José Emilio Pacheco
José Gabriel Ríos
José Emilio Pacheco (30 de junio de 1939-26 de enero de 2014), quien durante décadas figuró al lado de los grandes poetas, sigue asombrando a sus lectores con Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces y Trabajos en el mar. Veámoslo entre sus versos.
En el poema “El silencio de la luna” ya ocurría algo previsible: “El que piensa por todos prohibió pensar./ Su palabra es la única palabra./ Él dice todo sobre las cosas… Noche tras noche/ la gente sueña en acabar con el que piensa por todos”.
José Emilio acude al canto de los pájaros, “indescifrables para nuestros oídos, jeroglíficos de aire, enigma de que jamás encontraremos la clave”.
Dice el poeta en “A quien pueda interesar” que a él sólo le importa el testimonio del momento, las palabras que dicta en su fluir el tiempo en vuelo, y lo tiene sin cuidado llegar a construir el gran libro, un espejo de armonía.
La arena errante, poemas escritos entre 1992 y 1998, es un envío de amor a la medusa, la flor de mar, la Desconocida que sale al paso y acecha, desde el Eclesiastés. “La verdad es que esas espectrales danzarinas sobre las olas, en vuelo flotante, lleno de ductilidad, perfección y acorde absoluto con el ritmo de la marea, despliegan su dicha de vivir por un instante”.
Para él, las medusas no pertenecen a lo celestial o terrenal: son de la mar que nunca será ni mujer ni prójimo; peces de la nada, plantas del viento, y en ocasiones, gasas de espuma. Cuando era niño, le advertían que se limitara a contemplarlas, pues le dejaban su quemadura, la marca de fuego que estigmatiza a quien codicia lo prohibido: infante que fue, jugaba con los médanos que parecían nubes que al derrumbarse por tierra se transformaban en arena errante.
Narra José Emilio Pacheco que cuando soplaba el viento del norte hacía estragos en su casa. Llegó el día en que plantaron las casuarinas para anclar la arena, pero como consideraron que era un mal árbol, talaron y borraron los médanos. Ahora sólo queda la playa, ese enorme desierto que es su memoria.
Confiesa que desde niño aborrece las jaulas y le dan tristeza los arreglos florales. En esa época leyó El castillo de los Cárpatos, de Julio Verne y pensaba que los ancianos habían nacido así, que eran de otro planeta. Nos cuenta que Verne inventó el cinematógrafo cuando creó a un personaje, el barón de Gortz, que al mismo tiempo se valió de un medio para preservar la voz de Stilla, su amada muerta.
“Memoria” es un poema en el que sugiere no la tomemos muy en serio. “Quién te dice que no te está contando ficciones para alargar la prórroga del fin”.
Un texto irresistible: “¿Qué fue de tanto amor?”. Escribe: “Un cuaderno que ya no se usa y está amarillento y comido por los ratones, Escrito a máquina, algo tan anticuado como las runas ahora… Todo se ha deshecho. Ha regresado el polvo. Está a punto de ser el vacío del vacío, de aquél amor que colmó por un instante”.
Camino al haikú, atrapamos a “Fragancia”… “porque si uno se acaba y pulveriza, en cambio ella será flor siempre para aromar nuestra noche”.
El poema llamado “Árbol” encanta porque no conoce la oscuridad. “De noche se enciende con el verdor hirviente en sus ramas. Cuando lo contemplamos ahogado en sombra, arde en su adentro toda una hoguera de savia”.
Aparece en La arena errante “El jardín de las delicias”, donde El Bosco encierra al poeta en una burbuja. “Ves mi desesperación y no me tiendes la mano. De todos modos sería imposible la salida: me falta la dimensión que el pintor me arrebató para someterme”.
Una rasgadura es la forma en que la baba se vuelve seda. “La araña excreta sus secretos y al darles forma los expone a la vergüenza pública… Las telarañas se relacionan con el olvido, el abandono, la ruina, la trampa, la tortura y la muerte… escribe en la oscuridad un tejido de luz indescifrable”.
Los trabajos del mar son “los trabajos del amor”, diría Giorgio Seferis en Mythistorema. Con un cariño realmente fraternal, José Emilio visualiza al pulpo, “ese oscuro dios de las profundidades, que parece helecho, hongo o jacinto. Esa belleza nocturna, experimenta el esplendor que navega, cuando alguien le lanza un arpón: De sus labios no mana sangre: brota la noche/ y enluta el mar y desvanece la tierra,/ muy lentamente mientras el pulpo se muere”.
Pretexto para acercarnos a la ceguera inteligente de la naturaleza, a la debilidad de la piedra. El viento pide lo suyo y la costa vuela en el diluvio, vibra la muerte, no hay quietud ni polvo. Todo esto es para que el mar se resigne a ser, una vez más, el poderoso vencido, “bullente en el calor de la noche”.
Se menciona en el poema “El puerto”, del mar que lleva adentro su cólera, pues es sepulcro de letrinas, hierros oxidados, petróleo, mierda. Lleva dentro el mar, rumor, caudal de su sangre. “Y desde mi subjetividad deleznable, el mar se habría cambiado en desierto cuando ya no esté aquí para mirarlo y amarlo…”.
Seguramente con la relectura de la obra de Miguel Cervantes, volvió al lugar común para simbolizar la sabiduría. De la muerte habla así: “Si la carne es hierba y nace para ser cortada, soy a tu cuerpo lo que el árbol a la pradera. Ni invulnerable, ni perdurable, resisto un poco más y eso es todo. Es cierto, gracias a la existencia de la muerte todo es irrepetible y efímero”.
Dice José Emilio Pacheco que Saint-Just no se equivocó, “porque en efecto el arte de gobernar no ha producido sino monstruos”.
En el capítulo “Ocasiones y circunstancias” —Los trabajos del mar— hace homenaje a Juan Rulfo con sus propias palabras: “¿Quién haría este llano tan grande?”. “¿Para qué sirve este llano tan grande?”… “No hay conejos/ no hay pájaros/ no hay nada”.
También se dirige a Efraín Huerta, gritándole que no está muerto. “En esta inmensa zona de desastre que es México/ nosotros somos los cadáveres”.
Las sátiras de José Emilio son formidables: “Me dan ganas de huir al océano helado/ cuando escucho hablar de moral a los que viven/ en prevaricaciones incesantes”, o “Arrímate a la mesa del poderoso/ si consideras el mayor bien vivir/ del pan ajeno./ Te dará las sobras/ y un día te pasará la cuenta sin falta… Pues bien: si te necesita/ es a modo de cómplice, a guisa de bufón/ o para lamer sus zapatos”.
Otra que viene a cuento: “Si crees ser libre y hablar a nombre del pueblo/ será mejor desengañarte ahora mismo/ No te sientas un héroe con tus versitos./ El desdén que los recibe/ prueba tu pequeñez…”.
Su certeza de que cuando los hados otorgan el reino a los esclavos y a los cautivos el triunfo, la libertad es más rara que un cuervo blanco.
Algo bellísimo ocurre con Jonás en el vientre de la ballena, pues además de mirar procesos digestivos, violencia pura, cardúmenes, teoría del estado moderno, imagen del desamparo humano, retorno al paraíso prenatal irrigado por el fluir de la corriente sanguínea, Jonás, según José Emilio Pacheco, reflexionó en la esperanza de que algún día ya no será la vida, tan sólo breve, brutal y siniestra.
Con respecto al mar, dice que si éste se calmara, el tiempo dejaría de fluir.
Dos poemas hermosísimos, el de la granada que goza de su esplendor, y la camelia, ese arbusto en forma de nube, que flota en esa luz hecha de espuma.
Esa idea redundante del poeta de verse sin nada, como al principio: “Sapos y lagartijas nuestro alimento,/ sal nuestra vida, polvo nuestra casa./ Añicos y agujeros en la red/ nuestra herencia de ruinas…”.
José Emilio le llama poesía a ese lugar de encuentro con la experiencia ajena.
En el libro Los trabajos del mar, el poeta escribe “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”. La entrevista que Moore le propone realizar alrededor de su obra, la resume Pacheco con una respuesta preciosa y breve: “Sigo pensando que la poesía no es otra cosa que una forma de amor que sólo existe en silencio…”.
