Sara Rosalía
Raymond Carver pasa por ser, y lo es, el maestro del relato corto en la literatura estadounidense y para muchos de todo el orbe. ¿Un relato es lo mismo que un cuento? Al parecer no. Ambos géneros literarios son breves, a lo mejor es más corto el cuento; pero mientras el cuento tiene un desenlace por lo general imprevisto y con frecuencia sorpresivo, el relato carece de un final, es, por decirlo así, abierto, inacabado. Tal vez por esto se juzga más moderno y menos autoritario, porque el autor renuncia a quedarse con la última palabra. Le cede la interpretación final al lector. Uno tiene la impresión de que para Hemingway se acuñó este término. Bueno, hasta que apareció Carver, para el cual todo lo dicho hasta aquí sobre el relato, le queda a la medida.
Lo primero que leí de Carver es uno de sus clásicos: “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. En este relato, dos parejas, mientras beben unos martinis en una terraza intentan definir el amor. Eso es todo. Nunca se decide nada. Ni siquiera acaba en que se van a cenar a un restaurante, que es lo que tienen planeado. La magia es que todo sucede como si uno estuviera oyendo al vecino discutir el tema. No es Lope de Vega definiendo los celos, no se trata de Shakespeare confiándonos qué es la vida.
En otro relato, un hombre está agobiado porque tiene que mandar una mensualidad a su madre y otra, por ley, a su ex mujer, además ayudar a su hija casada, proteger a su hijo drogadicto y el texto comienza cuando su hermano le pide prestado. Total, diría cualquiera, la vida tal cual es. Pero se ignora si se arruina, si los abandona. No hay final.
Algunos críticos consideran que Carver tiene como personajes a los marginados. No lo creo, en el fondo se trata de la autobiografía del escritor. Siempre es un hombre, casado con una segunda esposa, tal como le sucedió a Carver que tuvo dos matrimonios. El segundo, con la poetisa Tess Galagher, mejor que el primero, por más que éste acabó por el alcoholismo del escritor. La mamá aparece en varios, los hijos, ya mayores, no viven en la casa paterna. De eso trata, ese es su tema: las relaciones familiares. El lector se identifica con los problemas: el teléfono, equivocado, suena en la madrugada. La pareja se despierta y cae en el tema de la muerte, acaban discutiendo si quieren que los desconecten en caso de que sobrevivan en estado vegetativo o algo semejante.
No son sólo los temas de todos los días. Los personajes hablan, no como intelectuales, sino como gente común y corriente. Woody Allen tiene todo el lenguaje psicoanalítico o Juan Rulfo el modo de hablar socarrón (o mítico) del sur de Jalisco. Aquí no, el habla es urbana y sin relieves, tal y como hablamos usted y yo.
En otro relato, un hombre recibe, en la casa que comparten, una carta de su mujer que lo deja. El hombre no entiende las razones de su esposa. Se distrae pensando en que al irse ella lleva los tacones y el sombrero que usó en un funeral o en que la letra de la carta no es de su mujer, si lo sabrá él que conoce su letra. En uno más, un hombre engaña a su primera esposa y tiene una amante, su vecina. Descubiertos por el marido y luego por su propia mujer, él asegura que el adulterio existe, pero su esposa desconoce a la amante El relato termina en que él se decide a cruzar la calle y hablar con su amante. Es un relato, ahí termina. En alguno, el hombre visita a su ex mujer, casualmente. Lo recibe una diatriba que él apenas responde. Él (¿Carver?) le envía a su mujer los recortes de periódico en que hablan de él. Ella le dice que no se lo crea.
Sus relatos suelen calificarse de minimalistas. Se sabe que Raymond Carver pretende escribir con el menor número de palabras, norma que rige al periodismo. No falta quien considera a Gordon Lish, editor literario de la revista Esquire, como coautor de Carver por instarlo a escribir con menos palabras e incluso, se dice, por suprimir los finales de Carver por relatos abiertos.
La revista Esquire tuvo entre sus colaboradores al propio Hemingway y a Scott Fitzgerald. Antes que a Carver impulsó al “nuevo periodismo” de Gay Talese o Tom Wolfe. Ha publicado los muy breves relatos de Richard Ford y de otros autores del llamado Realismo Sucio, movimiento al que se considera pertenece Carver. De algún modo, Esquire siempre se ha considerado afín a Salinger y en particular a El guardián en el centeno. (Aquí en México, Gustavo Sainz intentó la revista Caballero, traducción de Esquire, y tanto él como José Agustín se consideran admiradores de Salinger).
No es fácil pasar al papel una conversación convencional, sin que caiga en el estereotipo y en consecuencia, muera. Carver es capaz de hacer hablar a sus personajes como si los estuviéramos oyendo. El lector tiene la impresión del placer del fisgón, de que espía una intimidad desde el ojo de la cerradura. En resumen: la magia de la literatura que, como decía Balzac, consiste en saber lo que ocurre detrás de esa puerta. Nos muestra Raymond Carver, el mundo privado, íntimo, de las parejas convencionales.
