Alfredo Ríos Camarena
El tema de la cinematográfica fuga del Chapo Guzmán ha sido tratado y analizado por casi todos los comentócratas de los medios de comunicación, y es normal porque este lamentable suceso tiene muchas aristas que han surgido hasta llegar a exageraciones inaceptables que sugieren que dicho escape pone en peligro la gobernabilidad del país.
En efecto, las reacciones que se han dado van desde el humor negro y la burla —particularmente en las redes sociales— hasta el análisis serio sobre las consecuencias de este ominoso hecho. Sin embargo, más allá de la razón que asiste a muchos de los críticos con diversas opiniones, quienes piensan que la fortuna y la acción del Chapo es comparable a la acción de los más encumbrados millonarios de México, o quienes suponen una fractura en la relación con Estados Unidos; también se percibe, en parte de éstos, una gran irritación contra la figura del presidente Enrique Peña Nieto, incluso, rabia y odio contra la figura presidencial.
En un régimen que se precie de democrático, la crítica —del tamaño que sea— es una forma de paliar problemas, de dar escape a la presión social y de ejercer un derecho constitucional.
En Sinaloa y en algunos sectores hubo manifestaciones de júbilo por este escape, lo más grave es que a un criminal —que ha ensangrentado la nación— se le pretenda convertir en héroe legendario y admirable; pues en medio de la crisis económica y social, como la que vivimos, convertir a esta figura criminal en un ejemplo a seguir aumenta la patología de una juventud que no estudia ni trabaja y que encuentra en las acciones delictivas un objetivo deseable. Esto sí es peligroso y difícil de combatir, por la ignorancia y por la falta de una política pública en la materia.
El presidente Peña Nieto debe aprovechar este momento para darle un nuevo impulso a su gobierno desde nuevas perspectivas y con diferentes actores. El Poder Ejecutivo federal es unipersonal, no elegimos a ningún miembro de su gabinete ni de sus colaboradores; es tiempo de darle un nuevo impulso a su gobierno con una visión que recupere la credibilidad y la confianza que hoy se encuentran profundamente lesionadas por éstos y otros acontecimientos; no sólo se trata de modificar el equipo de personas que componen su gobierno, sino de acercarse con una mayor flexibilidad al pueblo de México.
Peña Nieto ha sido un líder carismático, pero el odio de muchos le han impedido una mejor conexión con su pueblo; su partido, el PRI, también lo requiere, pues está en peligro de perder elecciones importantes como las de 2016 y de llegar debilitado hacia el 2018.
Sí es grave y delicada la fuga, pues indudablemente contó con el apoyo desde afuera y desde adentro de funcionarios desleales, cómplices —quién sabe desde cuándo— de las organizaciones criminales; para éstos la sociedad exige un castigo ejemplar.
En esta segunda parte del gobierno sería muy oportuno —además de acercarse con su pueblo— dejar afuera a quienes no han sabido cumplir con sus compromisos, y no me refiero a funcionarios de segundo nivel, sino a varios integrantes del gabinete presidencial; para que la nave vuelva a surcar con ligereza y elegancia hacia el fin propuesto, el capitán debe volver a izar las velas y dejar en el camino el pesado lastre.
