieja imagen de metamorfosis. Ramón Oviedo esta poseído por la fuerza de la pintura y de la poesía. Sus óleos parecen una mezcla simple de figuración y abstracción. Turbador y fantástico. Ahí están las luces de un fulgor constante y cambiante en la larga trayectoria de Ramón Oviedo.
