Carmen Galindo
Cuando era niña, mi familia se cambió a la colonia Narvarte, que, ahora lo comprendo, debe haber sido la colonia de moda. En mi misma cuadra, a unas cuantas casas de distancia vivía Alfredo Varela Jr., “Varelita”, actor cómico y argumentista del cine nacional. Su esposa entonces era una eximia, la actriz Virginia Manzano, hermana de Miguel Manzano. A unas pocas casas, cruzando la calle, Eduardo Noriega. En mero enfrente, el Sr. Torres, padre de nuestras amigas Lucía y Virginia. Su papá participaba en la radionovela de XEW: Las aventuras de Carlos Lacroix, que comenzaba con una voz de mujer que advertía: “Cuidado, Carlos”. Y una voz masculina que ordenaba: “Dispara, Margot. Dispara”. Por ahí vivía, un poco más lejos, el torero Silverio Pérez con su popular esposa y sus hijos Silverio y Silvia. Nuestra casa estaba en Heriberto Frías 724 y en la cuadra siguiente, las oficinas de Ingenieros Civiles Asociados, la ICA, que décadas después construiría el Metro, pero esta es otra historia.
Regreso a lo que iba. Por ahí cerca vivían, todavía no se cambiaban a las Lomas, las hermanas Aguirre, Elsa y Alma Rosa. En Rébsamen, estaba la casa de Pedro Infante. Desde la ventana de nuestro baño, se veía su entrada. Cuando lo vislumbrábamos, mi hermana Magdalena y yo gritábamos con todas nuestras fuerzas: Pedro, Pedro. Casi nunca nos escuchaba, porque nuestras voces tenían que atravesar el terreno baldío atrás de nuestra casa y luego el camellón de Enrique Rébsamen. Si nos oía, lo que sucedía a veces, sonreía, levantaba la mano y nos saludaba.
Cuando mi mamá le daba la dirección al taxista para que nos llevara a la casa, decía: Heriberto Frías 724, entre Torres Adalid y Concepción Béistegui. Y en Concepción Béistegui esquina con avenida Cuauhtémoc vivía Joaquín Pardavé, mi artista predilecto. El día que, en bicicleta, nos fuimos mi hermana y yo para conseguir su autógrafo, nos pusieron una tremenda regañada, porque era “muy lejos y avenida Cuauhtémoc muy peligrosa”. Lo peor es que no conseguimos nada, porque el actor no estaba o no nos quiso mandar el papelito (una hoja de cuaderno) firmado. No me importó, lo seguí admirando. Lo sigo admirando.
En las tardes pasaban viejas películas por televisión. De esa época datan mis dos películas favoritas: México de mis recuerdos (1943) y Al son de la marimba (1940). En una, Pardavé es Don Susanito Peñafiel y Somellera. En la otra, es Agapito, el mayordomo de una hacienda chiapaneca. También pasaban Cada loco con su tema en el que interpreta al olvidadizo taxidermista Justiniano Conquián. Sé bien que aquí se me cruzan dos admiraciones, la de Pardavé con la de Juan Bustillo Oro que no casualmente es el director y guionista de estas tres comedias de la época de oro del cine nacional,
Joaquín Pardavé, el artista más completo
Quizás no haya existido en México, un artista más completo que Joaquín Pardavé. Vaya usted tomando nota: actor, compositor, bailarín, cantante, director de cine, guionista. Comenzó como actor-cantante, interpretando papeles cómicos, en compañías de zarzuela, donde formó mancuerna con el Panzón Soto, que es sin duda el más célebre de los artistas de teatro de revista. Pardavé, para muestra basta un botón, formó parte del elenco del Mexican rataplán, la exitosa parodia, con Lupe Velez, del Bataclán de París.
Actor de cine, primerísimo actor, en México de mis recuerdos, mostró sus dotes de bailarín sin par en su interpretación de “El gran makakikus”. Como Chaplin, se dirigió a sí mismo, pero sólo mencionaré dos cintas inolvidables: El baisano Jalil y Los hijos de Don Venancio. En ellas, imita a la perfección el acento libanés y el español, creo que de Asturias. De esta dos, por mencionar algunas, es también guionista. Total, un artista excepcional por donde se le mire.
Como compositor, la mayoría de su público prefiere “Varita de nardo”, que dedicó a su esposa, y en lo personal, me encanta “Falsa” de la que voy a citar las dos primeras estrofas que son las que más me gustan:
Todo lo que soñé era mentira,
tus ojos inocentes me engañaban
y tus labios que tanto me besaban
poco tiempo después me maldecían.
Tu pecho de mujer, nido de hiena,
destrozó el corazón que te adoraba,
ya mañana sabrás lo que son penas,
todo en el mundo para mí acabó.
No faltará un lector que piense que lo de “tu pecho de mujer, nido de hiena” es exagerado y hasta de mal gusto, pero es precisamente la línea que yo rescataría, porque basta escucharla una vez para no olvidarla nunca.
Y sin embargo, cuando hablamos de La Panchita se trata de palabras mayores. Eso de “me tira mi plancha” o sea no acude, me deja plantado, aumenta su eficacia con la construcción, para mí insuperable, de “me tira mi plancha”. El contraste inicial de “tiene los ojos grandes, la boca chiquita” y ni qué decir de los celos impulsando la furia de “cuando platica con los rancheros la prieta maldita”, entre los que parece “pila del agua bendita”. Y la queja: “no sé qué hacerle mamá querida pa´ que me quera” o la sinceridad a rajatabla de “yo hago corajes y trago bilis, mamita del alma”. Es tan auténtica, tan audaz al tomar expresiones del diario, que más parece anónima, del acervo popular que de un autor reconocido como Pardavé. La versión de Lucha Reyes son tal para cual, perfectas.
Tanto México de mis recuerdos como Al son de la marimba se sustentan en un equívoco o por mejor decir una impostura. En una, Sofía Álvarez, una muchacha “decente”, se hace pasar por una cantante argentina del Teatro Principal para conquistar al galán Luis Aldás. En la otra, Emilio Tuero intercambia su papel de dueño de la hacienda chiapaneca por el del mayordomo, y Pardavé, que es el mayordomo de la finca se hace pasar por el dueño. Pero en las dos, ´por obra y gracia de Bustillo Oro, el protagonista es el lenguaje. Los juegos de palabras aparecen incesantemente en las dos y la grandilocuencia de los falsos aristócratas en Al son de la marimba es simplemente deslumbrante y muestra que por más que se diga, el cine no es únicamente imagen. Y ambas películas, sostenidas, claro, en la gracia de Joaquín Pardavé que, no hay que olvidarlo, provenía del cine mudo y se las sabía todas sobre la expresión corporal. En las dos, por cierto, el actor principal es Fernando Soler que se da el quién vive con Pardavé.
Sin embargo, la mayoría de las personas recuerdan su melodrama Cuando los hijos se van (1941) en que Pardavé interpreta a Casimiro, el amigo solterón que acompaña al matrimonio formado por Fernando Soler y Sara García. La película gustó tanto que tuvo en 1968, un remake, producida por mis primos Pedro y Rubén Galindo, pero, por supuesto, que no alcanzó al original. En particular, en el papel del padrino, pues ni el también extraordinario actor Andrés Soler pudo opacar la versión de Pardavé. No sobra añadir que otra vez Juan Bustillo Oro es director y guionista de esta cinta.
Ya dije que cuando baila en El gran makakikus muestra una agilidad insospechada, pero como bailarín tiene muchas escenas memorables, cuando trasvestido mueve cadera y manos como hawaiana en Mariquita de mi corazón o cuando le hace segunda a Nini Marshall en Una gallega baila mambo. Monsiváis me llamaba siempre la atención sobre que Pardavé, que hacía papeles de viejo, murió a los 55 años.
Muchos se preguntan sobre la ideología del artista. Sobre todo por la nostalgia porfirista de México de mis recuerdos que, adelanto, que al menos yo no sé de dónde surgió. Bustillo Oro no es sospechoso de conservadurismo, ya que en mancuerna con Mauricio Magdaleno, impulsan el proyecto del Teatro de Ahora, que defiende el teatro nacional, que ya revela una actitud, y de denuncia social, que ya los coloca en la izquierda.
Hay que decir que las películas mencionadas son producidas por FIlmex, la compañía de Gregorio Walerstein. La historiadora Eugenia Meyer, hija de Don Gregorio, me comentaba que a su padre siempre le interesaron, por serlo él mismo, los migrantes y, como ejemplo, destacaba El baisano Jalil, el barchante Neguib y Los hijos de Don Venancio. Por otro lado, como siempre en esa época, Pardavé interpreta personajes marginados, como en Al ropavejero o en la Familia Pérez donde es un simple empleado y en Al son de la marimba se opone a los aristocratizantes. En Una gallega baila mambo es el “Bofes”, un camionero de la línea Peralvillo. Por cierto, el argumento es de Pardavé y de Gregorio Walerstein con su seudónimo de Mauricio Wall. Las películas, al menos éstas, eran un tutti frutti, una labor de equipo y México de mis recuerdos, al margen de su nostalgia porfiriana, sigue siendo una obra maestra y gozable.
Un último detalle. La reina de la opereta, con Sofía Álvarez, en la cual una artista medio abandona a su familia por seguir su carrera, parece hecha para aprovechar el éxito de México de mis recuerdos, pero en realidad tiene tintes autobiográficos.
