Mediante el control de los servicios y la exclusividad neoliberal, el nuevo acuerdo Trade in Services Angreement (TiSA), busca imponer la volatilidad financiera y controlar las políticas nacionales para evitar que puedan protegerse de una nueva crisis global.
Gerardo Yong
Pocos tratados comerciales han sido honestos desde su creación. En 1994, el Tratado de Libre Comercio (TLC), pese a haber abierto un paradigma en el mundo económico, no resultó ser la gran panacea que se esperaba. Incluso el Mercosur y el mercado regional de la Unión Europea no han podido integrar sus fortalezas del todo. En la actualidad, se ha vuelto la atención a este tipo de asociaciones económicas para superar obstáculos y lograr mejores niveles de riqueza y bonanza para los países que las integran. El caso más reciente es el del Acuerdo de Comercio y Servicios (TISA, por sus siglas en inglés), el cual se encuentra en la mira de partidos, agrupaciones, sindicatos y organismos internacionales, que la califican como la alianza neoliberal más despiadada en la historia de la humanidad.
Según informes revelados recientemente por Wikileaks, este tratado es la meta que se logrará a partir de otro denominado TTP, que es el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica, el cual ya se está gestando bajo el liderazgo de Estados Unidos, con el que busca establecer medidas altamente restrictivas, principalmente en materia de propiedad intelectual, que permitirían un mayor control no sólo en sectores mediáticos como los de entretenimiento y cultura, sino en otros como el farmacéutico, al impedir la venta de medicamentos similares en países en desarrollo. De hecho, ha sido un tratado ampliamente cuestionado incluso por varios de sus miembros, ya que impide la consulta y divulgación de documentos bases del acuerdo. A casi diez años del colapso económico que aún padece el mundo, originado en 2007 por la quiebra bursátil que ocasionó el desplome de la firma Lehman Brother y la crisis que ha arrastrado a la mayoría de las economías occidentales, esta nueva disposición busca una nueva regulación que permita corregir los descalabros financieros para dar continuidad al sistema de volatilidad bursátil mundial, el cual ha imperado desde hace décadas, favoreciendo a las grandes compañías transnacionales y controlando a los gobiernos e instituciones nacionales.
El control de los servicios
Según comentarios diplomáticos, el Trade in Services Agreement (TiSA) se encubre dentro del Transpacific Partnership Agreemet, promovido también por Estados Unidos y diversos países asiáticos y abarca sectores estratégicos que van desde las telecomunicaciones y comercio electrónico, hasta los sistemas financieros, ofertas de seguros y las diversas modalidades de transportes. Es decir, se ha vuelto la mirada hacia el control de los servicios como nuevo nicho de mercado, en lugar de los tradicionales sectores como el inmobiliario, que fue el que detonó la crisis estadounidense en 2007-2008.
Hasta ahora los países que se encuentran dentro del TiSa son Australia, Canadá, Corea del Sur, Estados Unidos, Islandia, Israel, Japón, Liechtenstein, Nueva Zelanda, Noruega, Pakistán, Suiza, Turquía y la Comisión Europea. Respecto a Latinoamérica, se han adherido Chile Colombia, Costa Rica, México, Panamá, Paraguay y Perú. Llama la atención que estos países, salvo Paraguay, también son los mismos que integran la llamada Alianza del Pacífico, los cuales conforman el 40% del PIB de la región y que en 2010 exportaron más de 445 mil millones de dólares, superando al bloque rival Mercosur.
Un tratado sólo para capitalistas
El TiSA le negó su ingreso a China y a los países del llamado ALBA (Alianza Bolivariana para América), promovida inicialmente por Cuba y Venezuela, así como a los países del Mercosur que tienen gobiernos izquierdistas como Argentina, Bolivia, Ecuador y Uruguay. También excluye a los miembros del bloque llamado BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Esto porque supone de antemano que rechazarían las exigencias estadounidenses de que las naciones firmantes tengan que revelar sus políticas nacionales, lo que les impediría reaccionar para protegerse de una nueva crisis mundial. Esto significaría que si hay otro colapso financiero semejante al del 2007, ahora todos perderían. El rechazo de incluir a China supone la confirmación de que representa una amenaza a los intereses estadounidenses globales. Sin embargo, resulta paradójico que todo lo que hace Washington en realidad beneficia cada vez al país oriental. Beijing tiene la mayor reserva de dólares en el mundo, algo así como 3.6 billones de billetes verdes y, esa simple razón, convierte al país oriental en el principal respaldo de la deuda estadounidense. Asimismo, China tiene el poder de cesar por completo la adquisición de bonos del Tesoro, si considera que la economía estadounidense sigue en deterioro. Otro temor de Estados Unidos, el mayor de ellos, es que China se decida a respaldar el Yuan con reservas de oro, en lugar de apoyarlo mediante la fortaleza del dólar. Esta simple decisión, bloquearía todos los esfuerzos de Washington, no sólo por resurgir de su actual crisis, sino de mantener la hegemonía financiera mundial.

