René Avilés Fabila
La segunda fuga del Chapo Guzmán. Realmente suena a título de novela de misterio. No lo es. Es una mancha más en un sistema político corrupto hasta la médula. No se fugó un reo común y corriente, se fugó un legendario criminal de una prisión de “alta seguridad”. Es evidente que tuvo cómplices, que recibió ayuda de sus compinches y de autoridades y policías corruptas. Para colmo, el tipo desaparece justo en el momento en que el presidente Peña Nieto está siendo recibido en París por el presidente Hollande y ambos están rodeados por empresarios y políticos de la zona del euro atentos a la visita del mexicano. Las palabras del mandatario nacional eran esperadas como algo equivalente a: vengan a México, inviertan, hay seguridad y el país es incorruptible. La fuga de un delincuente de alto rango fue un balde de agua helada para la comitiva que recibía y la que llegaba.
El discurso de Peña Nieto fue una abigarrada y extraña mezcla de elementos políticos y económicos. Por un lado explicaba problemas de seguridad nacional, por el otro persistía en la invitación a invertir en México, un país que garantiza reformas políticas gentiles con los empresarios dispuestos a venir hasta nosotros. Al momento de escribir estas líneas, los hombres de negocios y los políticos europeos seguían dudando de las palabras del mandatario nacional.
No cabe duda, en otra situación, la fuga de un criminal era sólo eso. Un tema para una mala novela o para un filme de acción trillado. Pensábamos que lo máximo en tal sentido era el escape de Clint Eastwood de Alcatraz. Ahora sí tenemos un récord. El criminal que seguían los norteamericanos, la Interpol y todo el sistema policial mexicano logró escaparse por segunda vez, una hazaña que estimulará las mentes de pequeños criminales. La delincuencia se anotó un triunfo. Podrán recapturarlo, o hasta matarlo, pero ya conmovió al mundo y no sólo puso al descubierto el poderío del narco, sino también las debilidades del sistema político mexicano, incapaz de contener maestros revoltosos e incapaz de tener tras las rejas a un criminal de alto peligro.
Peña Nieto podrá decir lo que quiera en su descargo. Es obvio que no fue un golpe maestro de sus muchos enemigos y rivales, y lo peor es que coincidió con un momento crucial. Ya es posible leer y ver la cantidad de diatribas y acusaciones contra el presidente mexicano. De inmediato regresó al país el secretario de Gobernación. Como dicen los amantes del lenguaje popular: “Ya pa’ qué”. Ahogado el niño carece de sentido tapar el pozo. La bomba tuvo efectos políticos y ya se aprecian desde el día en que se fugó: las redes sociales de inmediato comenzaron su tarea demoledora. Ya tendremos algunos narcocorridos circulando clandestinamente y nuevos émulos del Chapo Guzmán.
Con rigor, el asunto es complejo, lo que cuenta es que el presidente y su equipo, sus hombres de mayor confianza, no han hecho su trabajo, México es una casa con goteras y hoyos por todos lados. La corrupción es permanente y no ha sido tocada en serio. No es tampoco culpa de ese viejo anquilosado que se llama PRI, lo es de todo el sistema político actual. Ya han pasado por el poder aparte de los consabidos priistas, perredistas y panistas. Las cosas siguen igual o peor si consideramos el caso Chapo Guzmán.
La guerra desatada contra el narco no es tan sencilla, pero permite ver la debilidad de un gobierno que no puede llevar a cabo reformas a fondo, que un grupo de mitoteros ruidosos tienen en jaque a un gobierno en su conjunto. Y mientras al presidente se le pasa el rubor de las mejillas, la pena ajena, y el Chapo consigue ponerse a salvo de una búsqueda amplia y tenaz, los ciudadanos pierden la confianza y el mundo nos regresa a la condición de tercermundistas que no pueden tener la casa en paz. En la fuga cuenta la habilidad del criminal, asimismo la notable incompetencia de los políticos mexicanos y la corrupción que es ya parte de nuestra condición. Qué vergüenza.
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